Artículo y ensayo

La fatiga de la clase media

Entre la inflación que no cede y el ruido constante de las redes, la clase media argentina enfrenta un cansancio que no se mide solo en pesos.

La fatiga de la clase media

La fatiga de la clase media

La clase media argentina tiene un problema: ya no sabe exactamente qué es. Antes se definía por lo que tenía, un auto, una casa, la posibilidad de mandar a los hijos a una escuela privada o pagar un viaje en diciembre. Hoy todo eso se desdibuja entre la inflación que corre más rápido que el sueldo y una sensación de que el piso se mueve. Pero no es solo la plata. Es otra cosa, más difícil de nombrar.

Uno escucha conversaciones en la fila del supermercado, en el consultorio del médico, en la salida del colegio. La gente habla de precios, sí, pero también habla de un malestar que no encuentra lugar. Es la sensación de que el esfuerzo individual ya no alcanza, de que el mérito no se premia, de que el sistema está armado para que siempre pierdas. Y entonces aparece la pregunta: ¿para qué sirve laburar si igual no llegás?

El ruido que no para

Las redes sociales no ayudan. Al contrario, amplifican todo. Cada mañana arranca con un escándalo nuevo, una declaración política que enoja, un video de un pibe que se hizo millonario con cripto, una cadena de indignación que recorre los grupos de WhatsApp. La información circula sin filtro y la verdad se vuelve un bien escaso, una moneda que todos quieren controlar. La polarización política, que antes era una disputa de dirigentes, ahora se mete en la mesa familiar, en el asado del domingo, en el grupo de amigos del colegio. Cuesta encontrar un tema neutro. Todo es territorio minado.

Y en el medio, la tecnología avanza. La inteligencia artificial promete resolver trámites, escribir textos, diagnosticar enfermedades. Pero también genera un miedo sordo: ¿qué va a pasar con el laburo de mi hijo? ¿Con el mío? La pregunta incómoda circula en silencio, porque nadie quiere parecer un dinosaurio.

La memoria que pesa

Argentina es un país que acumula crisis como otros acumulan fotos viejas. Cada década deja una cicatriz. La del 2001 sigue abierta para muchos. La de ahora tiene otro color, menos estruendoso pero más persistente. La inflación no es solo un índice económico: es una forma de vida. Aprender a vivir con la incertidumbre de que lo que vale hoy mañana vale menos, de que el dinero es un papel que se deshace en la mano. Y sin embargo, la clase media se aferra al consumo como si ahí hubiera una respuesta. El último iPhone, la zapatilla de marca, el viaje a Brasil. Un espejismo de normalidad que se paga en cuotas.

Pero la deuda no es solo financiera. Hay una deuda moral, cultural, que el Estado no termina de saldar. La educación pública, que alguna vez fue un orgullo nacional, hoy está en discusión permanente. Los maestros que no llegan a fin de mes, los pibes que terminan la secundaria sin saber leer bien. Y sin embargo, la escuela sigue siendo el lugar donde muchos encuentran un refugio, un plato de comida, una chance.

La soledad de no creer

Hay algo que se rompió en el vínculo con el otro. La confianza se desgastó. Uno mira al vecino con sospecha, al político con bronca, al periodista con desconfianza. Los medios, que alguna vez marcaban agenda, hoy son un actor más en la batalla por el relato. Cada uno elige su verdad como elige un canal de streaming. Y entonces la soledad se profundiza, no porque la gente esté sola, sino porque cuesta encontrar un terreno común. La grieta no es solo política: es una fractura en la manera de entender el mundo.

La juventud, mientras tanto, navega en otra frecuencia. Nacieron con el teléfono en la mano, con la inteligencia artificial como compañera de estudio, con la crisis como paisaje. No conocen la estabilidad de los años 90 ni el optimismo de la primavera democrática. Su identidad se construye entre memes, tutoriales de YouTube y la presión de ser exitosos antes de los 30. El mérito, para ellos, es una palabra ambigua. Porque saben que no alcanza con esforzarse.

Lo que queda

En medio de todo esto, la clase media argentina sigue. No se rinde del todo. Porque hay algo terco en la costumbre de levantarse temprano, de hacer la cola, de pagar el impuesto, de mandar un mensaje para saber cómo está el otro. La dignidad no se mide en pesos, aunque los pesos ayuden. Se mide en esos gestos chicos, cotidianos, que no salen en los titulares. Un abrazo, un favor, un mate compartido.

La crisis no termina, pero la vida sigue. Y en esa contradicción, quizás, está la única verdad que vale la pena sostener.

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