El ruido de la verdad
En la mesa de un bar de Palermo, un tipo mira el celular y dice: "No sé qué creer". Su amigo asiente, pero sigue scrolleando. Es una escena que se repite en todo el país, desde la cola del supermercado hasta la sala de espera del médico. La Argentina de la clase media, esa que alguna vez se reconoció en el diario de la mañana y la radio del taxi, ahora navega entre titulares que gritan distinto. La inflación licúa los pesos, pero también licúa las certezas.
La polarización política, ese monstruo que crece desde 2008, encontró su caldo de cultivo en las redes sociales. Allí, cada uno construye su propia realidad: un video de TikTok que muestra un saqueo, un tuit que denuncia una conspiración, un posteo de Instagram que vende felicidad de mentira. La clase media argentina, que siempre se enorgulleció de su criterio, ahora se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿cómo saber qué es verdad?
La máquina de la manipulación
Los algoritmos no discriminan. Facebook, Twitter, Instagram: todos empujan contenido que confirma lo que ya pensamos. La educación formal, esa que enseñaba a leer entre líneas, quedó atrás. La juventud crece con la pantalla como única maestra, y la memoria histórica se diluye en un scroll infinito. El relato oficial, el de los medios tradicionales, perdió fuerza. Pero el relato que lo reemplazó no es mejor: es más fragmentado, más ruidoso, más manipulable.
Un ejemplo concreto: la inseguridad. En los barrios de clase media, el miedo crece. Pero no siempre por lo que pasa, sino por lo que se dice que pasa. Un video de un asalto en Córdoba se viraliza como si hubiera sido en La Plata. La indignación se vuelve espectáculo. Y la gente, que antes salía a la calle a protestar, ahora se queda en casa mirando el teléfono.
El trabajo y la dignidad
La inflación no solo afecta el bolsillo: afecta la identidad. La clase media argentina se construyó sobre el mérito, el esfuerzo, el trabajo estable. Pero hoy, el trabajo ya no es lo que era. La inteligencia artificial promete reemplazar tareas, y la precarización se naturaliza. Un joven con título universitario hace Rappi. Una madre de dos hijos se endeuda para comprar zapatillas. La dignidad, esa palabra que antes se asociaba a un empleo formal, ahora se negocia en cuotas.
El Estado, mientras tanto, juega su propio partido. Unos dicen que es necesario, otros que sobra. La discusión sobre su tamaño se vuelve abstracta mientras la gente espera en un hospital público o paga un colegio privado que ya no puede costear. La moral se adapta: ya no importa tanto si algo está bien o mal, sino si sirve para sobrevivir.
La soledad del que busca
En este contexto, la familia se reconfigura. Los hijos se van, los padres envejecen, y la soledad se vuelve un tema de conversación recurrente. Las redes sociales prometen conexión, pero entregan comparación. La juventud busca referentes en influencers que venden un éxito imposible, y la clase media, que siempre se sintió el motor del país, ahora se pregunta si sigue siendo relevante.
El consumo, que alguna vez fue un marcador de identidad, dejó de serlo. Comprar ya no es un placer: es una estrategia para llegar a fin de mes. La deuda se acumula, el crédito se vuelve una trampa, y el mérito individual choca contra la realidad de un país que no termina de encontrar su rumbo.
La memoria que resiste
Pero no todo es ruido. En algunos rincones, la memoria resiste. Una abuela que cuenta cómo era el país en los 80. Un padre que explica qué significó la dictadura. Un docente que, a pesar de todo, insiste en enseñar a pensar. La verdad no se pierde del todo: se esconde en los gestos cotidianos, en las conversaciones de sobremesa, en los libros que todavía se leen.
La clase media argentina tiene una capacidad de adaptación que asombra. Pero también un umbral de cansancio. La polarización, la inflación, la manipulación: todo suma. Y en algún punto, uno se pregunta si vale la pena seguir buscando la verdad en medio de tanto ruido. La respuesta, quizás, está en esa mesa de bar, donde dos amigos discuten y, al final, deciden apagar el celular. Al menos por un rato.
