Artículo y ensayo

La educación que se convirtió en un rumor entre la deuda y el algoritmo

En las aulas donde el pizarrón compite con la pantalla, la promesa de un futuro mejor se desdibuja entre la inflación y la incertidumbre. La clase media argentina mira cómo el único capital que le quedaba, el conocimiento, pierde valor en tiempo real.

La educación que se convirtió en un rumor entre la deuda y el algoritmo

La educación que se convirtió en un rumor entre la deuda y el algoritmo

El profesor de historia, un tipo que lleva el mismo saco desde hace tres inviernos, escribe una fecha en el pizarrón. 1816. Afuera, en el pasillo, suena el timbre de un celular con un tono de reggaetón. Adentro, la mitad de los chicos tiene la mirada clavada en la palma de la mano, donde brilla un mundo paralelo. No es desinterés, o no solo. Es la competencia más desigual del siglo: la Declaración de la Independencia contra un algoritmo diseñado en California para capturar cada milésima de segundo de atención humana. La batalla está perdida antes de empezar.

En la sala de profesores, el termo de mate pasa de mano en mano. La conversación ya no es sobre planes de estudio, sino sobre cómo llegar a fin de mes. Una maestra de lengua calcula en voz baja cuántas horas de particular necesita dar para pagar la cuota del colegio de su hijo. La educación, ese viejo ascensor social de la clase media argentina, chirría y se atasca. El mérito, esa palabra que sonaba a madera noble, ahora suena a chiste de mal gusto. ¿Mérito para qué, si el título universitario no garantiza ni un alquiler?

El relato que ya no convence

Hubo un tiempo en que la política entraba en las aulas con discursos grandilocuentes. Había un relato, una épica. Ahora entra por la puerta de atrás, con el rumor de un ajuste, con la noticia de un recorte, con la cara de angustia de un padre que no puede pagar los libros. Los chicos no son tontos. Ven la grieta entre lo que se enseña y lo que se vive. Aprenden sobre ciudadanía y derechos mientras sus familias negocian la deuda con el banco. Estudian la Constitución en un país donde la ley parece un objeto decorativo, algo que se saca para la foto y se guarda después.

La manipulación ya no viene solo de un discurso político. Es más sofisticada. Llega por las redes sociales, disfrazada de verdad absoluta, de comunidad, de pertenencia. Un adolescente puede debatir con vehemencia sobre un tema que conoce solo a través de tres videos de TikTok. La verdad se volvió líquida, se adapta al recipiente del algoritmo que la contiene. Y en medio de ese diluvio de información, la escuela intenta enseñar a pensar, un oficio lento y poco rentable en la economía de la indignación inmediata.

La familia como trinchera

En la mesa familiar, la educación es un tema espinoso. Los padres repiten, como un mantra desgastado, la frase que escucharon de los suyos: "Estudiá, que eso nadie te lo saca". Pero en sus ojos hay una duda nueva. ¿Y si te lo sacan? ¿Si el título se devalúa más rápido que el peso? La conversación deriva, inevitablemente, hacia la inseguridad. No solo la del arrebato en la esquina, sino la otra, la más grande: la inseguridad de no saber qué mundo les tocará a esos hijos que se esfuerzan por notas que quizás no valgan nada.

El trabajo del futuro es un fantasma. Los chicos estudian para profesiones que quizás no existan en diez años, mientras la inteligencia artificial aprende a hacer de todo, desde redactar un informe hasta diagnosticar una enfermedad. La promesa de la cultura del esfuerzo se resquebraja contra un presente donde el que más trabaja no es el que más progresa, sino a veces el que más se desgasta. La dignidad, esa sensación íntima de valer por lo que uno hace, se mide ahora en dólares, en likes, en la capacidad de generar contenido.

El Estado, ese actor que alguna vez fue protagonista de la educación pública, hoy parece un espectador distraído, o un administrador de la crisis. Las escuelas se arreglan con lo que hay, los profesores son heroes anónimos que sostienen el techo con pura voluntad. La polarización política llega hasta el patio del colegio, contamina las charlas, divide a las familias. Es difícil hablar de identidad nacional cuando lo único que parece unir es la queja por el precio de la carne.

La memoria en un pendrive

¿Qué queda entonces? Queda la resistencia silenciosa. El profesor que, a pesar de todo, logra conectar la Independencia con la lucha de un pibe por independizarse de la pobreza. La familia que sigue apostando a la educación, aunque no sepa bien a qué está apostando. Una memoria que ya no se guarda en libros, sino en la nube, frágil y etérea. La juventud navega en esa contradicción permanente: hiperconectada y profundamente sola, llena de datos y vacía de certezas.

La crisis argentina es muchas cosas, pero también es una crisis de transmisión. De padres a hijos, de maestros a alumnos, de un país a su futuro. Se rompió el hilo. Y mientras tanto, en las aulas con paredes descascaradas, se intenta remendar ese hilo con lo que hay: un poco de teoría, mucho de realidad, y la esperanza frágil de que alguna de las semillas que se siembran hoy, en este suelo tan árido, logre brotar mañana. No es un cierre grandilocuente. Es, simplemente, lo único que queda por hacer: seguir enseñando, seguir aprendiendo, aunque el mundo afuera grite que es inútil. A veces, los actos más revolucionarios son los más callados.

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