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La clase media y el relato que ya no cierra en la mesa familiar

En las conversaciones de los domingos, entre el olor a comida y las pantallas encendidas, se desarma el consenso que durante décadas sostuvo a las familias argentinas. La política, el trabajo y la educación ya no explican el mundo que viene.

Artículo del autor05.04.2026

La clase media y el relato que ya no cierra en la mesa familiar

El domingo a la tarde, en la casa de los viejos, la mesa es un campo de batalla donde nadie levanta la voz. Se habla de la carne que subió, del colegio de los chicos, de la inseguridad en el barrio. Se habla de todo, menos de lo que realmente importa. Porque lo que importa es la sensación de que el relato, ese que unía a padres e hijos en una misma idea de país, se deshizo como un papel mojado. La clase media argentina ya no discute proyectos, discute versiones de una realidad que se le escapa de las manos.

El trabajo que ya no es un territorio común

El padre, que trabajó treinta años en la misma empresa, mira al hijo que cambia de laburo cada dos años, a veces desde la computadora de su cuarto. No hay bronca, hay incomprensión. El mérito, para uno, era llegar a fin de mes con la casa propia y el auto. Para el otro, es sobrevivir a la inflación sin perder la dignidad. El trabajo dejó de ser un ascensor social para convertirse en una cuerda floja. Y en esa cuerda, cada generación camina con un equilibrio distinto. El Estado, ese que para el padre era un empleador o un garante, para el hijo es un fantasma que solo aparece para cobrar impuestos o dar una noticia mala en la tele.

Las pantallas y la verdad a pedazos

Mientras la abuela sirve el postre, los celulares vibran en los bolsillos. Cada notificación trae un fragmento de verdad. Un tío comparte un video sobre la deuda, una prima discute en Twitter sobre política, el sobrino más chico mira un reel que explica la inteligencia artificial mejor que cualquier manual de la escuela. La educación formal quedó atrás, en un mundo de cuadernos y horarios fijos. Ahora el conocimiento llega en dosis, filtrado por algoritmos que nadie controla. La manipulación ya no viene solo de un diario o un canal, viene empaquetada en la diversión, en el consumo, en la sensación de comunidad que ofrecen las redes sociales. La polarización no es solo política, es doméstica. Se instala en el grupo de WhatsApp familiar y divide con líneas invisibles.

La memoria, antes guardada en álbumes de fotos y anécdotas repetidas, ahora se almacena en la nube. Y se edita. Se eligen los recuerdos que se comparten, se curan las identidades como un perfil de Instagram. La soledad, esa que se siente en un living lleno de gente mirando pantallas, es el nuevo paisaje. Se habla de crisis económica, que la hay y es feroz, pero por debajo corre una crisis de sentido. Para qué estudiar, para qué ahorrar, para qué esforzarse si las reglas cambian cada mañana.

La política como un ruido de fondo

Los medios amplifican el estruendo, pero en la mesa ya nadie cree en los discursos grandilocuentes. La política se redujo a la gestión de la emergencia. El poder se ve lejano, una entidad abstracta que toma decisiones en oficinas con aire acondicionado mientras la gente hace cola en el banco. El relato oficial choca contra el relato de la vereda, el del kiosquero que no puede reponer stock, el del profesor que da clases en tres colegios y no llega a fin de mes. La juventud mira ese espectáculo con una mezcla de ironía y desapego. No les interesa la grieta, les interesa saber si podrán alquilar un departamento o si su trabajo será reemplazado por una máquina.

La cultura, esa que forjó identidad durante décadas, se fragmentó en nichos. No hay un rock nacional que una a todos, ni un programa de televisión que sea tema de conversación obligado. Hay consumos personales, elegidos por un algoritmo que conoce nuestros deseos mejor que nosotros. La moral se ajusta en el supermercado, cuando hay que elegir entre la marca conocida y la blanca, entre el queso de verdad y el sucedáneo. La dignidad se pone a prueba en cada trámite, en cada mirada condescendiente del que está del otro lado del mostrador.

La inflación no es solo un número, es una sensación física. Es el peso de las bolsas que parece más liviano cada semana, a pesar de que cuestan más. Es la ansiedad de llegar a la caja y que algún producto haya cambiado de precio desde que lo agarraste de la góndola. La deuda ya no es solo con el Fondo Monetario, es con el almacén, con la tarjeta, con el futuro que se pidió prestado y ahora toca pagar.

En medio de todo esto, la familia intenta ser un puerto. Pero es un puerto con el agua baja, donde los barcos ya no pueden atracar como antes. Se habla, sí. Se discute de fútbol, se hacen chistes, se planea una salida. Pero por debajo de la conversación fluye la pregunta que nadie formula: en qué creemos ahora. Qué nos une, además de la sangre y la costumbre de juntarnos los domingos. La identidad argentina, esa que se construyó con orgullo de clase media, con educación pública y ascenso social, hoy se busca en un mapa que no coincide con el territorio. Y en esa búsqueda, en el silencio entre un tema y otro, está la verdadera historia. La de una gente que, a pesar de todo, sigue poniendo la mesa, esperando que, quizás en la próxima charla, las piezas vuelvan a encajar.

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