La grieta que se cuela en el living
La grieta no está en el Congreso ni en los programas de televisión. La grieta está en el living de la casa de la familia García, en un barrio de la clase media que ya no sabe bien cómo llamarse. Está en el grupo de WhatsApp donde la tía Marta manda un video de un candidato y el primo Sebastián responde con un link que dice exactamente lo contrario. Nadie se insulta, pero nadie se calla. Al final, alguien escribe "bueno, dejemos" y el silencio cae como un baldazo de agua fría.
La polarización no es un invento de los medios. Es una forma de organizar el mundo cuando el mundo no tiene sentido. Y en Argentina, el mundo perdió el sentido hace rato. La inflación se llevó los precios, la deuda se llevó el futuro, la inseguridad se llevó la confianza. Lo que queda es una clase media que se aferra a las certezas que puede: la del candidato que promete orden, la del relato que explica todo, la de la verdad que no admite matices.
Pero el matiz es lo único que queda cuando el pan sube y el sueldo no. La clase media argentina aprendió a vivir en la contradicción. Gana en pesos y piensa en dólares. Critica al Estado pero necesita sus hospitales. Defiende el mérito pero sabe que no alcanza. Y en esa grieta cotidiana, la moral se vuelve un lujo que pocos pueden pagar.
En las redes sociales, la cosa es peor. Allá cada uno es su propio conductor de programa político. Todos tienen un dato, un análisis, una predicción. La inteligencia artificial no ayuda: los algoritmos empujan a cada usuario hacia su propia burbuja, donde todo confirma lo que ya se cree. Y en el medio, la soledad. Porque discutir con un desconocido en Twitter no es lo mismo que mirar a los ojos a un amigo de toda la vida y saber que ya no piensan igual.
La juventud, por su parte, ya no pide permiso para elegir su bando. Los pibes crecieron con la grieta como paisaje. Para ellos, la política no es una discusión de adultos, es un campo de batalla donde se define la identidad. El que no milita en redes no existe. El que no comparte el link correcto queda afuera. Y el mérito, ese viejo valor de la clase media, se mide ahora en likes y en retuits.
Pero no todo es ruido. Hay familias que aprendieron a convivir con la diferencia. Que ponen la comida en la mesa y hablan del clima. Que evitan el tema para no romper el equilibrio frágil de un domingo. Porque la verdad, esa que tanto se invoca, a veces es demasiado grande para caber en una mesa chica.
La memoria también juega su partida. Los que vivieron la dictadura, el 2001, el corralito, saben que los relatos cambian con el tiempo. Los jóvenes, en cambio, construyen su propia memoria con fragmentos de TikTok y capturas de pantalla. No es mejor ni peor, es otra forma de entender lo que pasó. Y en esa diferencia, la grieta se ensancha.
La manipulación no viene de arriba, viene de todos lados. Del político que promete soluciones mágicas, del medio que elige un ángulo, del amigo que comparte una noticia sin leerla. La clase media argentina, que se enorgullecía de ser crítica, ahora consume información como quien compra en el supermercado: rápido, sin pensar, llevando lo que encuentra.
Y sin embargo, hay algo que resiste. En el barrio, en la fila del banco, en la charla con el verdulero. Ahí la grieta se vuelve más difusa. Ahí el que votó distinto te presta el paraguas. Ahí la política deja de ser un relato épico y se convierte en lo que siempre fue: una forma de arreglar los problemas comunes. El problema es que los problemas son tantos que ya no hay relato que los cubra.
La clase media argentina está cansada. No de la política, sino de la falta de política. De que todo se convierta en una discusión sobre quién tiene la razón, en lugar de pensar en cómo se paga el alquiler. La inflación no es un tema de izquierda o derecha, es un número que duele en el bolsillo. La educación no es un eslogan, es un aula sin calefacción. La inseguridad no es un discurso, es la esquina que ya no se cruza de noche.
La grieta que se cuela en el living es la misma que atraviesa el país. Pero en la casa de la familia García, al final del día, alguien apaga la tele y pone la pava para el mate. No hay solución, pero hay un gesto. No hay acuerdo, pero hay silencio compartido. Y en una Argentina donde todo es ruido, el silencio tal vez sea lo más político que queda.
