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La calesita del barrio que gira para el que ya no sube

En muchos barrios quedan calesitas que sostienen más memoria que clientes. La pregunta no es si cierran, sino quién paga el turno de algo que ya casi nadie usa.

Artículo del autor22.10.2026

La calesita del barrio que gira para el que ya no sube

Hay una calesita en un barrio del conurbano que abre los sábados a la tarde aunque casi nadie suba. El hombre que la atiende la enciende igual, con la música baja, y se sienta en un banquito a mirar cómo giran los caballitos vacíos. No es una escena triste. Es una escena rara, de esas que uno ve al pasar y no termina de entender hasta que se queda un rato.

La calesita no es un negocio redondo. Tiene un motor que consume, una boleta de luz que llega todos los meses y una manutención que nadie subsidia. El hombre la sostiene con lo que gana de otras cosas. La abre porque abrirla es una forma de no dejarla morir del todo, aunque en el fondo sepa que la está cuidando como se cuida una foto.

Uno podría pensar que esto es nostalgia de barrio, de esas que se cuentan con un café de por medio. Pero hay algo más incómodo. La calesita es una de las pocas cosas que todavía funcionan con una lógica que no es la del consumo rápido. No tiene app, no tiene algoritmo, no tiene reseña. Tiene un precio bajo, un turno de tres minutos y una regla no escrita: si hay un chico esperando, se hace girar aunque no haya nadie más.

El turno que ya no se paga con monedas

Ese sistema se sostuvo durante décadas con monedas y con una idea de lo común que hoy cuesta explicar. La calesita era parte de la infraestructura invisible del barrio, como la plaza, la salita o la escuela. No era caridad ni empresa: era un servicio que alguien prestaba y que la comunidad daba por sentado.

Hoy esa idea se desarma por varios lados a la vez. Por un lado, el costo real de mantener un aparato mecánico subió como subió todo, y la moneda dejó de servir para medir nada. Por otro, los chicos tienen otras formas de entretenerse, más baratas en apariencia, más caras en atención. Y por otro, los adultos que podrían pagar el turno tienen sus propias cuentas: la calesita compite con el delivery, con la cuota del club, con la recarga de la SUBE.

Lo que queda a la vista no es solo una crisis de consumo. Es una pregunta sobre qué cosas estamos dispuestos a sostener aunque no rindan. La calesita no rinde. No genera ganancia, no escala, no se puede exportar. Solo gira.

Imaginemos una situación hipotética: un municipio decide que la calesita es patrimonio cultural y le asigna una partida mínima para que siga abierta. La decisión duraría lo que dure la partida, y al año siguiente habría que volver a discutirla. La calesita quedaría atada a un trámite, a un expediente, a una firma. Y en el mientras tanto, el hombre del banquito seguiría abriendo los sábados, porque abrir no depende de la partida.

Lo que gira cuando ya nadie gira

Hay una escena que se repite en muchas calesitas del país: el padre que lleva al hijo por primera vez y descubre que él también quiere subir. El padre se sienta en un caballito, con las rodillas dobladas, y gira. Los dos se ríen. La calesita, por un momento, recupera su función original: no entretener a un chico, sino juntar a dos generaciones en el mismo movimiento.

Eso no se mide en la facturación. Se mide en otra cosa, más difícil de explicar en una planilla. La calesita es uno de los últimos lugares donde el tiempo se organiza en turnos de tres minutos y no en notificaciones. Donde el que espera mira al que gira. Donde el que gira no está mirando una pantalla.

El problema es que esa experiencia no tiene precio de mercado. Y lo que no tiene precio de mercado, en la Argentina de hoy, tiende a desaparecer o a quedar a cargo de alguien que lo sostiene por fuera de la cuenta. Como el hombre del banquito.

Hay algo de la calesita que se parece a otras instituciones que estamos dejando de sostener: la biblioteca popular, el club de barrio, la sociedad de fomento, la escuela pública de jornada completa. No son negocios. Son lugares donde se aprende a estar con otros. Y sostenerlos requiere una decisión que no pasa por el mérito individual ni por el esfuerzo personal, sino por una idea de lo común que hoy está en discusión.

La calesita no va a resolver la crisis. No va a generar empleo, no va a atraer inversiones, no va a aparecer en un plan de desarrollo. Pero mientras gira vacía un sábado a la tarde, dice algo sobre lo que todavía estamos dispuestos a pagar sin esperar retorno. Y esa pregunta, más que la calesita, es la que está en juego.

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