Artículo y ensayo

El trabajo que se desvanece entre el mérito y la pantalla

En los escritorios de casa y las oficinas que se vacían, una generación mide su valor en una moneda que se evapora. La promesa del esfuerzo se enfrenta a la lógica de un algoritmo.

El trabajo que se desvanece entre el mérito y la pantalla

El trabajo que se desvanece entre el mérito y la pantalla

El padre de Martín le regaló una herramienta de acero cuando terminó el secundario. Era una llave Stillson, pesada, fría, con el mango de madera gastado. "Con esto te ganás la vida", le dijo. Martín la guardó en un cajón y se puso a estudiar diseño. Hoy, veinte años después, esa llave sigue ahí, un fósil de un mundo donde el trabajo era algo que se agarraba con las manos y se medía en horas de sudor. Martín pasa sus días frente a tres pantallas, negociando plazos con un cliente de Berlín mientras un software de inteligencia artificial le sugiere correcciones al logo que está diseñando. Su mérito ya no se talla en acero, se escribe en líneas de código y se valida con likes.

La oficina, ese templo de la clase media argentina, se desmaterializó. Quedan los esqueletos: edificios de vidrio en Puerto Madero con plantas que nadie riega, salas de reuniones silenciosas. El trabajo se refugió en los living, en los dormitorios convertidos en "home office", en las mesas de la cocina junto a los platos sin lavar. La frontera entre la vida y el empleo se volvió un pantano. Se trabaja a las once de la noche, se responde un mail un domingo al mediodía. La dignidad del horario fijo, del salario que alcanzaba, se licuó como el peso en el bolsillo.

El algoritmo como patrón

No es solo la inflación la que corroe el sueldo. Es la naturaleza misma del laburo. Las plataformas prometen libertad, pero imponen una tiranía silenciosa. El repartidor pedalea contra el reloj del celular, el redactor freelance compite con un generador de textos que no cobra ni se queja. La inteligencia artificial no viene a reemplazar al humano de un saque, viene a devaluarlo. Le quita el aura, lo convierte en un supervisor de máquinas, en un corrector de errores. El mérito, esa piedra angular de la moral de la clase media, se resquebraja. ¿De qué sirve esforzarse si una herramienta puede hacer en segundos lo que a vos te llevó una semana de aprendizaje?

En las cenas familiares, el tema es el mismo, con distintos disfraces. El hermano que fue despedido después de quince años en una fábrica. La hija que tiene tres "trabajitos" pero no un trabajo. El primo que "hace cosas en internet" y gana en dólares, una figura mitológica que todos observan con una mezcla de envidia y desconfianza. La política discute la ley de alquileres o el dólar futuro, pero no tiene un relato para esto. No hay discurso que explique cómo se reconstruye una identidad cuando lo que hacés para vivir ya no te define, o te define como un eslabón prescindible en una cadena que no ves.

Las redes sociales son el escenario de esta angustia disfrazada de éxito. Fotografías de laptops en una playa, frases motivacionales sobre emprendedurismo, cursos que prometen enseñarte a "monetizar tu pasión". Es la cultura del consumo aplicada al alma. Te venden la idea de que tu valor depende de tu capacidad de convertirte en una marca. Mientras, la soledad del que trabaja solo, sin compañeros para tomar un café, sin un sindicato que lo contenga, crece en silencio. La polarización no es solo política, es existencial. Están los que se subieron al barco de la tecnología y miran con desdén el mundo que se hunde, y los que se quedaron en el muelle, aferrados a una llave Stillson que ya no abre ninguna puerta.

La memoria del oficio

Hay una memoria que se pierde, y no es la de las fechas patrias. Es la memoria del oficio. El saber cómo se arregla un motor, cómo se levanta una pared, cómo se cose un dobladillo. Es un conocimiento lento, corporal, que se transmitía de padre a hijo, de maestro a aprendiz. La educación formal lo desdeñó, lo llamó "manual". Ahora, ese saber está en YouTube, fragmentado en tutoriales de diez minutos. Es práctico, sí, pero es huérfano. No viene con la ética del trabajo bien hecho, con el orgullo de la herramienta propia. Viene con publicidad insertada cada treinta segundos.

El Estado, ese actor que alguna vez reguló la relación entre el capital y el trabajo, parece un espectador desorientado. Legislar para el mundo de las apps y los contratos digitales es como intentar pescar con una red agujereada. El poder real se desplazó a las corporaciones tecnológicas, que dictan sus términos en cláusulas incomprensibles que uno acepta con un clic. La verdad laboral ya no está en un convenio colectivo, está en los algoritmos que asignan pedidos y califican tu desempeño. Una verdad opaca, inapelable.

La crisis argentina siempre tuvo la inflación como termómetro. Ahora hay otro, más sutil: la desorientación. La clase media ya no sabe qué debe estudiar su hijo para tener futuro. Ya no sabe si ahorrar en pesos, en dólares o en cursos online. Mira con nostalgia el trabajo estable de sus padres, pero sabe que ese mundo no va a volver. Se aferra a la familia, ese último territorio de certeza, pero incluso ahí la conversación gira en torno a la plata que no alcanza, a la inseguridad de mañana.

Martín, a veces, abre el cajón y mira la llave. No sabe usarla. Es un objeto de otro planeta. Piensa en su propio hijo, de ocho años, que ya maneja la tablet mejor que él. ¿Qué herramienta le va a regalar? ¿Un curso de prompt engineering? ¿Un manual para negociar con inteligencias artificiales? Cierra el cajón. Suena una notificación en la pantalla. Es el cliente de Berlín. Necesita los cambios para ayer. Martín suspira, ajusta los lentes, y vuelve a dialogar con la máquina. Afuera, la noche porteína enciende sus luces sobre una ciudad de gente que, como él, intenta descifrar las nuevas reglas de un juego donde las fichas cambian de valor sin aviso.

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