El otro precio de la información
En la fila del supermercado, una mujer revisa el celular mientras el carrito espera. No mira precios, mira el feed. Un video, una noticia, un meme. Todo mezclado. La inflación le come el sueldo, pero lo que consume en pantalla no tiene etiqueta. O sí: hay un precio, pero no es el que se paga en la caja.
La clase media argentina vive atrapada entre dos tipos de deuda. Una es la del banco, la del crédito, la del alquiler. La otra es más sutil: la deuda con la verdad. Porque en un país donde la economía se mueve al ritmo del relato, saber qué es cierto se volvió un lujo. Y como todo lujo, tiene su costo.
El insumo que se agota
La información ya no es un bien público. Es un insumo que se compra, se vende, se manipula. Cada click, cada like, cada minuto de atención alimenta una máquina que no busca iluminar, sino retener. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de estar informada, descubre que estar informado ya no es lo mismo que saber.
En las escuelas, los chicos aprenden a buscar datos, pero no a dudar de ellos. En las facultades, se enseña a producir contenido, pero no a detectar una mentira bien armada. La educación, ese viejo ascensor social, ahora forma consumidores de relatos más que ciudadanos críticos. Y mientras tanto, la polarización convierte cada conversación en una trinchera.
La familia se reúne alrededor de la mesa, pero cada uno mira su pantalla. No es soledad, es una epidemia de presente perpetuo. El pasado se borra con un swipe, el futuro se negocia en cuotas. Y la memoria, ese lujo de los que pueden darse el tiempo de recordar, se vuelve un estorbo en un mundo que exige inmediatez.
El mérito como farsa
Se habla del mérito como si fuera una virtud individual. Pero en un país donde la inflación decide quién llega a fin de mes, el mérito es un chiste de mal gusto. La clase media lo sabe: trabajó toda su vida, cumplió, ahorró. Y sin embargo, cada devaluación le recuerda que el esfuerzo no alcanza. Que el sistema no premia al que más hace, sino al que mejor se adapta al caos.
La moral se vuelve elástica. Lo que ayer era indigno, hoy es supervivencia. Cambiar de trabajo, vender dólares, hacer una changa. La dignidad ya no está en el empleo fijo, sino en la capacidad de bancar la parada. Y esa capacidad, lejos de ser natural, se aprende en la cancha de la crisis.
Los medios, mientras tanto, venden relatos. No información, no contexto, sino historias que confirmen lo que cada uno ya cree. La verdad se atomiza. Cada quien tiene la suya, y discutirla es una pérdida de tiempo. La polarización no es un accidente: es un negocio. Y la clase media es el cliente ideal: atenta, angustiada, lista para consumir la próxima noticia que le explique por qué todo está mal.
La tecnología como espejo
La inteligencia artificial promete resolverlo todo. Pero también promete reemplazar lo humano. No solo en el trabajo, sino en la decisión. ¿Quién define qué es cierto? ¿Un algoritmo entrenado con datos sesgados? ¿Una empresa que vende publicidad? La tecnología no es neutral: viene con su propia moral, su propia idea de lo que importa.
Y la clase media, que siempre confió en la educación y el esfuerzo como herramientas de ascenso, descubre que esas herramientas ya no sirven. O sirven para otra cosa. La educación forma consumidores. El esfuerzo se mide en horas de pantalla. La identidad se negocia en likes.
En ese vértigo, la soledad se vuelve un lujo. Estar solo, sin estímulos, sin noticias, sin ruido, es casi imposible. Las redes sociales llenan el vacío con contenido diseñado para enojar, para entretener, para vender. La atención es el recurso más escaso y más explotado. Y la clase media, agotada, sigue pagando el precio.
No es un precio en pesos. Es un precio en tiempo, en energía, en capacidad de distinguir lo importante de lo urgente. La deuda no es solo económica: es existencial. Y mientras la inflación sigue subiendo, la verdad se vuelve más cara. Pero nadie habla de eso en la fila del supermercado.
