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El trabajo y la deuda: la clase media en la cuerda floja

El salario se licúa en la cuenta, la deuda se acumula en el resumen y la promesa del progreso por el esfuerzo se desvanece en los pasillos de los supermercados.

Artículo del autor28.03.2026

El trabajo y la deuda: la clase media en la cuerda floja

El martes, cuando el sueldo cayó en la cuenta, Martín ya tenía la mitad comprometida. No en proyectos, no en un viaje, sino en cuotas que empezaron como un salvavidas y ahora son un lastre. La heladera hacía un ruido raro, el colegio de los pibes pidió otro pago extraordinario y el alquiler se ajusta por un índice que nadie entiende del todo. Se sienta en la cocina, con la pantalla del celular iluminándole la cara, y recorre los números. El trabajo ya no alcanza. Es una frase que se repite como un mantra en los living, en los bares, en los mensajes de voz que se mandan entre hermanos. No es una queja, es un dato concreto, una ecuación que no cierra.

La clase media argentina aprendió a navegar en la tormenta con una brújula descalibrada. La brújula del mérito. Estudiá, esforzate, sé honesto, progresá. Ese era el código. Ahora, ese mismo esfuerzo se topa con una pared de inflación y deuda que lo vuelve abstracto, casi ridículo. El tipo que se rompe el lomo doce horas por día llega a fin de mes más flaco que el que especuló con el dólar o el que tiene un acomodo político. La moral del trabajo se resquebraja en silencio, en la comparación inevitable, en la sensación de haber seguido las reglas de un juego que ya no existe.

La máquina de endeudarse

El consumo se sostiene con un motor ficticio: la financiación. Todo se paga en cuotas, incluso la comida. Lo que antes era un plan para comprar un auto o un electrodoméstico, hoy es una estrategia de supervivencia. Pagar al contado es un lujo de otro planeta. Entonces, la familia se endeuda para llegar a fin de mes, y el mes siguiente arrastra ese peso, con intereses que son otra forma de inflación. Es un círculo del que no se sale, una carrera en una cinta que se mueve hacia atrás. La dignidad, esa palabra grande, se negocia día a día entre el precio de la carne y la cuota del colegio. ¿Es digno pedir un préstamo para pagar la luz? La pregunta ya ni se formula. Se actúa.

Mientras, el Estado aparece como una presencia lejana, a veces como un cobrador implacable, otras como una promesa incumplida. La educación pública, ese ascensor social que funcionó para los padres y los abuelos, hoy cruje. Los pibes van a la escuela, pero los padres contratan profesores particulares o se juntan para pagar un suplemento. Es un doble gasto, un esfuerzo extra para mantener un piso que se supone garantizado. La inseguridad no es solo la sombra en la esquina, es también la sensación de que el futuro se achica, de que el horizonte de los hijos es más bajo y más incierto que el propio.

El relato y el ruido

En medio de este paisaje, los medios y las redes sociales amplifican un ruido ensordecedor. La polarización no es solo política, es un clima, un modo de respirar. Cada noticia, cada dato, viene con su versión antagónica. No hay verdad, hay relatos. Y la gente, la de la cocina de Martín, termina desconfiando de todos. La inteligencia artificial, que ahora genera discursos y noticias falsas con una facilidad pasmosa, es apenas la cereza de un pastel envenenado. ¿Cómo construir una memoria colectiva, una identidad, si ni siquiera hay acuerdo sobre lo que pasó ayer? La inflación, dicen, borra los precios. Este ruido permanente borra los hechos.

La familia, ese reducto, también se transforma bajo presión. Las reuniones se tiñen de conversaciones prácticas: cómo ahorrar en la factura del gas, en qué cadena de supermercados está más barata la leche. Se habla de plata porque la plata falta. El ocio, el tiempo para la cultura, para el simple estar, se convierte en un artículo de lujo. La soledad, esa otra epidemia, no es solo la de quien vive solo. Es la soledad de sentirse perdido en medio de la propia gente, de cargar con una angustia que no se nombra para no sumar peso a los demás.

La manipulación ya no viene solo de un poder político visible. Viene de los algoritmos que deciden qué ves, de las financieras que te ofrecen una solución que es otro problema, de la presión sorda de mantener las apariencias en un mundo donde todos saben que todos están patinando. La identidad de la clase media, antes atada a la propiedad, al auto, al título universitario, ahora es más difusa. Se define por lo que resiste, por lo que no se deja caer del todo.

Al final, queda la pregunta por la verdad. No la verdad grandilocuente de los discursos, sino la verdad concreta del día a día. La verdad de que el trabajo ya no rinde como antes. La verdad de que la deuda es una cadena. La verdad de que se vive con una incertidumbre que se naturaliza, como un dolor de espalda crónico. Martín apaga el celular. La pantalla se vuelve negra. Afuera, la ciudad sigue su ritmo, llena de Martines haciendo cuentas en la penumbra de sus cocinas, aferrados a un código de honor que el mundo afuera ya no valora, esperando, sin demasiada esperanza, que la cuerda floja no se corte del todo.

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