Artículo y ensayo

El trabajo que ya no alcanza y la pantalla que lo explica

En la cocina de un departamento, mientras se revisa el saldo del home banking, una generación entera ajusta cuentas con la promesa del mérito. La pantalla del celular ofrece diagnósticos, culpables y consuelos, pero no paga la tarjeta.

El trabajo que ya no alcanza y la pantalla que lo explica

El trabajo que ya no alcanza y la pantalla que lo explica

El sueldo entra un miércoles a la tarde. Para el jueves al mediodía ya es historia, un número que pasó por la cuenta como un tren fantasma. Lo que queda no es dinero, es una lista de obligaciones aplazadas y un cálculo mental que se repite en la cola del supermercado, en la pantalla del celular al pagar un servicio, en la mirada rápida al ticket del colegio. La clase media argentina ya no vive de su trabajo, administra sus restos. El mérito, esa palabra que sonaba a futuro, hoy suena a excusa de otro. El esfuerzo personal se topa, todos los meses, con la misma pared de números rojos. Y ahí, en ese espacio entre lo que se gana y lo que se necesita, se instala la pregunta que nadie formula en voz alta: si trabajar ya no es la solución, ¿qué es?

La explicación en el bolsillo

Mientras la mano izquierda tipea la contraseña del banco, la derecha desliza el dedo por la pantalla. Aparecen, en orden aleatorio, un video de un economista explicando la inflación, un meme sobre el político de turno, una publicidad de un curso para ganar en dólares, la foto de un amigo que se fue a España. Cada fragmento ofrece una versión de la culpa. La crisis es por la deuda, por los medios, por el relato del otro, por la falta de educación, por el Estado que no está o por el Estado que sobra. La verdad se ha vuelto un producto de consumo, elegís la que menos duele, la que mejor calza con el enojo del día. La polarización no es solo un término político, es un mecanismo de supervivencia emocional. Adherir a un relato completo, aunque sea ajeno, duele menos que enfrentar el vacío de uno propio, ese que se resquebraja con cada factura.

La familia, en este paisaje, ya no es solo refugio. Es un microcosmos de la tensión. En la misma mesa conviven el hijo que estudia para un mundo que quizás no exista cuando se reciba, el padre que siente que su oficio perdió valor, la madre que administra lo inadministrable. Se habla de inseguridad, pero la más tangible es la económica, la que te roba el sueño a las tres de la mañana. Se discute de política, pero en el fondo se discute de dignidad. De cómo preservar un poco de ella cuando el trabajo que uno hace parece no valer lo que vale, cuando el consumo se reduce a lo esencial y lo esencial se encarece día a día.

El futuro como deuda

La juventud de clase media mira ese escenario con una lucidez que duele. Heredó no un país, sino un conjunto de advertencias. El estudio ya no garantiza nada, el trabajo estable es una leyenda, la propiedad una fantasía. Su identidad se construye, en parte, en oposición a ese camino trunco de los mayores. Buscan en la cultura, en las redes, en emprendimientos inciertos, una forma de escapar a la lógica del salario que se evapora. La inteligencia artificial, los algoritmos, el mundo digital, son territorios donde sienten que pueden correr de ventaja, donde el pasado pesa menos. Pero incluso ahí, la economía local los alcanza. La suscripción en dólares, la computadora que se rompe, la conexión a internet que es un lujo más. La soledad de esta generación no es tanto física, es de proyecto. Es la dificultad de imaginar una vida lineal en un país que hace tiempo perdió la línea.

Y en el centro de todo, el poder. No el que se discute en los programas de televisión, sino el que se ejerce en silencio. El poder de quien define el valor de la moneda con la que te pagan. El poder de quien decide a quién salvar y a quién dejar caer. El poder de los algoritmos que deciden qué noticia ves, qué miedo alimentar, qué deseo activar. La manipulación ya no necesita grandes conspiraciones. Basta con que tu feed te muestre, una y otra vez, que el problema es el vecino que piensa distinto, o que la salida es individual, milagrosa, y está a un click de distancia, por solo diez dólares mensuales.

La memoria, en este contexto, es un bien ambiguo. Se la invoca para el rencor político, pero se la abandona cuando se trata de recordar que hubo un tiempo, no tan lejano, en que el trabajo alcanzaba. Recordar duele, porque evidencia la caída. Entonces se prefiere la amnesia selectiva, o la nostalgia edulcorada. El consumo, antes un signo de estatus y progreso, es ahora un campo minado. Cada compra es una decisión moral (¿nacional o importado?), económica (¿a cuántas cuotas?) y psicológica (¿me lo merezco después de este mes?).

Al final del día, cuando las pantallas se apagan y los números del banco ya no se pueden mirar, queda la pregunta por la identidad. ¿Qué significa ser clase media en la Argentina hoy? Ya no es un lugar económico estable, sino una sensación, un fantasma de hábitos y aspiraciones que chocan contra la realidad. Es una moral hecha de esfuerzo, pero un esfuerzo que no se ve recompensado. Es la búsqueda de una verdad en un mercado saturado de relatos. Es la dignidad que se aferra a pequeños rituales: el mate bien cebado, la educación de los hijos aunque no se sepa para qué mundo, la discusión política aunque no cambie nada. Es, sobre todo, la terquedad de seguir trabajando, aunque ese trabajo ya no alcance. Porque en el fondo, quizás sea lo único que todavía nos define, cuando todo lo demás parece haberse diluido en la pantalla.

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