La fatiga de opinar
En la mesa del bar, dos tipos discuten sobre el dólar. Uno dice que el martes sube. El otro, que baja. Ninguno tiene datos, pero ambos hablan con la seguridad del que repite un sermón. Piden otra cerveza. La discusión se vuelve más densa. Ya no es el dólar, es la política. Después, la educación. Después, la inseguridad. Al final, alguno suelta lo de siempre: este país no tiene solución. Se miran. Pagan. Se van.
Lo curioso no es que discutan. Lo curioso es que ambos tienen razón. O ninguno. Da igual. Lo que importa es que hace diez años discutían distinto. Había más certezas, menos ruido. Ahora cada uno lleva su propia encuesta en el bolsillo. Las redes sociales convirtieron a cualquiera en analista. Y la inflación, ese monstruo silencioso, se metió en la discusión como un tercero incómodo.
La clase media argentina aprendió a vivir con la contradicción. Pero no con la duda. Dudar, hoy, es un lujo que nadie se puede permitir. Si dudás, perdés. Perdés el hilo de la conversación. Perdés seguidores. Perdés la chance de que te escuchen. Entonces todos opinan. Opinan sobre el FMI, sobre la inteligencia artificial, sobre la moral de los jóvenes. Opinan sobre la identidad, sobre los medios, sobre el mérito. Opinan sin parar.
Y ahí está el problema: no hay tregua. Antes, uno llegaba a casa, cenaba, miraba la tele y se olvidaba. Ahora la tele está en la palma de la mano. Y la tele opina. Y los amigos opinan. Y los desconocidos opinan. Y uno también opina. Todo el tiempo. El celular vibra a las once de la noche. Es un tuit. Una notificación. Un mensaje. Algo que exige una respuesta. Una postura. Un relato.
El costo de estar siempre listo
La fatiga no es solo económica. Es mental. Es moral. Cada mañana, el despertador suena y ya hay que estar listo. Listo para discutir el último aumento. Listo para explicar por qué tal político es un desastre. Listo para justificar por qué se vota a tal otro. Listo para defender la educación pública o para criticarla. Listo para elegir un bando en la guerra cultural que nunca termina.
Y mientras tanto, la plata no alcanza. El consumo se volvió un acto de fe. Comprar algo a crédito es apostar a que el sueldo va a alcanzar. Y el sueldo, rara vez alcanza. Entonces la deuda crece. Y con la deuda crece la necesidad de tener razón. Porque si uno pidió un préstamo, si eligió este camino, si votó a este o a aquel, no puede estar equivocado. La equivocación duele. Duele en el bolsillo. Duele en la autoestima. Duele en la soledad de la noche, cuando el celular se apaga y solo queda el silencio.
Los jóvenes, dicen algunos, ya no quieren trabajar. No es cierto: quieren trabajar, pero no como se trabajaba antes. Quieren un sentido. Quieren que el esfuerzo tenga recompensa. Pero la recompensa se diluye. El mérito, esa palabra que tanto se usa, se volvió un comodín. Se usa para exigir. Se usa para castigar. Se usa para justificar lo injustificable.
La verdad como mercancía
Los medios tradicionales perdieron el monopolio de la verdad. Ahora la verdad la construye cualquiera con un micrófono. Los políticos la tuercen. Las redes la replican. La inteligencia artificial la genera. Y al final, la verdad ya no es un hecho: es una preferencia. Como el helado de dulce de leche. A algunos les gusta así. A otros, asá.
La polarización no es solo ideológica. Es existencial. Cada uno se encierra en su burbuja. Lee lo que confirma sus ideas. Ignora lo que las contradice. Y cuando se encuentra con alguien del otro lado, no hay diálogo. Hay un monólogo a dos voces. Cada uno espera su turno para hablar. Nadie escucha.
En el medio, la clase media se aferra a lo que puede. A la familia. A la rutina. A la esperanza de que el mes que viene sea mejor. Pero el mes que viene siempre es igual. La inflación no afloja. La inseguridad no cede. La política no cambia. Solo cambian los nombres. Las caras. Los eslóganes.
La memoria que se apaga
Lo peor no es la crisis. Lo peor es que la crisis se volvió parte del paisaje. Como el obelisco. Como el mate. Como el colectivo que nunca llega. La crisis ya no es una emergencia: es una forma de vida. Y con esa forma de vida, la memoria se apaga. Se olvidan los errores. Se olvidan los fracasos. Se olvidan las promesas incumplidas. Todo se reinicia cada cuatro años. Cada dos. Cada semana.
La identidad ya no se hereda. Se construye. Se negocia. Se publica. Lo que no se muestra, no existe. Entonces todos muestran. Muestran la comida. Muestran el viaje. Muestran la familia feliz. La soledad queda para adentro. Para la madrugada. Para cuando nadie mira.
Y sin embargo, la gente sigue. Sigue yendo al trabajo. Sigue mandando a los hijos al colegio. Sigue pagando cuentas. Sigue discutiendo. Sigue opinando. Porque opinar es lo único que queda. Lo único que no se puede medir en pesos. Lo único que no se devalúa.
Pero opinar también cansa. Y el cansancio no se ve. No sale en las estadísticas. No se mide en los índices de pobreza. Es un cansancio que se acumula en los huesos. En la mirada. En la forma de sentarse a la mesa, pedir una cerveza y decir, casi sin fuerzas: este país no tiene solución. Y tener razón. O no. Da igual.
