Artículo y ensayo

El dilema de la verdad en la era de las pantallas

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina se enfrenta a una paradoja: busca certezas en un mundo donde la verdad se ha vuelto un bien escaso y caro.

El dilema de la verdad en la era de las pantallas

El dilema de la verdad en la era de las pantallas

En la Argentina de hoy, la verdad no es un hecho, sino una moneda de cambio. Se negocia en las redes, se ajusta en los medios, se devalúa en las conversaciones de la cena. La clase media, que alguna vez creyó en el mérito y en el esfuerzo como brújulas, ahora se encuentra navegando entre la inflación y la saturación de información, sin un mapa claro.

El otro día, en un bar de Palermo, escuché a dos tipos discutir sobre el precio del pan. Uno decía que había subido un veinte por ciento, el otro que era un treinta. Sacaron los celulares, buscaron datos, y cada uno encontró una fuente que le daba la razón. No se pusieron de acuerdo. Se fueron enojados. La verdad, esa que alguna vez fue un piso común, ahora es un lujo que pocos pueden pagar.

La polarización no es solo política. Es personal. Se mete en las familias, en los trabajos, en las decisiones cotidianas. Uno elige su verdad como elige un producto en el supermercado: según lo que puede pagar y lo que le conviene creer. La moral se adapta, la identidad se rearma, y la memoria se vuelve selectiva. Es más fácil recordar lo que nos duele que lo que nos obliga a cambiar.

La educación y el espejo roto

La escuela, que alguna vez fue el lugar donde se construía un relato común, hoy es un campo de batalla. Los chicos llegan con algoritmos en la cabeza, con respuestas prefabricadas, con una soledad que no saben nombrar. La inteligencia artificial les promete respuestas, pero no les enseña a hacer preguntas. El mérito, ese concepto tan argentino, se desdibuja cuando el esfuerzo no alcanza para pagar el alquiler.

Los padres miran con angustia. Saben que la educación ya no es un ascensor social, sino un gasto más. Un gasto que compite con la inflación, con la inseguridad, con el precio de la carne. La dignidad se mide en cuotas. La familia, ese refugio que alguna vez fue, ahora es un escenario donde se negocian la moral y el último billete.

El trabajo que no da respiro

El trabajo, ese pilar de la identidad de clase media, se ha vuelto un laberinto. Ya no hay carreras largas, sino changas, apps, plataformas que prometen libertad pero exigen disponibilidad total. La tecnología, que vende eficiencia, muchas veces solo profundiza la soledad. Uno trabaja desde casa, pero no sabe si eso es un alivio o una condena. La línea entre el living y la oficina se borra, y con ella, la posibilidad de desconectar.

La inflación no es solo un número. Es una experiencia. Se siente en la panadería, en el subte, en la mirada del almacenero. La clase media aprende a vivir con la incertidumbre, a calcular, a postergar. Pero también aprende a desconfiar. Del Estado, de los medios, de las promesas. La verdad se vuelve sospechosa. Todo es relato, y el relato cambia según quien lo cuente.

La memoria que se borra

En este contexto, la memoria se convierte en un acto de resistencia. Recordar lo que pasó, lo que se dijo, lo que se prometió. Pero la memoria también se manipula. Las redes sociales ofrecen un presente perpetuo, sin pasado y sin futuro. Todo es ahora, todo es urgente, todo es olvidable. La cultura del consumo se aplica a los recuerdos: se usan, se desechan, se reemplazan.

Los jóvenes crecen en este vértigo. No conocen otra cosa. La identidad se construye en fragmentos, en likes, en historias que duran veinticuatro horas. La soledad no es física, es existencial. Estar conectados todo el tiempo no garantiza que alguien nos vea de verdad.

La clase media argentina enfrenta una paradoja: busca certezas en un mundo donde la verdad se ha vuelto un bien escaso y caro. Y mientras tanto, la vida sigue. Con su precio, con su ruido, con su silencio. No hay moraleja, no hay consuelo. Solo la necesidad de seguir, de encontrar en lo cotidiano algo que valga la pena. Un pan que no suba tanto, una conversación que no termine en pelea, un recuerdo que no se borre.

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