La clase media y el arte de navegar sin brújula
Hay un momento en el día, generalmente entre el café de la mañana y la primera notificación del celular, en que la clase media argentina se pregunta cómo llegó hasta acá. No es una pregunta filosófica, sino práctica. Se formula en el supermercado, frente a la góndola de lácteos, cuando la mano duda entre el queso de máquina y el untable. O en la pantalla del home banking, donde los números bailan una danza que nadie entiende del todo. La inflación ya no es un dato económico, es un estado de ánimo, una forma de respirar.
La brújula se rompió hace rato. Las viejas certezas, ese mapa que indicaba que el estudio llevaba al trabajo estable, el trabajo a la casa propia, la casa a la familia, la familia a una vejez tranquila, hoy parece un papel mojado. Lo que queda es una navegación a ojo, con instrumentos rotos. El mérito, esa palabra que sonaba a madera noble, ahora suena a chapa de duraluminio golpeada por la lluvia. Se estudia, se trabaja, se hace malabares con tres empleos, y sin embargo el horizonte se aleja. No es que no haya esfuerzo. Es que el esfuerzo ya no garantiza nada.
El relato en pedazos
Los medios tradicionales hablan, pero su voz llega amortiguada, como a través de un vidrio grueso. En la mesa familiar, el noticiero compite con el TikTok de los hijos, con el reel de un influencer que explica la economía mejor que el ministro, con el grupo de WhatsApp del barrio que alerta sobre otro asalto. Cada pantalla ofrece su verdad, su versión de la realidad. Ya no hay un relato único, sino decenas, cientos, todos peleando por unos segundos de atención. La polarización no es solo política, es cognitiva. Se vive en universos paralelos que se tocan en la cola del banco, donde uno escucha versiones de un mismo país que parecen describir planetas distintos.
El Estado, esa entidad abstracta que alguna vez prometió contención, hoy es percibido como un actor lejano, a veces hostil. Un laberinto de trámites, una factura de impuestos que llega puntual como un reloj suizo, una promesa de obra pública que se anuncia y se desdice en el mismo ciclo de noticias. La confianza se erosionó como la vereda de un barrio que el municipio olvidó. La gente se arregla sola, o trata de hacerlo, con una mezcla de ingenio y cansancio que define el carácter nacional.
La familia, el puerto inestable
En este mar revuelto, la familia intenta ser puerto. Pero hasta ese refugio está bajo presión. Los jóvenes miran el futuro con un escepticismo que duele. Hablan de irse, no como una aventura, sino como una retirada táctica. La educación que recibieron, en colegios a los que sus padres se deslomaron para pagar, no les garantiza un lugar en el mundo. Ven a sus padres agotados, corriendo detrás de la deuda de la tarjeta, hablando de dólares como si fueran fichas de un casino, y se preguntan si ese es el juego que quieren jugar.
La tecnología, en teoría una herramienta de liberación, se convirtió en otra fuente de ansiedad. La inteligencia artificial amenaza empleos que ni siquiera llegaron a existir. Las redes sociales muestran vidas perfectas que contrastan con la propia, y al mismo tiempo son el espacio donde se libran las batallas políticas, donde se gana o se pierde la dignidad en un comentario. La soledad no es solo física. Es posible estar hiperconectado y sentir un vacío profundo, una desconexión de algo que antes se llamaba comunidad.
El consumo ya no es un placer, es un campo minado. Cada compra es una decisión moral (¿compro nacional o importado?), económica (¿puedo esperar a la oferta?) y emocional (¿me lo merezco después de esta semana?). La dignidad se mide en gestos pequeños: pagar el colegio de los hijos aun comiendo arroz, mantener el auto lavado aunque tenga diez años, no pedir descuento en la verdulería del barrio aunque el tomate esté por las nubes.
Memoria y olvido
La memoria es un bien curioso. Se guarda todo en la nube, cada foto, cada mensaje, pero se olvida rápido. Se olvida cómo era vivir sin miedo a la inseguridad, cómo era planificar un viaje a un año vista, cómo era creer que la política podía mejorar las cosas. La manipulación ya no necesita ser burda. Basta con el algoritmo que te muestra lo que quiere que veas, con la noticia que confirma tu prejuicio, con el miedo que se vende mejor que la esperanza.
La identidad argentina, ese orgullo complicado y hermoso, se reformula en este contexto. Ya no es solo el tango y el fútbol. Es la capacidad de reírse de la propia desgracia, de inventar un trabajo donde no lo hay, de discutir de política con pasión y después compartir el mate. Es el cansancio y la resistencia. Es saber que, a pesar de todo, se sigue navegando. Sin brújula, sí. Pero navegando al fin. Con la mirada en un horizonte que a veces se nubla, pero que nunca termina de desaparecer. Porque apagar la luz y rendirse sería, quizás, la única derrota inadmisible.
Al final del día, cuando las pantallas se apagan y la casa queda en silencio, la pregunta sigue ahí. No tiene respuesta clara. Pero el hecho de seguir haciéndola, de no aceptar el mapa falseado que le quieren vender, de buscar un rumbo propio en medio del ruido, eso quizás sea la verdadera brújula. Frágil, humana, imperfecta. Como el país mismo.
