El gobierno de la imagen
La política argentina siempre tuvo algo de teatro, pero nunca como ahora. Antes las discusiones se daban en los diarios, en la radio, en el café. Había tiempo para pensar, para matizar, para cambiar de opinión. Hoy todo es inmediato. Un tuit define una posición, un video de TikTok destruye una reputación, un meme condensa una ideología. Y la clase media, que antes se tomaba el trabajo de leer dos o tres fuentes antes de formarse una opinión, ahora se conforma con el titular que le confirma lo que ya piensa.
El relato como moneda
No es casual que los gobiernos inviertan tanto en comunicación. En un país donde la inflación licúa los salarios y la deuda parece no tener fin, el relato se convirtió en un refugio. Si no podés controlar los precios, al menos controlá lo que se dice de ellos. Si no podés garantizar seguridad, al menos mostrá que hacés algo. El problema es que la distancia entre la imagen y los hechos se agrandó tanto que ya casi no se ven. La gente no es tonta. Sabe cuando le venden humo. Pero también está cansada, y el cansancio lleva a la apatía o a la bronca. Y la bronca, en las redes, se traduce en likes.
La familia y la grieta
Uno de los fenómenos más silenciosos y profundos de los últimos años es la politización de las relaciones familiares. Antes se discutía de política en las cenas de Navidad con cierto pudor, con la idea de que al final primaba el vínculo. Hoy la grieta se metió en la mesa y partió familias enteras. Hay padres que no hablan con hijos, hermanos que se bloquean en WhatsApp, parejas que se separan por una diferencia ideológica. La polarización no es solo un fenómeno mediático. Es una experiencia concreta que se vive en la cocina, en el living, en el grupo de la familia. Y la clase media, que siempre hizo de la familia un bastión, se encuentra de repente sin ese refugio.
Educación y mérito
Otro de los temas que divide aguas es la educación. Históricamente, la escuela pública fue el ascensor social de la clase media. Hoy ese ascensor no funciona, o funciona para muy pocos. La inflación golpeó a los docentes, la infraestructura escolar se deterioró, y la tecnología, que prometía democratizar el acceso al conocimiento, terminó profundizando las diferencias. Los que pueden pagan colegio privado y clases particulares. Los que no, dependen de lo que la escuela pública pueda dar, que cada vez es menos. En ese contexto, el discurso del mérito suena a burla. ¿Mérito? ¿Cuándo? Si arrancás dos pasos atrás y encima la pista está llena de pozos. El mérito es un lujo que solo se pueden permitir los que ya tienen la cancha inclinada a su favor.
Redes y soledad
Las redes sociales prometían conectar al mundo. Terminaron conectándonos a una pantalla. La clase media argentina, que siempre encontró en el club de barrio, en el asado con amigos, en la charla en la puerta del colegio un modo de sostener la vida social, ahora se encuentra más sola que nunca. Los grupos de WhatsApp reemplazaron a las reuniones presenciales, pero no son lo mismo. Falta el gesto, el tono, el silencio compartido. En las redes todo es performance. Todos muestran una vida que no tienen, opinan sobre temas que no conocen, se enojan con gente que no vieron nunca. Y la soledad, esa compañera silenciosa de la clase media, se agranda.
Inteligencia artificial y verdad
En medio de todo esto aparece la inteligencia artificial. Promete ordenar el caos, responder preguntas, facilitar la vida. Pero también trae preguntas nuevas. ¿Qué pasa con la verdad cuando una máquina puede generar cualquier relato? ¿Qué pasa con el trabajo cuando una máquina hace lo que antes hacía una persona? ¿Qué pasa con la memoria cuando una máquina puede falsificar el pasado? La clase media, que siempre encontró en el trabajo y en la educación un sentido de identidad, se enfrenta ahora a una pregunta incómoda: ¿qué queda de nosotros cuando lo que hacíamos ya no hace falta?
El Estado y la dignidad
En este contexto, el Estado aparece como un actor contradictorio. Por un lado, es el único que puede garantizar derechos básicos como la salud, la educación, la seguridad. Por otro, es ineficiente, corrupto, y a veces, directamente hostil. La clase media oscila entre la demanda de más Estado y el hartazgo de un Estado que no funciona. Pero hay algo que no se negocia: la dignidad. La clase media argentina puede soportar la inflación, la inseguridad, la incertidumbre. Lo que no soporta es que le mientan, que le falten el respeto, que la traten como a un número. Eso, al final, es lo que define el voto, la bronca, la esperanza. La política, si quiere recuperar la confianza, tiene que empezar por ahí. Por entender que la gente no quiere un relato. Quiere hechos. Y sobre todo, quiere que la traten con dignidad.
