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El trabajo que ya no alcanza: mérito, deuda y la clase media en la cuerda floja

El salario se licúa antes de llegar a la cuenta, el esfuerzo individual se topa con un techo de deuda y la promesa del progreso por el trabajo honesto cruje por todas partes.

Artículo del autor27.03.2026

El trabajo que ya no alcanza: mérito, deuda y la clase media en la cuerda floja

El martes, a las siete de la tarde, Martín cerró la planilla de Excel y apagó la computadora. Había trabajado diez horas, como todos los días. Su sueldo, en pesos, era un número que dejó de tener sentido hace dos ajustes. Lo que importaba era la deuda: la tarjeta, el préstamo personal para pagar la tarjeta, la cuota de la escuela de los pibes. Se quedó mirando la pantalla negra, un rectángulo que le devolvía su propio reflejo cansado. El mérito, esa palabra que le inculcaron sus viejos, sonaba a chiste de mal gusto. El trabajo ya no construye, apenas sostiene. Y a veces, ni eso.

La clase media argentina aprendió a vivir en la paradoja. Habla de esfuerzo mientras navega un sistema donde el esfuerzo rinde cada vez menos. Se aferra a la educación como valor supremo, pero ve cómo el título universitario se convierte en un boleto para un laburo precario o un plan de pago interminable. La inflación no es solo un número del INDEC, es un mecanismo que corroe la relación básica entre tiempo, esfuerzo y recompensa. Trabajás un mes, y ese mes se evapora en la caja del supermercado antes de que hayas pagado la mitad de las facturas. La dignidad, que antes se medía en la capacidad de mantener a la familia y proyectar, hoy se reduce a un malabarismo diario para no caer.

El relato y la grieta en la mesa familiar

En las casas ya no se discute de fútbol, o no solo. Se discute de poder. De por qué nada funciona. La televisión prende, y de una pantalla te dicen que la culpa es de los especuladores. De la otra, que es de la casta política. Dos relatos perfectamente armados, dos espejos que devuelven imágenes opuestas de la misma realidad hecha trizas. La familia, ese reducto que se suponía a salvo, se convirtió en un campo minado donde la polarización política se cuela entre el paso de la sal y la pregunta de cómo vas a pagar el arreglo del auto.

Los pibes escuchan. Los pibes, que crecieron con el celular en la mano, ven en las redes sociales una versión aún más acelerada y brutal de esa grieta. Allí, la discusión se atomiza en insultos, memes y verdades a medias. La inseguridad ya no es solo la que roba en la esquina, es la inseguridad de no saber en qué creer, a qué aferrarse. El Estado, ese ente abstracto, aparece como un deudor que no paga, un regulador que no regula, una promesa incumplida. Y en ese vacío, crece la soledad. Una soledad peculiar, rodeada de gente y de ruido, pero sin un lenguaje común para nombrar el desastre.

La inteligencia artificial y el fantasma del reemplazo

Mientras tanto, en otro plano, avanza silenciosa otra revolución. Se habla de la inteligencia artificial en los medios, a veces con pánico, a veces con una admiración ingenua. Para el que está arriba, es una herramienta de eficiencia. Para el que está abajo, como Martín, es el fantasma del reemplazo. Después de años de estudiar y especializarse, ahora lee que una máquina puede hacer su informe trimestral. No es ciencia ficción, es una nota en un portal de tecnología que le aparece entre publicidades de préstamos. El futuro no llega con naves espaciales, llega con un algoritmo que amenaza con hacer obsoleto el conocimiento por el que se endeudó.

El consumo, otro pilar de la identidad de clase, mutó. Ya no se trata de ascender, de mostrar lo logrado. Se trata de sostener un umbral, de no decaer. La ropa, las vacaciones, el auto, son lujos que se posponen en un calendario que nunca llega. La memoria juega una mala pasada: se recuerda un pasado con más estabilidad, pero también se sabe, en el fondo, que ese pasado tenía sus propias deudas y miserias. La manipulación no es solo política, es también económica. Te convencen de que necesitás lo que no podés pagar, y luego te ofrecen la forma de pagarlo con tu tiempo futuro.

¿Dónde queda la moral en este laberinto? Se fragmenta. Para algunos, sobrevivir es moral. Pagar lo que se pueda, estirar los plazos, zafar. El código de honor del trabajo duro choca contra el muro de la realidad. La verdad se vuelve un artículo de lujo, difícil de encontrar entre tanto interés creado y tanto discurso armado. La identidad, esa construcción que tomaba años, ahora es líquida. Hoy sos profesional, mañana sos un deudor, pasado sos un número en una estadística de pobreza.

Al final, Martín se levanta de la silla. Afuera ya es de noche. Piensa en los pibes, que están haciendo la tarea. Su lucha ya no es por un ascenso, ni siquiera por un horizonte brillante. Es una lucha por la contención. Por que la cuerda floja no se corte. Por mantener, en medio del desgaste general, un pedazo de piso firme donde su familia pueda pararse. El mérito, tal vez, ya no esté en triunfar. Esté, simplemente, en no soltar. En seguir cerrando la planilla de Excel día tras día, aunque los números digan cada vez menos, buscando en el gesto mismo de trabajar un resto de dignidad que la crisis todavía no se llevó puesta.

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