Artículo y ensayo

El precio de estar al día

Entre la inflación que licúa los sueldos y las redes que exigen una opinión sobre todo, la clase media argentina descubre que estar informado se volvió un lujo que no siempre puede pagar.

El precio de estar al día

El precio de estar al día

La semana pasada, en un café de Caballito, un hombre de unos cincuenta años pidió un cortado y se quedó mirando el celular como quien espera un diagnóstico. Al lado, su hijo, que tendría veinte, miraba TikTok sin auriculares. El padre levantó la vista y dijo algo sobre el dólar. El hijo no respondió. El padre insistió: ¿viste lo que dijo el ministro? El hijo encogió los hombros y siguió deslizando el dedo. No era desinterés. Era otra cosa. Era como si la realidad hubiera quedado partida en dos y cada uno mirara su propio fragmento.

Argentina es un país donde la información llega antes que la certeza. Las redes sociales, los grupos de WhatsApp, los canales de Telegram, los streams de política. Todo el tiempo hay algo nuevo. Una renuncia, un número, un escándalo, un dato que desmiente el dato anterior. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de estar al tanto, de entender lo que pasaba, ahora se encuentra corriendo detrás de un relato que cambia más rápido que el precio del pan.

La inflación no es solo un problema económico. Es un problema de identidad. Porque cuando el dinero no alcanza, cuando el sueldo de enero no sirve para febrero, la pregunta deja de ser cuánto vale un producto y pasa a ser cuánto vale uno mismo. El mérito, ese concepto que la clase media usó como bandera durante décadas, se desdibuja. ¿De qué sirve esforzarse si el esfuerzo no se traduce en nada estable? ¿De qué sirve ahorrar si el ahorro se esfuma? La dignidad se vuelve frágil, como un plato que se sostiene con las manos temblorosas.

Y mientras tanto, los medios discuten el relato. La palabra verdad se ha vuelto escurridiza. Cada sector tiene su versión, su dato, su experto. La polarización no es solo política: es una forma de vivir. En las familias, en los trabajos, en las cenas con amigos, la grieta se cuela como un aire que enfría la conversación. Ya no se discute para entender. Se discute para ganar. Y perder, en ese juego, no es solo una derrota intelectual: es una humillación moral.

La tecnología prometió conectar. En muchos sentidos lo hizo. Pero también puso a cada uno frente a un espejo que devuelve la imagen que uno quiere ver. Las redes sociales no informan: confirman. El algoritmo aprende qué nos enoja, qué nos entristece, qué nos indigna. Y nos da más de eso. La juventud, que creció con esa lógica, maneja el código con naturalidad. Pero también carga con una soledad que no se resuelve con likes. La inteligencia artificial, que ahora promete resolverlo todo, es apenas un espejo más grande. Preguntale algo y te va a responder con lo que ya se dijo. No hay memoria en eso. No hay identidad.

La memoria, justamente, es otro campo de batalla. En Argentina, recordar es un acto político. Pero también es un acto personal. ¿Qué recordamos de nuestra propia historia? ¿Qué elegimos contar? La clase media tiene una relación incómoda con la memoria: quiere olvidar las crisis pero no puede, quiere conservar los logros pero se le escapan. Y en ese tira y afloja, la identidad se vuelve un rompecabezas al que le faltan piezas.

El consumo, que durante años fue un refugio, ya no consuela. Comprar algo nuevo ya no repara el vacío. Porque el vacío no es económico: es existencial. La pregunta ya no es cómo llego a fin de mes, aunque esa sigue siendo urgente. La pregunta es para qué. Para qué aguantar, para qué esforzarse, para qué seguir creyendo que el próximo gobierno, el próximo plan, la próxima medida, va a cambiar algo.

Y sin embargo, la gente sigue. Sigue pagando cuentas, llevando hijos al colegio, discutiendo en los grupos de WhatsApp, viendo noticias que duelen. Sigue, no por heroísmo, sino porque no hay otra. La clase media argentina es experta en sobrevivir. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir. Y en esa diferencia está el nudo de la crisis que no se ve en los números.

El Estado, mientras tanto, aparece y desaparece. A veces se mete, a veces se corre. A veces promete, a veces castiga. La relación con el poder es una danza incómoda, hecha de desconfianza y necesidad. La moral, en ese baile, se redefine todo el tiempo. Lo que ayer era correcto hoy es sospechoso. Lo que ayer era indignante hoy es aceptable. La educación, que debería ser un faro, tambalea entre la tradición y la innovación, entre los contenidos que importan y los que se imponen.

La inseguridad no es solo la calle. Es la certeza de que nada dura. De que el trabajo puede desaparecer, de que la familia puede distanciarse, de que la cultura puede diluirse en un streaming interminable. La inseguridad es el ruido de fondo de una sociedad que perdió el eje.

Y en medio de todo eso, la gente busca algo verdadero. Algo que no se mida en pesos ni en seguidores. Algo que no dependa del gobierno de turno ni del algoritmo de turno. Algo que se parezca a la dignidad. Un punto fijo en un país que gira sin parar.

El hombre del café de Caballito, al final, apagó el celular y miró a su hijo. No le dijo nada. El hijo, por un segundo, levantó la vista. No hubo discurso, no hubo moraleja. Solo el ruido de las tazas y el olor a café. Y ese instante, tan breve, tan frágil, fue lo único que pareció real.

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