Artículo y ensayo

El mérito y la farsa

En la Argentina de la inflación y las redes sociales, el mérito se ha transformado en un relato que la clase media repite para soportar la crisis, aunque cada vez cueste más creerlo.

El mérito y la farsa

El mérito y la farsa

En la Argentina de estos días, el mérito es como ese billete que uno guarda en el bolsillo y que al otro día vale menos. Lo mismo pasa con la idea de que esforzándose uno llega. La clase media, que siempre se agarró de ese clavo ardiente, ahora lo mira con desconfianza. No es que haya dejado de creer del todo. Es que el espejo se empaña cuando los números no cierran.

Uno labura, estudia, se saca el cuero. Pero la inflación se come el sueldo antes de que llegue el finde. Los hijos miran las pantallas y ven que el éxito no está en la facultad sino en el último trend de TikTok. La familia discute en la mesa, no sobre política partidaria sino sobre si vale la pena seguir pagando el colegio privado cuando la educación pública, con todos sus problemas, al menos no exige un segundo trabajo. La moral del esfuerzo choca contra la realidad de una economía que premia la especulación antes que el trabajo.

El poder, mientras tanto, juega su partida. Los medios construyen relatos donde cada uno elige su verdad como quien elige un combo en una app. La polarización no es solo política: es existencial. Uno puede vivir en una burbuja donde el país va viento en popa o en otra donde todo es un desastre. Y las dos son ciertas, pero ninguna es completa. La verdad se ha vuelto un insumo caro, casi un lujo. Quien puede pagar un buen periodista o un análisis serio, tiene una ventaja. El resto se conforma con el ruido de las redes, donde la manipulación es moneda corriente y la soledad se disfraza de comunidad virtual.

La juventud, que siempre carga con el estigma de ser el futuro, hoy carga también con la deuda. No la económica, que también, sino la simbólica. Les prometieron que el mérito les abriría puertas, pero las puertas están pintadas sobre una pared. Muchos eligieron el camino de la inteligencia artificial, no por vocación sino porque parece el único horizonte donde todavía hay algo de certeza. Otros, en cambio, se refugian en la memoria de un país que ya no existe, donde el trabajo digno era un derecho y no un favor.

La crisis no es solo de bolsillo. Es de identidad. La clase media argentina se reconoce en el consumo, en la posibilidad de comprar un libro, un vino, un viaje. Cuando el consumo se vuelve un lujo, la identidad se resquebraja. Aparece la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿qué somos si no podemos mantener lo que éramos? La dignidad, entonces, se juega en gestos mínimos. En no pedir un crédito, en pagar en efectivo, en no deberle nada a nadie. Pero la deuda es el motor del sistema y el Estado, con sus promesas incumplidas, alimenta esa rueda.

La moral del mérito tiene un costado oscuro: justifica la desigualdad. Si uno no llega, es porque no se esforzó lo suficiente. Esa idea, tan cómoda para el poder, se desmorona cuando uno ve a un laburante que se rompe el lomo y a un especulador que multiplica su plata sin moverse de su casa. La inflación no es un fenómeno natural: es una decisión política. Y la clase media lo sabe, pero sigue jugando el juego, porque la alternativa es reconocer que el mérito es, en buena medida, una farsa.

Sin embargo, hay algo que persiste. Una resistencia silenciosa que no se ve en las encuestas ni en los trending topics. Es el padre que lleva a su hijo a la biblioteca del barrio porque ya no puede pagar la cuota del club. Es la madre que cocina para la familia y al mismo tiempo estudia un curso online para no quedarse atrás. Son esos gestos que no filma nadie, que no merecen un like, pero que sostienen el país en la cuerda floja.

La memoria, ese refugio que parece un lujo, se vuelve un acto político. Recordar cómo era la vida antes de la crisis, antes de la polarización, antes de que la verdad se vendiera por partes, es un ejercicio de resistencia. Porque si uno olvida que el mérito no siempre fue una quimera, entonces el relato de la resignación gana la partida.

La clase media argentina no va a desaparecer. Va a mutar. Va a encontrar nuevas formas de ser, nuevos relatos que la sostengan. Pero para eso tiene que dejar de creer en el mérito como un dogma y empezar a verlo como lo que es: una herramienta, no un destino. Mientras tanto, el país sigue girando, la inflación sigue subiendo y en cada mesa se discute si vale la pena seguir creyendo. La respuesta, como siempre, está en los gestos concretos, en los que todavía no se rinden.

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