La manipulación que se filtra en el ruido de todos los días
El televisor del living está prendido, pero nadie lo mira. Emite ese sonido de fondo, un murmullo de cifras y declaraciones que ya no logra captar la atención de la familia. En la mesa, cada uno tiene su pantalla. El padre revisa un hilo de Twitter donde un economista explica por qué la inflación de este mes es culpa del anterior gobierno. La madre lee un mensaje de WhatsApp que advierte sobre un nuevo impuesto disfrazado. El hijo mayor mira un reel donde un influencer jura que la inteligencia artificial le solucionó la vida y que el mérito es cuestión de actitud. En ese cuarto, hay cuatro versiones de la realidad compitiendo por un pedazo de atención. Y en el medio, la cena se enfría.
El relato que ya no se discute, se respira
La política argentina hace rato que dejó los debates de ideas para refugiarse en la guerra de los relatos. No es algo nuevo, pero la calidad del ruido cambió. Antes, los medios masivos ponían el volumen. Hoy, las redes sociales multiplican los ecos hasta formar una cacofonía permanente. No se trata de estar informado, sino de no enloquecer en el intento. La clase media, esa que todavía cree en la educación como ascensor social y en el trabajo como fuente de dignidad, navega a ciegas. Recibe el alerta de inseguridad del grupo del barrio al mismo tiempo que el meme sobre el ministro. Ambas cosas le generan la misma punzada de angustia, una mezcla de miedo y bronca que no sabe bien hacia dónde dirigir.
La manipulación ya no llega en discursos grandilocuentes. Se filtra en la charla de café, en el audio que reenvía la tía, en el titular sesgado que se compresa en tres líneas para que entre en la pantalla del celular. El poder entendió que no necesita convencer, solo necesita saturar. En la confusión, la gente termina agarrada de cualquier certeza, por frágil que sea. La polarización no es solo una grieta entre oficialismo y oposición, es un estado mental. Es la incapacidad de sostener dos ideas en la cabeza al mismo tiempo, porque el bombardeo constante exige tomar partido, rápido, para seguir el ritmo del siguiente escándalo.
La memoria bajo asedio
¿Cómo se construye una identidad cuando el pasado se reescribe cada semana? La memoria colectiva de la clase media argentina está bajo un doble asedio. Por un lado, la crisis económica la obliga a una amnesia práctica. Para sobrevivir a la inflación, hay que olvidar lo que costaban las cosas el mes pasado, borrar el plan a cinco años, concentrarse en el hoy. Por el otro, la batalla cultural librada en las pantallas intenta reconfigurar ese pasado a su antojo. Lo que ayer fue un error, hoy es una traición. Lo que fue un logro, una estafa. En medio, las personas intentan aferrarse a sus recuerdos personales, a esa foto familiar en la plaza, a ese primer sueldo que alcanzaba para algo. Pero hasta esos recuerdos se ven contaminados por el relato de turno que les dice qué significaron en realidad.
El consumo ya no es un acto de placer ni de status, es un acto de fe. Fe en que el billete que tenés en la mano servirá para algo mañana. Fe en que el trabajo que hacés no será devorado por la deuda o la devaluación. Esta erosión constante de lo concreto, de lo tangible, abre la puerta a las soluciones mágicas. Aparecen los gurús de las criptomonedas, los coaches que venden el secreto del éxito en doce pasos, los políticos que prometen resetear el país con un solo click. La desesperación por una verdad estable es el caldo de cultivo perfecto para el engaño.
La familia como último búnker
En este paisaje, la familia se convirtió en el reducto donde, al menos por un rato, se baja la guardia. Pero ni siquiera ahí se está a salvo del ruido. La soledad no es solo la de quien vive solo, es la de quien está rodeado de gente pero comparte menos que nunca. Cada uno con su pantalla, con su burbuja de información, con su ansiedad personal. Las conversaciones se atomizan. Se habla de la suba de la luz, del colegio de los chicos, pero se evita el fondo. Se evita preguntar en quién confiás, qué creés que pasa, por miedo a descubrir que bajo el mismo techo habitan realidades paralelas e irreconciliables.
El Estado, esa entidad abstracta de la que se esperaba protección y orden, se siente cada vez más lejano, más ocupado en sus propias guerras de relatos que en el ciudadano que hace cola en el banco. La dignidad, entonces, se refugia en gestos pequeños. En pagar las cuentas a tiempo aunque sea un milagro, en llevar al hijo al club aunque el auto haga ruidos raros, en discutir con el algoritmo que te recomienda noticias basura. Es una resistencia silenciosa y agotadora.
La juventud mira este panorama con una mezcla de cinismo y resignación que asusta. No creen en el mérito porque vieron a sus padres esforzarse para retroceder. Desconfían de las instituciones porque las ven como escenarios de una pelea que no les pertenece. Su identidad se construye más en las comunidades online que en el barrio, y su moral se adapta a la necesidad del momento. No es que no tengan valores, es que los valores abstractos no llenan la heladera.
Al final del día, apagan las pantallas. Por un instante, vuelve el silencio. Afuera, el país sigue su rumbo incierto, empujado por la geopolítica, la deuda y la puja por el poder. Adentro, en la penumbra del living, queda la sensación de haber pasado horas en una pelea que no eligieron, en un territorio donde la verdad es la primera baja. Mañana será otro día de ruido, otro día de intentar distinguir, entre tanto barullo, la señal que merece la pena. No la verdad absoluta, quizás ya nadie cree en eso. Solo un fragmento de realidad lo suficientemente sólido como para pararse sobre él sin hundirse.
