El ruido de fondo
La clase media argentina tiene una relación extraña con el ruido. No me refiero al de los colectivos o al de las obras en la esquina. Hablo del ruido mental, ese que llega en forma de notificaciones, de alertas de precios, de discusiones que nunca terminan. Es un zumbido constante que se cuela en la cena, en la cama, en la siesta del domingo. Y lo peor es que ya no se sabe si es el país el que hace ruido o si somos nosotros los que no sabemos callarnos.
En estos días, cualquier conversación derrapa rápido. Uno empieza hablando del pan y termina discutiendo el rol del Estado en la economía. Un comentario sobre el colegio de los chicos deriva en una pelea por la educación pública. Y si alguien menciona la inseguridad, ya se armó. No hay tema que no se convierta en un campo de batalla. La polarización no es algo que se vea en la tele; es algo que se respira en la fila del supermercado, en la reunión de padres, en el grupo de WhatsApp del edificio.
La verdad, ese concepto que antes parecía sólido, ahora se ha vuelto un insumo más. Se compra, se vende, se descarta. En las redes sociales cada uno arma su propia versión de los hechos y la defiende con uñas y dientes. No importa si los datos respaldan o no. Lo que importa es que el relato sea coherente con lo que uno ya cree. Y así, la realidad se fragmenta en mil pedazos. Cada pedazo es una burbuja. Y cada burbuja tiene su propia lógica, su propio vocabulario, su propio enemigo.
La deuda silenciosa
Pero el zumbido más fuerte no viene de la política. Viene de la economía. La inflación es como esa gotera que no se arregla nunca. Uno la tapa con un trapo, pone un balde, aprende a vivir con el ruido del goteo. Pero la gotera no desaparece. La clase media ha aprendido a convivir con la deuda como si fuera parte del paisaje. La tarjeta de crédito, el préstamo personal, las cuotas sin interés. Todo es una postergación. Todo es un “ya veremos”. Y en ese “ya veremos” se va la vida.
Lo curioso es que el mérito sigue siendo un valor que se predica, pero que cada vez se practica menos. Se dice que hay que esforzarse, que el que quiere puede. Pero cuando el sueldo no alcanza, cuando el alquiler se come la mitad del ingreso, cuando trabajar ocho horas ya no es suficiente, el mérito suena a burla. No es que la gente no quiera. Es que las reglas del juego cambiaron y nadie avisó.
La memoria y el olvido
En medio de todo esto, la memoria juega un papel raro. Los argentinos tenemos fama de tener mala memoria, pero no es cierto. Lo que pasa es que recordamos lo que nos conviene y olvidamos lo que duele. Es un mecanismo de supervivencia. Si recordáramos todas las crisis, todos los corralitos, todos los planes que fracasaron, no podríamos levantarnos a la mañana. Por eso el olvido es una forma de dignidad. Una manera de decir: bueno, ya pasó, a seguir.
Pero la memoria también es un refugio. Ahí guardamos las épocas en que las cosas funcionaban, o al menos así las recordamos. La familia alrededor de la mesa, el trabajo estable, las vacaciones en la costa. Eso ya no existe. O existe para pocos. Y la juventud, que creció en la crisis permanente, ni siquiera sabe que eso fue real. Para ellos la inestabilidad es lo normal. Y eso, quizás, sea lo más triste de todo.
La soledad conectada
Las redes sociales prometían conectarnos. Y lo hicieron, pero de una manera superficial. Tenemos cientos de amigos virtuales y cada vez menos conversaciones reales. La soledad en la clase media no es la soledad del que vive solo; es la soledad del que está rodeado de gente pero no encuentra con quién hablar de verdad. Porque hablar de verdad implica riesgo, implica mostrar vulnerabilidad, implica salir del relato. Y eso da miedo.
La tecnología avanza, pero la identidad se vuelve más frágil. Uno ya no sabe quién es sin el teléfono, sin el perfil, sin los likes. La inteligencia artificial, esa nueva promesa, viene a completar el cuadro. Ya no solo consumimos contenido; ahora el contenido nos consume a nosotros. Los algoritmos deciden qué vemos, qué pensamos, qué deseamos. La manipulación es sutil, casi invisible. Y uno termina creyendo que sus decisiones son propias, cuando en realidad son el resultado de un diseño cuidadoso.
La salida
No hay una receta. No hay un manual. La clase media argentina sobrevive como puede, con gestos mínimos que nadie filma. El padre que se levanta temprano para llevar a los chicos al colegio. La madre que estira la comida para que alcance. El hijo que estudia con el celular prestado. Son esos gestos los que mantienen la dignidad. No los discursos grandilocuentes ni las promesas de campaña. Son los pequeños actos de resistencia cotidiana.
El ruido de fondo no se va a apagar. Pero tal vez podamos aprender a escucharlo de otra manera. No como una amenaza, sino como el sonido de una sociedad que se mueve, que busca, que a veces se cae y se levanta. La crisis es parte de la identidad argentina. Lo que hacemos con ella, eso sí, es lo que nos define.
