Artículo y ensayo

El trapo de la bandera

Entre la inflación y el ruido de las redes, un hombre descubre que la identidad ya no se hereda: se negocia todos los días con el bolsillo y la memoria.

El trapo de la bandera

El trapo de la bandera

Lo vi en una esquina de Villa Crespo, un sábado a la tarde. El tipo tenía un trapo azul y blanco colgado del hombro, de esos que se usan para lustrar zapatos, pero la tela estaba tan raída que parecía un recuerdo de la primaria. Se llamaba René, como el cantante, y me contó que lo había heredado de su abuelo, que era lustrabotas en la estación Once. "Antes la gente tenía dignidad hasta para pedir un aumento", dijo, y escupió al cordón de la vereda. No supe si hablaba de la bandera o del trapo.

La crisis no es solo que el dinero no alcance. Es que las cosas pierden el nombre. La clase media argentina descubrió que la inflación no solo se come el sueldo: se come las palabras. Un sueldo ya no es un sueldo, es un bono. Un trabajo ya no es un trabajo, es una changa. La familia ya no es un refugio, es una sociedad anónima donde cada uno pone lo que puede y todos discuten por la luz.

En las redes sociales la cosa es peor. Ahí la identidad se vende como pan caliente. Hay influencers que explican cómo ser argentino en tres pasos, como si la argentinidad fuera un combo de empanadas y fútbol. Pero nadie habla del olor a nafta de los colectivos viejos, del ruido de la lluvia en un techo de chapa, de la paciencia de la cola del Banco Nación. Esa es la verdad que no se negocia, la que no entra en un reel de quince segundos.

La polarización política se volvió un deporte de contacto. En las cenas familiares ya no se discute: se declara. Cada uno llega con su verdad blindada, con el escudo de un algoritmo que le dice lo que quiere escuchar. El mérito, que antes era un valor, ahora es un arma. "Si no llegás es porque no querés", te dicen, mientras la inflación te come el aguinaldo. Y uno se queda callado, porque explicar duele más que callar.

La memoria también se pudre. Los viejos guardan fotos en cajas de zapatos, pero los jóvenes las tienen en el celular, apiladas como escombros digitales. Nadie imprime una foto, nadie la toca. La memoria ya no se siente: se consume. Y cuando algo se consume, se termina. La soledad de un pibe con el celular en la mano, mirando historias que pasan como agua, es la misma soledad de un jubilado que espera el colectivo que nunca llega.

La educación, mientras tanto, se convirtió en una promesa de feria. Los padres pagan cuotas impagables para que sus hijos aprendan inglés, programación, protocolo. Pero nadie les enseña a leer un balance, a desconfiar de un político, a sentarse a la mesa y escuchar. El Estado, que antes era un padre ausente, ahora es un vecino molesto: aparece cuando no lo llamás y desaparece cuando lo necesitás.

La inseguridad, claro, es el telón de fondo. No solo la inseguridad de la calle, sino la de saber que mañana el dólar puede saltar, que el alquiler puede subir, que el trabajo puede desaparecer. Esa inseguridad existencial, la que te agarra a las tres de la mañana cuando no podés dormir y pensás en la deuda. La deuda no es solo plata: es un contrato con el futuro que firmás sin leer la letra chica.

René, el lustrabotas, me dijo que su abuelo le enseñó que la dignidad no se negocia. Pero después me pidió si le podía comprar un sándwich de milanesa. Entre la inflación y las redes, la dignidad se parece cada vez más a un trapo viejo que uno se cuelga del hombro para que los demás sepan que todavía existe. Y uno se pregunta si la identidad argentina no será eso: un trapo sucio, lavado mil veces, que ya no se sabe si es bandera o es harapo.

La juventud, mientras tanto, busca respuestas en la inteligencia artificial. Le preguntan a un bot cómo ser feliz, cómo ganar plata, cómo sobrevivir. El bot responde con frases hechas, con lugares comunes, con la misma falsa seguridad de un político en campaña. Y los pibes se quedan tranquilos, porque es más fácil confiar en una máquina que en un padre que no tiene respuestas. Pero la máquina no sabe lo que es el olor a tierra mojada, el sabor de un mate amargo, el ruido de una radio encendida en la madrugada.

Al final, todo vuelve a lo mismo. La crisis no es solo económica: es moral. Es la sensación de que todo se puede comprar, pero nada se puede tener. Que la identidad ya no se hereda, se alquila. Que la memoria ya no se guarda, se sube. Que la familia ya no se cuida, se administra. Y uno, parado en la esquina de Villa Crespo, ve pasar los colectivos y piensa si no será mejor agarrar el trapo y seguir lustrando, aunque la bandera ya no sea la misma.

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