Artículo y ensayo

El pacto de la indiferencia

Entre la inflación y las redes, la clase media argentina descubrió que la indiferencia ya no es un gesto personal, sino un acuerdo colectivo para no mirar de frente lo que duele.

El pacto de la indiferencia

El pacto de la indiferencia

Hay una escena que se repite en los bares de Buenos Aires, pero también en las cocinas de cualquier casa de clase media. Dos personas miran el celular, cada una su pantalla. No hablan. De vez en cuando una levanta la vista, ve que la otra sigue ahí, y vuelve a bajar los ojos. No es enojo. Es un acuerdo tácito: mejor no preguntar qué pasa, porque si preguntás te enterás, y si te enterás tenés que opinar, y si opinás te metés en un lío. La indiferencia se volvió un mecanismo de supervivencia.

El ruido como escudo

La clase media argentina aprendió a convivir con el ruido. Inflación, deuda, polarización. Pero no es que lo haya resuelto. Lo que hizo fue construir una burbuja de silencio adentro del ruido. Las redes sociales, que prometían conectar, terminaron siendo el refugio perfecto para no escuchar al de al lado. Porque en el feed uno puede elegir el relato que le gusta, pero en la mesa familiar aparece la verdad cruda: el hijo que no consigue trabajo, la madre que no entiende por qué todo sube, el padre que repite frases hechas de la tele.

Y ahí está el pacto. Nadie dice nada. Se habla del clima, del partido, de la serie. Pero no de lo que importa. Porque hablar de lo que importa implica admitir que el mérito no alcanza, que la educación no garantiza nada, que la identidad se volvió un producto más del consumo. Y eso duele.

La memoria que incomoda

Hay algo que la clase media argentina quiere olvidar. No es solo la inflación o la inseguridad. Es la sensación de que el país prometía otra cosa. La generación de los padres creyó en el esfuerzo. La de los hijos ya no cree en nada, o cree en cualquier cosa mientras sea rápida. La inteligencia artificial, las criptos, los emprendimientos mágicos. Todo sirve para no mirar el vacío.

Pero el vacío está. Y la memoria, aunque la quieran enterrar, vuelve. Vuelve cuando ves un edificio viejo, cuando escuchás una canción de los ochenta, cuando tu viejo te cuenta que él sí pudo comprarse una casa laburando de lo mismo que vos no podés ni alquilar. Entonces la indiferencia se resquebraja. Pero solo un rato. Después volvés al teléfono, al scroll infinito, a la distracción.

La moral de la conveniencia

En este país la moral se volvió un relato que se cambia según el momento. La clase media argentina es experta en eso. Durante la semana se queja del Estado, del gasto público, de los planes. El fin de semana se indigna porque no hay seguridad, porque la calle está sucia, porque el hospital público no funciona. Pero nadie se pregunta qué parte de ese Estado quieren mantener y qué parte no. Es más fácil indignarse que pensar.

Las redes sociales potencian esa contradicción. Ahí la indignación es instantánea y no requiere consecuencias. Uno se enoja, publica, recibe likes, y listo. Pero al otro día la vida sigue igual. La polarización no se resuelve en las pantallas. Se profundiza. Porque cada uno elige su burbuja, su verdad a medida, su relato que no lo incomode.

La soledad como lujo

Hay una paradoja que la clase media argentina vive sin nombrar. Cuanto más conectada está, más sola se siente. No es una soledad romántica, de poeta. Es una soledad práctica: la de no tener con quién hablar de lo que realmente pasa. Porque los amigos se fueron yendo, las reuniones se espaciaron, y el living de la casa se llenó de pantallas. La familia come mirando la tele. Los chicos cenan con el celular al lado. La conversación se redujo a monosílabos.

Y la soledad se paga. En terapia, en aplicaciones de citas, en cursos de mindfulness. Todo para aprender a estar solo, pero sin sentirse solo. Un negocio redondo para el mercado, que vende soluciones para un problema que antes se resolvía con una charla de café.

El trabajo que no alcanza

La clase media argentina labura mucho y gana poco. No es un lamento, es un hecho. Pero lo peor no es el sueldo, es la sensación de que el esfuerzo no sirve. Antes, trabajar te daba un lugar en el mundo. Ahora te da apenas para sobrevivir, y si te va bien, para tener un consumo que te distraiga. El mérito, esa idea tan cara a la clase media, se desmorona cuando ves que un influencer gana más en un vivo que vos en un año de laburo.

Entonces, ¿qué queda? La dignidad. Pero la dignidad también es cara. Mantenerse digno en un país donde la inflación te come el sueldo y la política te miente en la cara cuesta. Por eso muchos eligen la indiferencia. No es que no les importe. Es que no les da el cuero para importarles.

La verdad como privilegio

En la Argentina de hoy, la verdad se ha vuelto un lujo. No porque no exista, sino porque hay demasiadas versiones. Cada medio, cada red, cada político tiene la suya. Y la clase media, agotada, elige la que menos le duele. La que le permite seguir durmiendo. La que no le exige cambiar de vida.

Pero la verdad, aunque la ignoren, sigue ahí. En la cola del supermercado, en el boleto que sube, en el hijo que no consigue trabajo. No hace falta buscarla. La verdad te encuentra. Y cuando te encuentra, lo mínimo que podés hacer es no desviar la mirada.

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