La dignidad que se mide en el supermercado y se discute en el celular
El martes, en un supermercado de barrio en Flores, un hombre de unos cincuenta años dejó un paquete de queso sobre la cinta. Lo miró, miró el precio que apareció en la pantalla, y lo volvió a dejar. No dijo nada. Solo hizo un gesto con la mano, como apartando algo. La cajera asintió, casi sin levantar la vista. Esa escena, mínima, sin drama, es la que define el estado de las cosas mejor que cualquier índice. La inflación no es solo un número, es una negociación constante con uno mismo, un ajuste silencioso de la expectativa. La dignidad, esa palabra grande que usan los políticos en los discursos, se mide en gramos de fiambre y en la capacidad de seguir mirando a los ojos al que te atiende.
El relato en la palma de la mano
Mientras la mano dejaba el queso, la otra probablemente sostenía un celular. Ahí, en esa pantalla, es donde ahora se libra la batalla por el sentido. Los medios tradicionales gritan desde la televisión, pero la conversación real, la que duele y confunde, pasa por grupos de WhatsApp, por historias de Instagram, por hilos de Twitter llenos de indignación y memes. La política ya no se explica en los diarios, se fragmenta en pedazos de video, en audios que se viralizan, en versiones que se construyen a la medida de cada algoritmo. La verdad se volvió un producto en oferta, y cada uno elige la que menos le raspa la herida del bolsillo, o la que mejor calza con su cansancio.
La familia, ese refugio que imaginábamos, es ahora el primer campo de batalla de la polarización. En la misma mesa, el hijo habla de meritocracia mientras sube un reel, el padre escucha un análisis económico en YouTube y la madre comparte en un grupo de amigas una noticia sobre inseguridad. Comparten el pan, pero no el relato. La soledad no es solo física, es ideológica. Y en medio de eso, se discute cómo pagar la escuela, si arreglar el auto o si conviene cambiar de trabajo otra vez, aunque el trabajo ya no sea un lugar, sino una serie de pantallas y entregables.
El Estado, un fantasma en la app
El Estado, esa entidad abstracta de la que hablaban los manuales, se siente hoy como una burocracia lenta que choca contra la velocidad de las necesidades. Se lo reclama por la educación que se desarma, por la calle que no es segura, por la moneda que se evapora. Pero también se lo esquiva, con la astucia del que aprende a navegar en la informalidad para sobrevivir. Hay una desconfianza visceral, un convencimiento de que el poder, en cualquiera de sus formas, opera para sí mismo. La deuda ya no es solo con el Fondo Monetario, es una sensación de deberle algo al futuro, a los hijos, a la propia juventud que se imaginó un camino más claro.
Y en este paisaje, aparece la inteligencia artificial no como un tema de ciencia ficción, sino como otra capa de incertidumbre. Los pibes usan chatbots para hacer la tarea, los adultos se preguntan si su trabajo lo hará mejor un algoritmo, y todos sentimos que la memoria, nuestra memoria colectiva, se está delegando a una nube que alguien más controla. La cultura del consumo se adapta: antes se aspiraba a un auto, ahora se aspira a no perder el poder adquisitivo la semana que viene. El mérito, esa idea fuerza de la clase media, suena a chiste cuando el esfuerzo se mide en horas extras que no alcanzan para cubrir la suba de la tarifa de la luz.
Lo que queda en la mesa
Al final del día, después de la negociación en el supermercado y del bombardeo de las redes, queda la conversación en la cocina. Ahí, sin cámaras, sin algoritmos, se habla de cosas concretas. Del arreglo que hay que hacerle al balcón, de la prima que se fue a España, de si vale la pena seguir pagando un club. En esas charlas, la identidad argentina, tan discutida, se reformula. No está en el himno ni en el discurso patriótico, está en la capacidad de hacer un chiste negro sobre la crisis, en la solidaridad de prestar una herramienta al vecino, en la terquedad de seguir creyendo, a pesar de toda la evidencia, que la próxima podrá ser diferente.
La manipulación es masiva, pero la resistencia es casera, minúscula. Está en decidir no hablar de política un domingo para no arruinar el asado. En apagar el celular para mirar una película todos juntos. En comprar, aunque sea una vez al mes, ese queso que el martes se dejó en la cinta. No por un acto de rebeldía grandilocuente, sino por la necesidad terca de recordar que la vida, más allá de los números y los relatos, también se trata de esos pequeños placeres que nos hacen sentir humanos, y no solo consumidores o deudores. La dignidad, al final, es eso que queda cuando apagás la pantalla y te mirás a la cara en el silencio de tu propia casa. Y decidís, contra todo, que mañana vas a intentarlo de nuevo.
