Artículo y ensayo

La fatiga de la atención

Entre la inflación que no afloja y las redes que exigen respuesta inmediata, la clase media argentina descubre que la atención se ha vuelto un lujo que no puede costear.

La fatiga de la atención

La fatiga de la atención

En la Argentina de estos días, la clase media se enfrenta a una paradoja que nadie le explicó bien. Por un lado, la inflación le come el sueldo y la deuda le crece como una enredadera silenciosa. Por el otro, las redes sociales le exigen que opine sobre todo, que se defina, que separe el mundo en buenos y malos. Entre el supermercado y el timeline, la gente termina agotada. Pero no es el cansancio físico, sino otro más difuso: el de tener que prestar atención a todo a la vez.

Uno va al almacén y ve los precios cambiados otra vez. El mismo paquete de fideos cuesta diez pesos más que la semana pasada. Después agarra el teléfono y se encuentra con una discusión sobre el nuevo decreto del Gobierno, otra sobre la inseguridad en el barrio, un video de un pibe que se recibió de médico en una villa, y un posteo furioso sobre la inteligencia artificial que va a dejar a todos sin laburo. Todo en el mismo minuto. Todo urgente. Todo pide una reacción.

Lo curioso es que la tecnología prometía liberarnos del ruido. En los años noventa, cuando el Estado se retiraba y dejaba que el mercado decidiera, se vendía la idea de que la conexión digital iba a traer claridad. Algo de eso hubo, al principio. Pero ahora, cada pantalla es una máquina de producir demanda de atención. La atención es el bien más escaso y el más explotado. Los medios lo saben, los políticos también, y las empresas de tecnología lo miden en segundos de retención.

El mérito como consuelo

Frente a tanta presión, aparece el discurso del mérito como un refugio. "Si te esfuerzo, llegás". La clase media argentina creyó en eso durante décadas. Estudiar, laburar, comprar una casa, darle un futuro mejor a los hijos. Pero la inflación no premia el esfuerzo. La deuda no reconoce la dedicación. Y la polarización política convierte cualquier logro individual en una cuestión de bando. Si te va bien, te acusan de vendido. Si te va mal, de fracasado.

Uno ve a los pibes de veinte años, criados entre pantallas y crisis. Saben de inteligencia artificial más que muchos adultos, pero no saben si van a poder alquilar un departamento. La educación formal, que antes era un pasaporte, ahora parece un trámite cada vez más caro y menos redituable. Las universidades públicas están desbordadas, las privadas cobran fortunas, y el mercado laboral no da respuestas claras. Entonces, el mérito se vuelve una farsa. No porque no exista, sino porque no alcanza.

Y en ese vacío, las redes sociales ofrecen una identidad barata. Uno puede ser lo que quiera en el perfil. Puede definirse como "anti todo" o "pro algo". Pero esa identidad digital se paga con algo real: la soledad de estar siempre conectado y nunca del todo acompañado. La familia se reúne alrededor de la mesa y cada uno mira su teléfono. Se habla de la inflación, de la inseguridad, de la política, pero las miradas están fijas en la pantalla. La conversación se vuelve un loop de noticias que nadie procesa.

La verdad como relato

En los medios, la verdad hace rato que dejó de ser un hecho para convertirse en un relato. Cada canal, cada diario, cada influencer, cuenta su versión de la realidad. Y la clase media, que antes confiaba en el periodismo como referencia, ahora tiene que armar el rompecabezas sola. El resultado es una fatiga de la verdad: ya no se sabe a quién creerle. Entonces, uno agarra lo que le da más seguridad, lo que confirma lo que ya piensa. La polarización no nace de la convicción, sino del agotamiento de tener que dudar todo el tiempo.

El consumo, mientras tanto, sigue siendo el ansiolítico nacional. Comprar algo, aunque sea chico, da una sensación de control. Pero la deuda, esa compañera silenciosa, convierte el alivio en una trampa. La cuota fija es un espejismo. El interés se come el sueldo del mes siguiente. Y la clase media, que vive al día, empieza a preguntarse si la dignidad se puede pagar en cuotas.

En el medio, hay gente que elige callarse. No porque no tenga opinión, sino porque la violencia de la discusión online le sacó las ganas. El silencio se vuelve un lujo. Pero también una forma de resistencia. No opinar es, en este contexto, un acto político. La soledad de los que no hablan es inmensa, pero al menos no tienen que rendir cuentas cada dos minutos.

La memoria que se borra

La clase media argentina también carga con la memoria. Sabe lo que fue el Rodrigazo, la hiperinflación del 89, el 2001. Pero la velocidad de la información hace que esos recuerdos se diluyan. Cada crisis es la peor de todas, cada gobierno el más corrupto, cada momento el más difícil. La memoria se vuelve un archivo que nadie consulta. Y entonces se repiten los errores, las promesas, los fracasos.

En ese contexto, la inteligencia artificial llega como una promesa de orden. Pero también como una amenaza. Los algoritmos no tienen memoria, no tienen historia. Aprenden de lo que consumimos, pero no entienden el contexto. Y la clase media, que ya no sabe si confiar en los políticos, en los periodistas o en su propio bolsillo, empieza a preguntarse si vale la pena seguir prestando atención.

La respuesta, probablemente, sea que no queda otra. Porque la atención es lo único que uno puede elegir. En un país donde la inflación decide el valor del dinero y la polarización define el valor de las palabras, la capacidad de elegir a qué prestarle atención es el último territorio de la libertad. Un territorio pequeño, frágil, pero todavía propio.

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