La fatiga de explicarse
En la cola del supermercado, una mujer revisa el celular mientras el precio del aceite sube en la góndola y en la pantalla. Su hijo, unos años menor que ella cuando volvió la democracia, mira un video de un influencer que explica por qué los argentinos no tienen futuro. Ella levanta la vista, mira el total en la caja, y suspira. No es un suspiro teatral. Es el ruido que hace la clase media cuando ya no sabe si lo que siente es bronca, cansancio o las dos cosas juntas.
Vivimos en un país donde explicarse se volvió un trabajo de tiempo completo. Explicar por qué no alcanza la plata. Explicar por qué uno vota lo que vota. Explicar por qué no se fue del país, o por qué se quedó, o por qué se va a ir mañana. Las redes sociales convirtieron la vida en una audiencia permanente. Cada posteo es un alegato. Cada like, una sentencia. Y la clase media, que siempre creyó en el mérito como escalera, descubre que la escalera está llena de gente que sube y baja todo el tiempo sin llegar a ningún lado.
La inflación no es solo un número que mide el Indec. Es un lenguaje. Todo el mundo habla de precios, de dólar, de tasas. Pero nadie habla del cansancio de tener que justificar una compra, un ahorro, un gasto. La deuda privada se instaló en las mesas de los hogares como un pariente incómodo. No se va, no paga, y encima opina. Entre el crédito y la tarjeta, la clase media aprendió a vivir en un presente perpetuo donde el futuro es una cuota que nunca termina de pagarse.
El relato como refugio
La política, que debería ordenar el desorden, se convirtió en otro ruido. Los dirigentes hablan de la grieta, de la casta, del pueblo. Pero la clase media ya no sabe bien qué es el pueblo cuando ella misma no sabe si es parte o víctima. La verdad se ha vuelto un insumo emocional. Cada quien elige su verdad como elige un plan de celular. La manipulación dejó de ser una sospecha para ser un dato de la realidad. Los medios, antes un espejo, ahora son una vidriera donde cada uno busca el reflejo que le gusta.
La juventud, mientras tanto, crece en un mundo donde la soledad no es estar solo sino estar conectado sin que nadie mire. La inteligencia artificial escribe textos, responde mensajes, genera imágenes. Pero nadie le pide que entienda lo que es vivir en un país donde el pasado pesa como una mochila llena de promesas incumplidas. La memoria, antes un deber, hoy es un archivo que se borra con un clic. Y la identidad, esa palabra que todos usan, se parece cada vez más a un perfil de Instagram: curada, editada, vacía.
El mérito como farsa
La educación, que fue el ascensor social de las generaciones anteriores, ya no garantiza nada. Un título universitario no es sinónimo de trabajo digno. El mérito se ha convertido en un discurso que la clase media repite para no caer en la desesperación. Pero la realidad es más terca que cualquier relato. Cada vez que un joven se recibe y descubre que el mercado laboral lo espera con un sueldo que no cubre un alquiler, el discurso del mérito se resquebraja un poco más.
Y sin embargo, la gente sigue. Sigue pagando el colegio privado, sigue haciendo el esfuerzo de mantener las apariencias, sigue creyendo que si se esfuerza un poco más, algo va a cambiar. Esa es la dignidad de la clase media argentina: una mezcla de obstinación y esperanza que no se rinde ni cuando todo parece indicar que lo mejor ya pasó. Pero esa misma dignidad tiene un precio. Y ese precio es la fatiga de explicarse, de justificar, de demostrar que uno merece lo que tiene, aunque tener sea apenas sobrevivir.
La polarización no es ideológica. Es moral. Cada quien elige un bando no por lo que piensa sino por lo que necesita creer para no enloquecer. Y mientras tanto, el país sigue girando. La inflación sigue subiendo. Las redes siguen opinando. Y la clase media, esa clase que siempre fue el centro de la historia argentina, descubre que ya no es el motor de nada. Es apenas un testigo que mira, paga y se calla. O no. Porque a veces, en la cola del supermercado, alguien levanta la vista y suspira. Y ese suspiro, aunque nadie lo escuche, es la única verdad que queda.
