Artículo y ensayo

El oficio de no creer

Entre la inflación que no da tregua y las redes que exigen posicionarse, la clase media argentina descubre que la desconfianza se ha vuelto un mecanismo de supervivencia, una forma de dignidad en tiempos de relatos vacíos.

El oficio de no creer

El oficio de no creer

En la fila del supermercado, un hombre revisa el precio del aceite en el celular. La aplicación le dice que cuesta lo mismo que ayer, pero él sabe que la semana que viene va a subir. No hay dato que lo convenza de lo contrario. La inflación le enseñó a desconfiar de los números oficiales, de las promesas del gobierno, de los anuncios de las marcas. Desconfía incluso de su propio cálculo mental, porque ya no sabe cuánto vale nada.

Esa desconfianza no es solo económica. Es una forma de estar en el mundo. La clase media argentina aprendió a leer entre líneas, a sospechar de todo lo que suena demasiado bien, a detectar la mentira antes de que termine la frase. No es cinismo. Es supervivencia.

El precio de la verdad

Los medios hablan de recuperación, de brotes verdes, de reactivación. Pero en los barrios, en las charlas de café, en los grupos de WhatsApp, la conversación es otra. La gente cuenta que dejó de comprar carne, que pide prestado para llegar a fin de mes, que el hijo se fue a vivir al exterior porque acá no hay futuro. El relato oficial choca con la experiencia concreta. Y cuando la experiencia y el discurso no coinciden, la gente elige lo que ve.

El problema es que la verdad se ha vuelto cara. No solo en términos económicos, sino emocionales. Saber lo que realmente pasa exige tiempo, atención, memoria. Y la memoria es frágil en un país donde los gobiernos cambian de discurso cada cuatro años, donde las promesas se olvidan al día siguiente de las elecciones, donde los escándalos duran lo que dura un tuit.

Las redes sociales no ayudan. Ofrecen versiones instantáneas de la realidad, sin contexto, sin matices. Un video de treinta segundos puede derribar una carrera política. Un meme puede resumir una crisis económica. La complejidad se reduce a una consigna, y la consigna se repite hasta que parece verdad. La polarización no es una consecuencia accidental de la tecnología. Es un negocio. Cuanto más enojado estás, más tiempo pasas frente a la pantalla.

La fragilidad del mérito

En este escenario, la idea de mérito se tambalea. La clase media creció con la promesa de que el esfuerzo individual era la llave del ascenso social. Pero hoy, un título universitario no garantiza un trabajo digno. Un empleo en blanco no asegura estabilidad. Un sueldo decente no alcanza para alquilar un departamento en la ciudad. El mérito choca contra la inflación, contra la deuda externa, contra un Estado que no termina de ser eficiente ni de retirarse del todo.

La pregunta que flota en el aire es incómoda: ¿para qué esforzarse si el sistema no responde? Muchos eligen el consumo como refugio, compran lo que pueden cuando pueden, como un acto de resistencia contra la frustración. Otros se refugian en la familia, en los vínculos cercanos, en lo privado. Pero la soledad también crece. Hay una soledad de clase media que no es la del pobre ni la del rico. Es la de quien sabe que está solo frente a un país que no le ofrece certezas.

La juventud sin brújula

Los jóvenes, que deberían ser el motor del cambio, crecen en un mundo donde las instituciones tradicionales (la escuela, la familia, el trabajo estable) perdieron credibilidad. La educación pública, que alguna vez fue orgullo nacional, se desgasta entre paros y falta de recursos. La educación privada se vuelve un lujo que muchos no pueden pagar. La inteligencia artificial promete reemplazar oficios, pero nadie sabe bien cuáles ni cuándo. El futuro, que antes se imaginaba como una línea ascendente, ahora parece un pantano.

Frente a eso, muchos jóvenes eligen el desencanto. No militan, no votan, no creen. Otros, en cambio, se aferran a causas identitarias como única forma de pertenencia. La identidad se vuelve trinchera. Pero la trinchera también aísla. Y en el aislamiento, la verdad se vuelve aún más esquiva.

La dignidad de dudar

Hay algo, sin embargo, que la clase media argentina conserva: la capacidad de dudar. No es poco. En un mundo donde todos quieren venderte una certeza, dudar es un acto de dignidad. Dudar del político que promete soluciones mágicas. Dudar del algoritmo que te muestra lo que quiere que veas. Dudar del vecino que repite sin pensar el último verso de la grieta.

Esa duda no es cómoda. Exige preguntarse todo el tiempo, revisar los propios prejuicios, aceptar que no hay respuestas definitivas. Pero es lo único que queda cuando los relatos se derrumban y las promesas se vacían. Es el oficio de no creer. Un trabajo de todos los días, sin sueldo, sin vacaciones, sin medalla al final.

En la fila del supermercado, el hombre guarda el celular y paga. Sabe que el aceite va a subir. Pero también sabe que mañana va a volver a preguntarse si vale la pena seguir creyendo en algo. Y quizás, en esa pregunta, esté lo único que realmente importa.

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