Artículo y ensayo

La deuda de la clase media

Entre la inflación que desordena los planes y las redes sociales que imponen un relato propio, la clase media argentina enfrenta una crisis que no es solo económica: es también de identidad y de memoria.

La deuda de la clase media

La deuda de la clase media

La clase media argentina siempre tuvo una relación complicada con la deuda. No solo la del Banco Central o la del Fondo Monetario. La deuda propia, la que se contrae con uno mismo cuando se promete que el mes que viene se ahorra, que se sale del rojo, que se cambia el auto. Esa deuda chica, personal, que se acumula como los papeles viejos en un cajón. Hoy esa deuda se volvió existencial.

Uno mira los números de la inflación y piensa que el problema es el precio del tomate o el alquiler. Pero el problema más hondo es otro: la clase media ya no sabe bien quién es. Durante décadas se definió por lo que podía comprar, por el ascensor social que funcionaba, por el hijo que estudiaba en la universidad pública. Esa certeza se rompió. Ahora la pregunta es cómo mantener la dignidad cuando todo lo que sostenía la identidad se desmorona.

El consumo como refugio

La clase media argentina consumió siempre con una especie de furia. No por ostentación, sino por necesidad de pertenencia. Comprar era una forma de decir "todavía estoy acá". El crédito fue durante años el pegamento de esa ilusión. Pero cuando la inflación licúa los sueldos y el crédito se encarece, el consumo se vuelve un espejismo. Se compra menos, pero se compra igual, porque dejar de consumir es dejar de ser.

En las redes sociales esa tensión se vuelve insoportable. Todos muestran la vida que quisieran tener. El viaje, la cena, el arreglo del living. La clase media mira esas imágenes y siente que no alcanza. Que el mérito no basta. Que el trabajo duro no garantiza nada. Y entonces se agarra de cualquier relato que le devuelva un poco de certeza. La política, los medios, los gurúes de la autoayuda digital. Todos venden algo. La clase media compra, aunque sepa que el producto no sirve.

La polarización como refugio

Cuando la realidad se vuelve demasiado compleja, uno busca enemigos. La polarización política en Argentina no es un invento de los políticos: es la respuesta de una clase media que no encuentra explicaciones para su propia caída. Si el que está al lado es el culpable, entonces el problema no es uno. Es más fácil dividir el mundo entre buenos y malos que aceptar que el país entero está en un pozo del que nadie sabe salir.

Esa polarización tiene un costo: la soledad. Porque cuando todo se politiza, hasta la charla con un amigo se vuelve un campo de batalla. La familia se divide, el trabajo se vuelve una trinchera. La clase media se encierra en su propia burbuja y deja de escuchar. Escuchar es un lujo que ya no se puede pagar.

La inteligencia artificial y el ruido

En medio de todo esto aparece la inteligencia artificial. No como una herramienta útil, sino como una promesa de orden. Se dice que la IA va a resolver lo que la política no puede: la productividad, la educación, la seguridad. Pero la clase media argentina sabe que la tecnología nunca fue neutral. La máquina también tiene dueño. Y el dueño no es el que necesita llegar a fin de mes.

La inteligencia artificial se instala en las oficinas, en los colegios, en los medios. Genera textos, imágenes, respuestas. Pero también genera una nueva forma de ansiedad: la de no saber qué es verdad y qué no. La clase media ya tenía problemas con la memoria, con los relatos, con la historia. Ahora tiene que pelear también con un algoritmo que le dice lo que tiene que pensar.

El Estado y la dignidad

En este escenario, el Estado aparece como una figura difusa. Para algunos es el culpable de todo: la inflación, la inseguridad, la falta de trabajo. Para otros es la única red que queda cuando todo lo demás falla. La verdad es que el Estado argentino es un reflejo de la clase media: desordenado, contradictorio, pero necesario. No hay dignidad sin un Estado que garantice lo básico. Pero la clase media ya no sabe si pedirle más o pedirle menos.

La inseguridad, por ejemplo, no se resuelve con más policías ni con menos policías. Se resuelve con una sociedad que vuelva a confiar. Pero la confianza es justo lo que la clase media perdió. Confianza en el vecino, en el político, en el periodista, en el propio país. Sin confianza, cualquier solución es parche.

La clase media argentina está en deuda consigo misma. Se debe una respuesta sobre quién quiere ser. Porque la identidad no se construye solo con consumo, con mérito o con relatos. Se construye con memoria y con proyectos. Y hoy, entre la inflación y el ruido, la clase media parece haber perdido las dos cosas. Pero sigue ahí, pagando cuotas, discutiendo en las cenas, tratando de llegar. Eso también es dignidad. Aunque duela.

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