La dignidad que se mide en billetes que ya no valen lo mismo
El martes pasado, en un almacén de Villa Urquiza, un hombre de unos cincuenta años discutía el precio de un paquete de yerba. No era la discusión habitual, esa que termina con un gesto de resignación y el billete que se entrega con fastidio. Este hombre sostenía el paquete como si pesara más que su contenido, y decía, con una voz que no buscaba alterar a nadie, solo establecer un hecho: "Pero ayer estaba trescientos pesos menos". Detrás del mostrador, el almacenero movió la cabeza. "Yo sé, don Roberto. Yo también lo vi". Hubo un silencio incómodo, cargado de una comprensión mutua que resultaba más amarga que el enojo. Finalmente, el hombre pagó. Pero al guardar el vuelto, su gesto era el de quien acaba de traicionar algo, aunque no supiera exactamente qué.
Ese gesto, esa pequeña rendición cotidiana, es el verdadero termómetro de la crisis. No está en los gráficos del dólar ni en los discursos de los estudios de televisión. Está en el momento en que una persona negocia consigo misma qué parte de su dignidad queda intacta después de ajustar el presupuesto. La inflación ya no es solo un número. Es una fuerza que remodela la moral, que redefine lo aceptable. Lo que ayer era un abuso, hoy es una mala noticia que se asimila con un suspiro antes de pagar.
El mérito en la era del descuento
La promesa del esfuerzo personal, ese pilar de la identidad de clase media, se resquebraja en las oficinas que se vacían y en los trabajos que se pagan en moneda devaluada. Los hijos de aquellos que creyeron que el estudio era un ascensor social ahora miran sus títulos universitarios con la misma perplejidad con que sus padres miran los precios en la góndola. El mérito, esa palabra que sonaba a verdad eterna, hoy suena a algo abstracto, como un billete de un país que ya no existe.
En una casa de Flores, una ingeniera de treinta años explica por videollamada a su equipo disperso por el mundo cómo optimizar un proceso. Cobra en dólares, pero vive en pesos. Su realidad es un espejismo de prosperidad dentro de un país que se achica. Sus vecinos la miran con una mezcla de admiración y resentimiento, como si su suerte fuera un comentario sobre el fracaso de los demás. La polarización no es solo política. Es íntima, de vereda a vereda, de piso a piso. El que "pudo" se convierte, sin quererlo, en la prueba de que el sistema todavía funciona para algunos, y esa constatación duele más que la pobreza ajena.
Las redes sociales y la soledad con conexión full
Mientras tanto, en las pantallas, la vida sigue siendo una performance. Las redes sociales, ese territorio donde se exhibe una identidad cuidadosamente editada, funcionan como el antídoto contra la erosión diaria. Se publica el café en una nueva cafetería, el libro "recomendado", la sonrisa en una reunión familiar. Es la construcción de un relato personal a contramano del relato colectivo del desastre. Pero es un trabajo agotador. La desconexión entre lo que se vive y lo que se muestra abre una grieta de soledad que ni la conexión permanente puede llenar.
Los jóvenes, nativos de este mundo dual, manejan el código con naturalidad. Saben que la verdad es múltiple y que la manipulación no es solo cosa de los medios tradicionales, sino del algoritmo que decide qué merece ser visto. Su memoria, a diferencia de la de sus padres, no está hecha de hitos históricos grandilocuentes, sino de fragmentos, de memes, de canciones de TikTok que son la banda sonora de una ansiedad generacional. Hablan de "trabajar en su marca personal" con la misma seriedad con que sus abuelos hablaban de conseguir empleo en el Estado. El Estado, para ellos, es una entidad lejana que a veces cobra impuestos y a veces no aparece cuando hay que pedirle algo.
La familia como último refugio inestable
En este panorama, la familia vuelve a ser el bunker, pero es un bunker con goteras. Las conversaciones en la mesa ya no giran alrededor de proyectos, sino de tácticas de supervivencia. Qué colegio se puede sostener, qué tratamiento médico se posterga, qué viaje se convierte en una fantasía de otro tiempo. La cultura del consumo, que antes definía aspiraciones, ahora define renuncias. La dignidad se ancla en pequeños rituales que se defienden a toda costa: el asado del domingo, aunque sea con un corte más barato, el regalo de cumpleaños, aunque sea simbólico.
La inseguridad, ese miedo constante, ya no es solo al malandra en la esquina. Es a la caída social, a que el próximo ajuste sea el definitivo, a que los números en la pantalla del home banking dejen de cerrar. Es una inseguridad económica que se traduce en angustia vital. Y en medio de este ruido, la política parece un espectáculo que ocurre en otro planeta, con personajes que hablan un idioma de consignas que no traducen la experiencia concreta de pagar la luz o llenar el tanque.
La inteligencia artificial, la gran promesa del futuro, llega aquí como una curiosidad lejana, una herramienta más en un mundo donde las herramientas sobran pero las soluciones escasean. ¿De qué sirve un chatbot que escribe como un humano si el problema es que el salario humano no alcanza? La tecnología, en este contexto, a veces parece un lujo, otras, una distracción necesaria.
Al final del día, después de apagar las noticias y silenciar los grupos de WhatsApp llenos de catástrofes, queda el silencio de la propia casa. Y en ese silencio, la pregunta que no se formula en voz alta: ¿quién carajo soy en medio de todo esto? La identidad, esa construcción que llevó décadas, se siente tan frágil como el poder adquisitivo. Se redefine en cada elección forzada, en cada principio que se flexibiliza para llegar a fin de mes. La verdad ya no es algo que se busca en los diarios. Es algo que se constata en el ticket de la compra, en la cara del hijo cuando se le dice que no, en el espejo al afeitarse cada mañana. Una verdad austera, concreta, y terriblemente pesada, como un paquete de yerba que cuesta lo que no debería costar.
