Artículo y ensayo

El futuro que se discute en el living mientras el mundo cambia de canal

En los livinges de clase media, donde la tele compite con el celular, las conversaciones sobre el país se mezclan con la cuenta pendiente y una pregunta que flota: qué queda por defender cuando todo parece a la venta.

El futuro que se discute en el living mientras el mundo cambia de canal

El futuro que se discute en el living mientras el mundo cambia de canal

El sillón tiene una hendidura en el lugar preciso donde la espalda se deja caer después del trabajo. Ahí, con el control remoto en una mano y el celular en la otra, la clase media argentina mira pasar las noticias. No es un acto de fe, sino de costumbre, como revisar la heladera para ver si algo cambió. En la pantalla, un panel discute el acuerdo con los fondos buitre, la inflación del mes, el último escándalo. En la otra mano, la pantalla chica muestra el precio de la carne, un meme de un político, el saldo de la tarjeta. Dos relatos, una misma fatiga.

La crisis ya no es un episodio, es el decorado. Se habla de ella con la misma naturalidad con que se comenta el calor. La deuda, esa palabra que antes sonaba a despacho de ministro, ahora tiene un eco doméstico: es el préstamo que pidió el hermano para el colegio de los pibes, es la cuota de la computadora que se compró a doce meses sin interés, es el número rojo en el resumen que se pospone con otro pago mínimo. El Estado, ese ente abstracto que alguna vez prometió escuelas y hospitales, hoy es un interlocutor distante, a veces amenazante, que aparece para cobrar impuestos o cortar una calle. La sensación es la de un país administrado por gerentes de crisis, donde la política se reduce a la gestión de lo urgente, y el futuro es un lujo que pocos se permiten imaginar.

El trabajo y la dignidad que se desacoplan

El mérito, esa vieja bandera de la clase media, se deshilacha en las manos. La promesa era simple: estudio, esfuerzo, un buen laburo, una casa, un auto. La realidad es más compleja. Hoy, un título universitario no garantiza un salario que alcance, y el esfuerzo se mide en horas extra no pagadas o en emprendimientos que apenas sobreviven. La inflación actúa como una lija que desgasta no solo el poder adquisitivo, sino también la certeza. Planificar es una ficción. La familia, ese núcleo que solía ser un refugio, ahora es también una red de contención económica, donde los abuelos aportan la jubilación, los hijos adultos siguen en casa y los gastos se comparten como se puede.

En este paisaje, la tecnología no es una salvación, es otro campo de batalla. Las redes sociales prometían conexión, pero a menudo amplifican la soledad y la polarización. Se vive en tribus digitales, donde la verdad se fragmenta en versiones que confirman el propio prejuicio. La inteligencia artificial, un tema de revistas especializadas, empieza a asomar como una nueva amenaza a un mercado laboral ya herido. Mientras, la inseguridad, esa sensación constante, se gestiona con rejas más altas y aplicaciones para pedir un remis, otro impuesto invisible a la tranquilidad.

La memoria en un mar de ruido

La cultura, ese espacio donde se forja la identidad, se vuelve un consumo más. Se navega por catálogos de streaming, se escucha música por algoritmos, se leen titulares que duran segundos. La memoria colectiva, la que se construía con libros, películas y discusiones en la mesa, ahora compite con el flujo infinito de novedades. ¿Qué queda de una identidad nacional cuando los pibes aprenden más de youtubers internacionales que de la historia del barrio? La manipulación no es solo política, es comercial, es algorítmica. Te venden un estilo de vida inalcanzable mientras te ofrecen pagarlo en cuotas.

La polarización no es solo entre peronistas y antiperonistas. Es más profunda. Es la que separa a los que creen que el esfuerzo individual lo puede todo de los que están convencidos de que el sistema está armado para que fracases. Es la que divide a los que miran al Estado como un lastre de los que lo ven, aún con desencanto, como la única tabla en el naufragio. En el medio, una mayoría cansada desconfía de ambos extremos. Busca, sobre todo, previsibilidad. Algo a lo que agarrarse.

La dignidad, en este contexto, ya no se mide en ascensos o propiedades. Se juega en actos pequeños, casi íntimos. Es poder pagar el colegio de los hijos sin pedir prestado. Es llegar a fin de mes sin tener que elegir entre medicamentos y carne. Es poder hablar de política sin que la discusión termine en griterío. Es, simplemente, mantener cierto control sobre la propia vida en un entorno que empuja al descontrol.

El futuro se discute en el living, pero no como un proyecto, sino como una serie de preguntas prácticas. ¿A qué escuela mandamos a los chicos el año que viene si sube todo? ¿Vale la pena arreglar el auto o es mejor venderlo antes de que se devalue más? ¿Conviene comprar dólares aunque sea poco, o es pura superstición? Son conversaciones de trinchera, lejos de los grandes relatos. La política, el poder, parecen operar en una dimensión paralela, ajena a estas urgencias cotidianas.

Al final, queda la sensación de una clase media a la defensiva, negociando día a día su moral, su consumo, su identidad. No pide heroísmo, pide certidumbre. No exige un relato épico, solo un camino transitable. Mientras, en el sillón, con la hendidura que ya tomó la forma del cuerpo, se apaga la tele y se revisa el celular una última vez. Afuera, la noche es la misma de siempre, pero el país del mañana es una incógnita que pesa, silenciosa, en el living.

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