La deuda que no se paga con plata
En la fila del supermercado, un hombre revisa el celular. La app del banco le muestra un número que no cierra, pero él sigue mirando, como si esperara que el saldo cambiara por arte de magia. No cambia, claro. Detrás suyo, una mujer discute con alguien por WhatsApp: no es la primera vez que le reclaman el dinero del cumpleaños de la sobrina, esa plata que prometió y que, entre un aumento y otro, se fue diluyendo como un sueño devaluado.
La deuda, en la Argentina de estos años, tiene muchas caras. Está la del banco, la del tarjetero, la del préstamo que se pidió para llegar a fin de mes y que, como un bumerán perezoso, vuelve siempre más grande. Pero hay otra deuda, más silenciosa, que no aparece en el Veraz ni en los papeles del estudio contable. Es la deuda que se contrae con uno mismo: las horas que no se durmieron, los afectos que se postergaron, la educación que se recortó porque había que pagar el alquiler.
La clase media argentina aprendió a convivir con la inflación como se convive con un pariente insoportable: sabiendo que está, pero tratando de no mirarlo mucho. Sin embargo, la inflación no solo desarma el bolsillo: desarma los vínculos. Porque cuando la plata no alcanza, las promesas se vuelven frágiles. Y las promesas rotas, aunque nadie las anote, quedan ahí, flotando en el aire de la casa, en el tono de las conversaciones, en ese silencio incómodo que se instala cuando se habla de guita.
Las redes sociales, que prometían acercarnos, hicieron lo suyo. Ahora no solo hay que bancar la propia crisis: hay que ver la de los otros, o lo que los otros muestran. La familia que se fue de vacaciones, el amigo que se compró un auto, la compañera que hizo un curso y consiguió un mejor trabajo. Todo eso entra por la pantalla y se instala como una deuda más: la deuda de no estar a la altura, de no haber podido, de no ser suficiente. La comparación, ese deporte nacional que antes se jugaba en el barrio o en el trabajo, ahora se juega las veinticuatro horas. Y siempre se pierde.
Hay una moral de la deuda que pocos se animan a discutir. Se dice que el que debe es irresponsable, que no supo administrarse, que la culpa es suya. Pero en un país donde los precios cambian de un día para el otro y el sueldo se negocia una vez al año con la ilusión de que alcance, esa moral se resquebraja. No es que la gente no quiera pagar: es que la realidad se volvió imprevisible, y la imprevisibilidad es el peor enemigo de cualquier bolsillo ordenado.
En las escuelas, mientras tanto, los chicos aprenden que el mérito es la clave del éxito. Que si estudian y se esfuerzan, van a llegar. Pero afuera, en la calle, en la casa, en los diarios, ven otra cosa. Ven que a veces el esfuerzo no alcanza, que el mérito no es suficiente cuando el contexto se vuelve una aplanadora. La juventud, que debería estar pensando en el futuro, está pensando en cómo zafar del presente. Y entre los que pueden y los que no, se abre una grieta que ninguna red social va a cerrar.
El Estado, ese personaje difuso que todos critican pero al que todos recurren cuando la cosa se pone fea, tampoco ayuda. Promete soluciones que nunca llegan, anuncia medidas que se desinflan al otro día, y mientras tanto la máquina de la burocracia sigue girando, lenta, pesada, indiferente. La verdad es un lujo que ya no circula con fluidez: hay tantos relatos, tantas versiones, tantos datos manipulados, que al final uno termina creyendo lo que le da menos miedo o lo que confirma lo que ya pensaba.
Y la soledad, claro. Porque cuando la deuda aprieta y las redes no alcanzan para llenar el vacío, uno se queda solo con sus números y sus promesas rotas. La dignidad, ese concepto tan gastado, se vuelve una moneda que se negocia todos los días: ¿hasta dónde estoy dispuesto a pedir ayuda? ¿hasta dónde a reconocer que no puedo?
La memoria, también, tiene su deuda. Recordamos lo que fuimos, lo que prometimos ser, lo que creímos que íbamos a construir. Y en ese recuerdo hay una mezcla de nostalgia y bronca: la nostalgia de un país que quizás nunca existió del todo, y la bronca de no haber podido sostener lo que sí existía. La identidad, esa palabra que usamos tanto, se va armando con retazos: con lo que heredamos, con lo que elegimos, con lo que nos impusieron, con lo que perdimos en el camino.
La inteligencia artificial, que ahora promete organizarlo todo, no entiende de estas deudas. No sabe lo que es prometerle un regalo a un hijo y tener que decirle, con la voz quebrada, que el mes que viene quizás. No sabe lo que es sentarse a la mesa y callar lo que duele para no preocupar a los demás. La máquina calcula, ordena, predice. Pero no llora, no se angustia, no siente la vergüenza de deber.
En la fila del supermercado, el hombre guarda el celular y pide disculpas por la demora. La cajera sonríe, cansada. Detrás, la mujer del WhatsApp suspira y guarda el teléfono. Afuera, el sol pega fuerte y la calle está llena de gente que camina rápido, con la cabeza gacha, como si llevaran en los hombros una mochila invisible. La deuda no se ve, pero está. Y aunque no se pague con plata, se paga con algo más caro: con el sueño de que algún día, quizás, las cosas podrían ser distintas.
