El espejo roto de la clase media
La clase media argentina tiene un problema con los espejos. No es que los evite, los tiene en cada habitación, en el celular, en la vidriera del supermercado cuando el precio del aceite subió otra vez. Pero cuando se mira, ya no sabe bien qué ve. Un rostro cansado, una ropa que compró en tres cuotas sin interés y que ahora parece un disfraz. Una sonrisa que ensaya para la foto del sábado. La identidad, esa palabra que antes venía con el apellido y el barrio, ahora se negocia todos los días con el bolsillo y la memoria.
La inflación no es solo un número que sale en los noticieros. Es una máquina de moler certezas. Lo que valía ayer hoy es un recuerdo caro. El sueldo alcanza hasta el 15, después empieza la gimnasia de calcular, restar, pedir prestado. Y en esa gimnasia se pierde algo más que plata. Se pierde la capacidad de proyectar, de pensar en enero como algo más que un pozo negro. La clase media, que siempre vivió del mérito y del esfuerzo, descubre que el mérito no alcanza. No alcanza para la cuota del colegio, no alcanza para el alquiler, no alcanza para la ilusión de que los hijos van a estar mejor.
Las redes sociales, mientras tanto, funcionan como un espejo deformante. Todos muestran la vida perfecta: la cena en un restaurán que no existe, el viaje a la costa que se pagó con la tarjeta y duele hasta marzo, el hijo que recibe un premio en la escuela. Nadie muestra la deuda. Nadie muestra la discusión por el aumento del alquiler. Nadie muestra la soledad de un sábado a la noche, cuando el celular no vibra y el ruido de la tele no alcanza para llenar el vacío. La polarización política, ese deporte nacional, termina de romper el espejo. Ya no se habla con el vecino, ya no se habla con el primo que votó distinto. Se grita, se bloquea, se cancela. La familia, ese refugio, se convierte en un campo de batalla donde cada comida es una negociación silenciosa.
La deuda que no se ve
Hay una deuda que no aparece en los balances bancarios. Es la deuda con uno mismo. La promesa de empezar el gimnasio, de leer ese libro, de llamar a la vieja. Todo queda postergado porque no hay tiempo, no hay plata, no hay energía. La cultura del consumo, que prometía felicidad en cuotas fijas, entregó una felicidad descartable. Se compra un celular nuevo y a los tres meses ya es viejo. Se compra una zapatilla de marca y el hijo la quiere otra. El mérito, ese valor que la clase media defendió como propio, se convirtió en un consuelo de pobres. Se dice: yo me esfuerzo, yo laburo, yo no pido nada. Pero el esfuerzo no alcanza para tapar el agujero negro de la inflación.
La educación, que fue el ascensor social de los abuelos, hoy es una incógnita. La escuela pública sobrevive como puede, con docentes que hacen malabares y edificios que se caen. La privada cuesta un riñón y no garantiza nada. Los jóvenes, que deberían ser el futuro, miran el horizonte y ven una pared. Muchos se van, otros se quedan y hacen la plancha. La inteligencia artificial, ese nuevo dios, promete reemplazarlos. Pero mientras tanto, ellos siguen buscando un trabajo que pague en blanco y que les permita soñar con un departamento propio. Ese sueño, el del primer monoambiente, hoy es una utopía.
La verdad y la manipulación
Vivimos en un país donde la verdad se negocia como un bono. Cada medio, cada político, cada influencer, construye su propio relato. La realidad se fragmenta en mil pedazos. Uno elige el pedazo que le gusta y arma un rompecabezas que le da la razón. La manipulación no es un delito, es un método. La polarización no es una consecuencia, es un negocio. Mientras tanto, la gente común trata de sobrevivir. Trata de encontrar un precio justo, una palabra honesta, un abrazo que no tenga segundas intenciones. No es fácil.
La dignidad, ese valor que no se vende ni se compra, se pone a prueba todos los días. Cuando el cajero del supermercado te mira con lástima porque pediste fiado. Cuando el jefe te exige que labures un sábado sin pagar horas extra. Cuando el Estado, ese monstruo burocrático, te pide un papel que no tenés. La dignidad se resquebraja. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de no pedir limosna, empieza a preguntarse si la limosna no es el sueldo que le pagan.
La memoria que no entra en el celular
La memoria, ese lujo, se achica. Ya no se recuerdan los números de teléfono, ya no se recuerdan los cumpleaños, ya no se recuerda cómo se hacía antes, cuando no había internet. Todo está guardado en la nube, pero la nube no abraza. La identidad, que antes se construía con el barrio, la escuela, el club, ahora se construye con likes y seguidores. La soledad, la verdadera pandemia, no se cura con un posteo. Se cura con un mate compartido, con una charla sin apuro, con un silencio que no incomode.
La clase media argentina está en el medio, como siempre. No es pobre, no es rica. Tiene aspiraciones pero no certezas. Tiene memoria pero no futuro. Tiene orgullo pero no plata. Y en ese medio, entre la inflación que todo lo corroe y las redes que todo lo simplifican, trata de mantener los pies en la tierra. Trata de recordar quién es. Trata de no romper el espejo definitivamente. Porque si lo rompe, después no va a quedar nadie para recoger los pedazos.
