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El país que dejó de silbar en la calle

Hubo un tiempo en que silbar en la calle era una forma de comunicación. Hoy, entre audífonos y pantallas, ese gesto casi desapareció. Una reflexión sobre lo que se pierde cuando dejamos de escuchar el mundo.

Artículo del autor19.10.2026

El país que dejó de silbar en la calle

Imaginemos una situación hipotética: un hombre camina por una vereda de barrio, silbando una melodía vieja. No lo hace para nadie en particular, o quizás sí. En otras épocas, ese silbido era un saludo, un aviso, una forma de decir "acá estoy". Hoy, si alguien silba en la calle, los demás levantan la vista con desconfianza, como si ese sonido fuera una anomalía. Y en cierto modo lo es.

El silbido fue durante décadas un lenguaje paralelo en la Argentina. El panadero silbaba para avisar que llegaba el pan; el verdulero, para anunciar que había mercadería fresca; el vecino, para llamar al perro o a los chicos. Había silbidos para enamorar, para burlarse, para alertar. Cada uno tenía su código. No hace falta ir muy atrás: todavía en los ochenta y noventa, el silbido era parte del paisaje sonoro de cualquier barrio. Hoy cuesta recordar el último silbido que escuchamos en la calle.

No se trata de nostalgia. O no solamente. La desaparición del silbido callejero dice algo sobre cómo cambió la forma en que nos comunicamos y, sobre todo, cómo cambió la forma en que escuchamos. Con los auriculares puestos, el celular en la mano y la atención repartida entre notificaciones, el mundo exterior se vuelve un murmullo de fondo. El silbido, que exigía detenerse y prestar oído, ya no tiene lugar.

El sonido como señal de confianza

Hubo un tiempo en que el silbido era una señal de confianza. Si alguien silbaba cerca de tu casa, podías asomarte sin miedo. Era un sonido conocido, parte de la comunidad. Hoy, en cambio, el silbido en la calle puede generar inquietud. La inseguridad, real o percibida, hizo que muchos sonidos que antes eran familiares se volvieran sospechosos. El silbido del afilador, por ejemplo, todavía se escucha en algunos barrios, pero ya no convoca a las amas de casa con sus cuchillos. Ahora es un sonido más entre tantos, y a veces se confunde con una alarma.

La tecnología también tuvo su parte. Los timbres, los porteros eléctricos, los mensajes de texto y los grupos de WhatsApp reemplazaron al silbido como forma de aviso. Ya no hace falta silbar para que alguien sepa que llegaste: basta con mandar un mensaje. La inmediatez y la precisión de esos medios dejaron al silbido en un lugar pintoresco, casi folclórico. Y sin embargo, algo se perdió en ese reemplazo. El silbido no solo avisaba: también creaba un vínculo. Era un sonido humano, sin intermediarios, que obligaba a mirar al otro.

Es cierto que el silbido nunca fue universal. En las grandes ciudades, el ruido del tránsito y la densidad de personas lo volvieron menos efectivo. Pero incluso allí, en los años de la infancia de muchos adultos de hoy, el silbido tenía un lugar. El silbido del estadio, el silbido de aprobación o de rechazo en una cancha, el silbido para llamar a un taxi. Todos esos usos fueron quedando en desuso, reemplazados por aplicaciones, bocinas o mensajes de voz.

Lo que se escucha cuando no se silba

La pregunta que queda flotando es qué pasa con el silencio que deja el silbido. Porque no es un vacío neutro. En su lugar, aparecen otros sonidos: el de las notificaciones, el de los videos que se reproducen sin auriculares en el colectivo, el de las alertas. Sonidos que no piden permiso ni establecen un vínculo. Sonidos que, en todo caso, interrumpen.

Hay algo en el silbido que tiene que ver con la dignidad. Silbar es una forma de afirmar la presencia sin necesidad de gritar. Es un gesto humilde, casi anónimo, pero cargado de significado. En un país donde la crisis y la desconfianza nos tienen a la defensiva, recuperar el silbido podría ser un ejercicio de memoria y de identidad. No se trata de volver al pasado, sino de preguntarnos qué formas de comunicación estamos dejando morir por comodidad o por miedo.

Quizás el silbido no vuelva. Quizás sea una de esas costumbres que se pierden para siempre, como tantas otras. Pero vale la pena preguntarse si su ausencia no estará diciendo algo sobre nosotros. Sobre la soledad de las calles, sobre la falta de confianza en el otro, sobre la dificultad de habitar el espacio público sin sentir que estamos en peligro. El silbido era una manera de decir "acá estoy" y también "te veo". Hoy, cuando casi todo se avisa por mensaje, extrañamos ese sonido que nos recordaba que no estábamos solos.

Tal vez la próxima vez que escuchemos un silbido en la calle, en lugar de apurar el paso, podríamos detenernos un segundo y mirar. Quizás descubramos que todavía hay alguien que silba para saludar, para avisar, para jugar. Y que ese sonido, por un instante, nos devuelve algo de la ciudad que fuimos.

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