El relato que ya no convence ni en la mesa familiar
El termómetro más preciso de la política argentina no está en los estudios de televisión ni en los despachos con aire acondicionado. Está en la cocina de cualquier departamento de clase media, a las ocho de la noche, cuando la familia intenta cenar sin que la conversación derive en otra pelea estéril. Ahí, entre el precio del pan y la discusión por dejar la luz encendida, se desarma cualquier relato que intente explicar por qué las cosas son como son. La grieta ya no es solo ideológica, es doméstica. Se abre en el silencio que queda cuando el padre apaga el noticiero con un gesto de fastidio, cansado de escuchar promesas que chocan contra la factura de la tarjeta.
La clase media argentina aprendió a traducir el lenguaje del poder. Sabe que "estabilidad" puede significar que el dólar se tranquiliza por dos semanas, o que el salario se congela por seis meses. Entiende que "sacrificio" es una palabra que siempre recae del lado de abajo. Hay un cinismo nuevo, forjado a golpes de devaluación y planes que nunca llegan. La gente ya no se indigna con épica, lo hace con una fatiga profunda, como quien espera un colectivo que nunca pasa. La política, ese espectáculo que ocupa pantallas y titulares, se vive como una ficción lejana, a veces tragicómica, a menudo irritante. La verdadera gestión ocurre en otra parte: en la libretita donde se anotan los precios, en la negociación con el colegio privado para una quita en la cuota, en el cálculo de cuántos días faltan para el próximo cobro.
La dignidad en retirada
El trabajo, ese pilar que durante décadas ordenó la vida, la identidad y hasta los horarios de la cena, ya no garantiza nada. Se volvió un esfuerzo que se licúa en el camino del cajero automático a la góndola del supermercado. La idea del mérito, de que el estudio y la dedicación llevarían a una vida mejor, suena a una broma de mal gusto cuando un profesional joven piensa en emigrar o cuando un empleado con antigüedad pide un adelanto para pagar el gas. La dignidad, esa palabra grande, se achica. Ahora se mide en poder llegar a fin de mes sin pedir prestado, en no tener que elegir entre los remedios y la carne, en mantener la compostura cuando el vecino pregunta, con esa falsa casualidad, "cómo andás".
En este paisaje, las redes sociales funcionan como un espejo deformante. Muestran vidas resueltas, viajes, logros, mientras amplifican el ruido de la polarización. Son el espacio donde la bronca se vierte en comentarios anónimos y donde la soledad, esa que crece en los departamentos de dos ambientes, se disfraza de conexión permanente. La familia, otrora refugio, se tensiona. Los hijos adolescentes miran con escepticismo el mundo que les legaron, un paquete de deuda y promesas rotas. Los abuelos guardan en cajones una memoria de país que ya no sirve para entender nada. Las conversaciones se llenan de huecos, de temas que es mejor no tocar para no romper lo poco que queda en pie.
El futuro como una cuenta pendiente
La educación, la gran promesa de ascenso, hoy parece un tren que descarriló. Los padres se endeudan para pagar colegios cuyos egresados no encuentran un horizonte claro. El Estado, esa entidad abstracta, se reduce a una notificación en el celular que anuncia un nuevo impuesto o a la fila interminable en un hospital público. La inseguridad no es solo la del ladrón en la esquina, es la más profunda, la económica, la que te quita el sueño preguntándote cómo harás el mes que viene.
Y en medio de todo esto, la inteligencia artificial asoma como la próxima gran promesa, o la próxima gran amenaza. Mientras los algoritmos predicen nuestros gustos y manejan nuestras finanzas, uno no puede evitar pensar que son la única cosa en este país que parece funcionar con cierta eficiencia. Es una ironía amarga: confiamos más en la lógica fría de una máquina que en la palabra de quienes nos gobiernan.
La manipulación ya no necesita ser muy sofisticada. Basta con cambiar el tema, con saturar la agenda con escándalos menores, con enfrentar a pobres contra pobres mientras el poder real se ejerce en otra dimensión. La identidad nacional, ese orgullo que se inflaba con logros deportivos o culturales, hoy es una piel incómoda. Uno la lleva puesta, pero no termina de reconocerse en ella.
Al final, lo que queda es una clase media a la intemperie, descreída de los grandes relatos, sobreviviendo con astucia día a día. No hay épica en esto, solo el pulso firme de quien aprieta los dientes y sigue, porque no hay otra opción. La política, la de verdad, la que importa, se juega en esa resistencia silenciosa, en la decisión de mantener un poco de cordura y de calor humano mientras afuera el mundo promete seguir desmoronándose. El futuro llegó, dicen. Y tiene la forma de una cuenta pendiente.
