Artículo y ensayo

El ruido que no se apaga

Entre la inflación y las redes sociales, la clase media argentina descubre que el verdadero ruido no es el de la calle sino el de la cabeza propia.

El ruido que no se apaga

El ruido que no se apaga

La semana pasada, en un café de Palermo, un tipo de unos cuarenta años le explicaba a otro por qué el país no funciona. Hablaba de la deuda, de los medios, de la polarización. Usaba palabras como "relato" y "verdad". El otro asentía, pero miraba el celular. En la mesa de al lado, una chica filmaba el café con leche para Instagram. Nadie se escuchaba del todo.

Así está la cosa. La Argentina de la clase media se parece cada vez más a esa escena: todos hablando, nadie escuchando. Y en el medio, la inflación que todo lo desordena, el trabajo que ya no rinde, la educación que promete pero no entrega. La crisis no es solo económica. Es una crisis de atención, de paciencia, de capacidad de mirar al otro sin querer sacarle una selfie.

El mérito y la deuda

Uno de los grandes relatos que se sostiene es el del mérito. "Si querés, podés", dicen los que ya pueden. Pero en un país donde la inflación te come el sueldo antes de que llegue el fin de mes, el mérito suena a chiste. La clase media se esfuerza, se endeuda, manda a los hijos a la universidad pública, y después descubre que un título no garantiza nada. Que la dignidad no se mide en el trabajo sino en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedir prestado.

La deuda, entonces, se vuelve un hábito. Una forma de vida. Se debe en el banco, en el supermercado, en la tarjeta. Se debe hasta la esperanza. Y mientras tanto, las redes sociales muestran vidas perfectas, viajes, comidas, cuerpos esculpidos. La comparación es inevitable. Y la soledad también.

La identidad en venta

La moral y la cultura se negocian a cada rato. Antes la identidad era algo que se heredaba, se construía con la familia, el barrio, el trabajo. Ahora se elige como un producto en una góndola. Uno puede ser de izquierda o de derecha, kirchnerista o macrista, libertario o peronista. Pero la identidad se reduce a un sticker en el paragolpes, a un comentario en Twitter, a un like. La complejidad se aplana. El matiz desaparece.

Y en ese aplanamiento, la verdad se vuelve un insumo más. Se compra, se vende, se manipula. Los medios construyen relatos, la política los repite, y la gente los consume como si fueran noticias. Pero la noticia es otra: que el poder no está en la información sino en la capacidad de hacer creer. Que la inteligencia artificial ya escribe discursos, genera imágenes, inventa realidades. Y que la clase media, atrapada entre la urgencia de pagar las cuentas y el vértigo de estar al día, ya no tiene tiempo para preguntarse qué es verdad y qué no.

La juventud y la memoria

Los jóvenes crecen en ese ruido. Para ellos, la memoria es un archivo de Instagram, un video de TikTok, un trending topic. La historia se consume en fragmentos. La dictadura, el 2001, la hiperinflación: todo cabe en un reel de treinta segundos. Y después se olvida. La memoria ya no es un refugio, como decía aquel artículo. Es un producto más, sujeto a la moda y al algoritmo.

La educación, mientras tanto, intenta competir con el celular. Pero el celular gana siempre. Porque el celular no exige esfuerzo, no pide concentración, no demanda silencio. La educación, en cambio, es lenta, trabajosa, aburrida. Y en un mundo que premia lo rápido, lo fácil, lo viral, la educación parece un lujo que la clase media ya no puede pagar.

El Estado y la soledad

En medio de todo, el Estado aparece como un actor difuso. A veces está, a veces no. A veces protege, a veces abandona. La clase media lo critica, lo reclama, lo necesita. Pero también desconfía. Porque el Estado promete seguridad y la inseguridad crece. Promete educación y la escuela se cae. Promete salud y el hospital no tiene turnos. Entonces la clase media se refugia en lo privado: el seguro, la escuela privada, el barrio cerrado. Pero lo privado también se encarece, también se vuelve inaccesible.

Y en esa soledad, el individuo queda solo frente a la crisis. Sin red, sin comunidad, sin la certeza de que mañana va a ser mejor. Lo único que queda es el ruido. El ruido de las redes, el ruido de la tele, el ruido de la cabeza. Un ruido que no se apaga ni con el silencio.

La clase media argentina sigue ahí, resistiendo, pagando, esperando. Pero cada vez más, esa espera parece un acto de fe. Y la fe, se sabe, no alcanza para llenar el carrito del supermercado.

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