El consumo que no consuela
La señora del supermercado mira el precio del aceite como si hubiera visto un fantasma. No es para menos. Un litro de girasol vale lo que antes costaba una docena de facturas. El otro día, en la cola, un hombre dijo que ya no sabe qué es más caro: llenar el carrito o pagar el resumen de la tarjeta. Nadie se rió. Todos asintieron.
Argentina tiene esa cosa de que el dinero se va sin hacer ruido. Un día te alcanza para el asado del domingo y al mes siguiente estás cambiando la marca de la leche. No es solo inflación. Es una especie de vértigo silencioso que te agarra cuando hacés cuentas y te das cuenta de que trabajás para pagar deudas, no para vivir.
Las redes sociales, por su parte, se encargan de recordarte lo que no tenés. Gente con piletas, viajes a Brasil, cenas en restaurantes que ni sabés cómo se pronuncian. La clase media mira el teléfono y siente que el éxito es una postal ajena. Pero nadie sube la foto del crédito prendario. Nadie muestra la cuota del colegio que no se puede pagar.
Lo curioso es que el consumo en Argentina tiene algo de religión. Se compra para tapar el ruido. Un televisor nuevo, una zapatilla de marca, un perfume importado. Durante un rato, el objeto te da la ilusión de que todo está bien. Pero después viene el resumen. Y el resumen no miente.
El Estado, mientras tanto, se mueve como un elefante en un bazar. Promete soluciones pero llega tarde, mal o nunca. Los planes sociales, los subsidios, los acuerdos de precios. Todo tiene un aire de parche sobre una herida que no cierra. Y la clase media, esa que siempre fue el motor del país, queda en el medio: ni pobres para pedir ayuda ni ricos para no necesitarla.
La familia también cambió. Antes la mesa del domingo era un ritual. Ahora es un campo de batalla. La política, la economía, el futuro de los hijos. Todo se discute con los dientes apretados. La polarización no está solo en la tele. Está en la cocina. En el grupo de WhatsApp. En el cumpleaños de la abuela.
La juventud, por su lado, creció con el celular en la mano. Para ellos, la inteligencia artificial es una herramienta, no una amenaza. Pero también cargan con una incertidumbre que sus padres no conocieron. Saben que el mérito no alcanza. Que estudiar no garantiza un trabajo. Que el esfuerzo a veces se paga con un sueldo que no llega a fin de mes.
Y sin embargo, hay algo que persiste. Una especie de dignidad terca. La gente sigue yendo al kiosco, al almacén, a la ferretería. Sigue haciendo el esfuerzo de mantener la casa limpia, de llevar a los chicos al colegio, de pagar las cuentas. No por heroísmo. Por costumbre. Porque en Argentina, la clase media aprendió a sobrevivir con lo justo. Y a veces, con menos.
La verdad es que el relato oficial siempre habla de recuperación, de crecimiento, de futuro. Pero el futuro no llega. O llega disfrazado de inflación, de inseguridad, de servicios que no funcionan. La gente ya no cree en los discursos. Cree en lo que ve. Y lo que ve es que el esfuerzo no rinde. Que la plata no alcanza. Que la pileta del vecino no es más que una foto trucha.
Tal vez el problema no sea solo económico. Tal vez sea más hondo. Una crisis de sentido. De saber para qué laburás, para qué ahorrás, para qué te privás de cosas. Si al final, todo se desarma. La educación no garantiza movilidad social. El trabajo no da seguridad. La familia, a veces, es un termo que se enfría.
Pero uno sigue. Porque no queda otra. Porque parar sería peor. Porque la dignidad también es no rendirse. Aunque el consumo no consuele. Aunque la tarjeta esté al límite. Aunque la pileta del vecino sea de plástico y se pinche.
