Artículo y ensayo

El mérito que no alcanza

Entre la inflación y las redes sociales, la clase media argentina descubre que el mérito ya no es un pasaporte al futuro sino un consuelo que se desvanece cada fin de mes.

El mérito que no alcanza

El mérito que no alcanza

En la Argentina de hoy, el mérito se ha vuelto una palabra incómoda. La repiten los políticos en los discursos, los padres en las cenas familiares, los influencers en sus historias de Instagram. Pero cada vez que alguien la pronuncia, algo se rompe. Porque el mérito, ese concepto que prometía que el esfuerzo individual tenía recompensa, choca todos los días contra una realidad que no le da tregua.

La clase media, ese sujeto histórico que durante décadas se sostuvo en la idea de que laburando duro se podía progresar, hoy vive en una contradicción permanente. Sabe que estudió, que se levantó temprano, que hizo horas extra, que ahorró en pesos cuando nadie ahorraba. Y sin embargo, cada mes el sueldo le alcanza para menos. La inflación no solo devora el salario: devora la certeza de que el sacrificio vale la pena.

Las redes sociales, por su parte, amplifican la grieta. Por un lado, exhiben la vida de los que triunfaron: el emprendedor que se hizo millonario vendiendo cursos, el joven que compró un departamento en Miami con criptomonedas, la familia que se fue a vivir a España. Por el otro, muestran la bronca de los que sienten que hicieron todo bien y aún así quedaron afuera. La polarización no es solo política: es moral. Y el mérito se volvió el campo de batalla donde cada uno defiende su lugar en el mundo.

La farsa del esfuerzo

Hay una escena que se repite en los colegios privados de Buenos Aires. Un padre, profesional recibido en la UBA, pide hablar con la directora. Quiere saber por qué su hijo no entró en la lista de los mejores promedios. La directora, con paciencia, le explica que el chico tuvo un buen rendimiento pero que compitió con otros chicos que además del estudio tenían apoyo psicopedagógico, clases particulares de inglés y padres que podían dedicarles tiempo. El padre se va callado, pero en el auto piensa: yo también me sacrifico, pago este colegio, laburo doce horas. No alcanza.

Esa escena es la Argentina. Porque el mérito, cuando se examina de cerca, resulta siempre un privilegio disfrazado. No es que el esfuerzo no importe: es que el esfuerzo solo no alcanza cuando el piso se mueve. Y en un país donde la inflación cambia las reglas todos los meses, donde el Estado no garantiza ni la seguridad ni la educación pública que prometió, el mérito se convierte en un relato que la clase media se cuenta a sí misma para no enloquecer.

La tecnología, que llegó prometiendo democratizar el acceso al conocimiento y al trabajo, terminó profundizando la soledad. Hoy cualquiera puede aprender programación en YouTube, pero el mercado laboral pide tres años de experiencia y un título de la UTN. Cualquiera puede vender ropa usada en Instagram, pero los algoritmos premian a los que ya tienen miles de seguidores. La inteligencia artificial, que algunos presentan como la gran igualadora, en la práctica reemplaza puestos administrativos y de diseño gráfico, justo los que habían ocupado los hijos de la clase media que no pudieron estudiar carreras largas.

La deuda como modo de vida

Mientras tanto, el consumo sigue siendo el único consuelo inmediato. La clase media se endeuda para comprar un televisor más grande, para irse de vacaciones a la costa, para ponerle aire acondicionado al living. Sabe que es una trampa, pero la gratificación instantánea pesa más que la promesa de un futuro que nunca llega. La deuda, entonces, no es solo financiera: es moral. Porque cada cuota que se paga es un recordatorio de que el mérito no alcanzó para vivir sin deberle nada a nadie.

La familia, ese refugio clásico de la clase media argentina, también se resquebraja. Los padres, que criaron a sus hijos con la idea de que estudiando iban a estar mejor, ahora ven que esos hijos se van del país o se quedan en piezas alquiladas, sin poder comprar un departamento. La mesa familiar, donde antes se discutía política, hoy es un ring donde chocan dos relatos: el de los que creen que todo es culpa del gobierno y el de los que piensan que el sistema entero está podrido. La polarización no es solo una cuestión de dirigentes: se cena todos los domingos.

En ese ruido, la verdad se vuelve un lujo. Las redes sociales y los medios construyen realidades paralelas donde cada uno elige su versión de los hechos. La memoria, que antes se guardaba en álbumes de fotos y cartas, ahora se desvanece en el scroll infinito. Los jóvenes, que nacieron con un celular en la mano, no conocen otro modo de relacionarse con el mundo. Y la clase media, que siempre se definió por su capacidad de ahorrar y proyectar, descubre que proyectar es un verbo del pasado.

La dignidad de no rendirse

Sin embargo, hay algo que persiste. No es el mérito, ni la esperanza, ni el relato de que todo va a mejorar. Es algo más terco: la dignidad de no rendirse. La clase media argentina sigue mandando a sus hijos a la escuela, sigue pagando el crédito hipotecario aunque se haya comido la mitad de su sueldo, sigue juntándose con amigos a tomar mate aunque el tema de conversación sea siempre el mismo. No es heroísmo. Es resistencia. Y a veces, eso es lo único que queda.

Porque la Argentina de hoy no premia el mérito ni castiga la pereza. La Argentina de hoy es un país donde el azar, la herencia y la suerte pesan más que el esfuerzo. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de ser el motor de la sociedad, tiene que aprender a vivir con esa incomodidad. Sin grandes discursos. Sin promesas de un futuro luminoso. Con la certeza de que, aunque el mérito no alcance, vale la pena seguir intentándolo. No por el resultado, sino porque rendirse sería admitir que todo, absolutamente todo, fue una farsa.

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