El relato en el bolsillo: cuando la verdad es un bien de consumo
En el colectivo 60, un hombre de unos cincuenta años mira su celular con los auriculares puestos. No escucha el traqueteo ni las conversaciones a su alrededor. En la pantalla, un economista explica por qué la inflación es un fenómeno monetario. Dos asientos más atrás, una joven desliza el dedo sobre otro video. El mismo fenómeno, otra explicación: la inflación como consecuencia de la especulación. Ambos viajan en el mismo vehículo, respiran el mismo aire viciado, pero habitan realidades paralelas. La verdad, antes un territorio en disputa, se ha convertido en un bien de consumo. Se elige, se compra, se descarta.
La clase media argentina navega este mercado de versiones con una mezcla de escepticismo y necesidad. Ya no hay un relato único, ni siquiera dos. Hay decenas, empaquetados en algoritmos que conocen nuestros miedos mejor que nosotros mismos. La política tradicional mira con perplejidad este paisaje fragmentado. Sus discursos, pensados para tribunas y pantallas de televisión, se desarman en el feed de Instagram, entre recetas de cocina y memes de gatitos. El poder ya no se ejerce solo desde los balcones o los estudios de televisión. Se ejerce desde los centros de datos de California, que deciden qué versión de la realidad merece nuestra atención mañana.
La grieta en la mesa familiar
El domingo pasado, en una casa de Flores, la discusión no fue sobre fútbol. Fue sobre un video que el hijo menor, de diecisiete años, mostró en la mesa. Lo había visto en TikTok. Mostraba a un político hablando de la deuda. El padre, contador, esgrimió datos del FMI. La madre, maestra, habló de la dignidad de los pueblos. El hermano mayor, que estudia programación, dijo que ambos estaban desactualizados, que el futuro eran las criptomonedas y la inteligencia artificial descentralizada. Cuatro personas, cuatro relatos, cuatro certezas absolutas. La conversación derivó en un silencio incómodo, roto por el sonido de cuatro celulares recibiendo notificaciones.
La familia, ese reducto donde se transmitían valores y una cierta memoria común, se ha vuelto el primer campo de batalla de la polarización digital. Ya no se discute desde la experiencia compartida, sino desde el fragmento de realidad que cada uno eligió consumir. La memoria colectiva, esa que se construía con anécdotas de los abuelos y fotos en álbumes de papel, ha sido reemplazada por una nube de datos personalizados. Cada uno tiene su pasado a medida.
El trabajo y la identidad líquida
Martín tiene treinta y ocho años. Es diseñador gráfico, pero en los últimos cinco años ha sido community manager, vendedor por internet y ahora está aprendiendo a programar bots. Su trabajo ya no define quién es, porque su trabajo cambia cada dos años. La promesa del mérito, esa idea de que el esfuerzo constante en una dirección te lleva a una vida digna, se le ha escurrido entre los dedos. Lo que vale hoy, mañana lo hace una inteligencia artificial por dos pesos. Su identidad profesional es líquida, se adapta a lo que el mercado pide en cada momento. La estabilidad es un recuerdo de sus padres.
Esta liquidez contamina todo. Las relaciones, las lealtades políticas, la idea misma de comunidad. La soledad no es solo física. Es la sensación de que tu experiencia ya no es compartible, de que tu relato es tan personal que nadie más puede entenderlo del todo. Las redes sociales, que prometían conexión, a menudo profundizan este aislamiento. Te muestran un espejo distorsionado de tus propias obsesiones y te llaman tribu.
El Estado, esa entidad que alguna vez pretendió ser el gran narrador, el árbitro de la verdad pública, hoy parece un actor más en la pelea por la atención. Sus anuncios compiten con los influencers y los tutoriales de YouTube. Su autoridad moral, si alguna vez la tuvo, se ha diluido en un mar de escepticismo. La gente no cree en los datos oficiales, pero cree en el video de un desconocido que muestra la góndola vacía del supermercado de su barrio. La verdad ha vuelto a ser local, visceral, verificable por los sentidos. Lo demás es relato.
Consumidores de realidad
Al final, todo se reduce a un problema de consumo. Consumimos noticias como consumimos música o zapatillas. Elegimos el medio que mejor se adapte a nuestro estado de ánimo, a nuestra identidad tribal. Pagamos con nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros datos. La crisis no es solo económica o política. Es una crisis de marco. Ya no hay un acuerdo básico sobre qué es real, sobre desde dónde empezar a conversar.
En las escuelas, los docentes luchan contra esta corriente. Intentan enseñar a pensar, a contrastar fuentes, a construir un argumento. Pero compiten con máquinas diseñadas por los ingenieros más brillantes del mundo para capturar la atención adolescente. La educación ya no pelea contra la ignorancia. Pelea contra un sistema de persuasión masiva que ofrece gratificación instantánea y verdades simples.
Quizás la única resistencia posible esté en los gestos pequeños. En apagar el celular durante la cena. En preguntarle al otro no qué opina, sino qué ha vivido. En desconfiar de la certeza que llega empaquetada en un video de cuarenta segundos. La dignidad, en este siglo, podría ser simplemente el derecho a no tener una opinión formada sobre todo, a aceptar la duda, a habitar la complejidad sin querer reducirla a un eslogan. Mientras tanto, el colectivo sigue su camino, lleno de personas que viajan juntas a lugares distintos, cada uno con su verdad en el bolsillo, vibrando con cada notificación.