Artículo y ensayo

La máquina de la identidad

Entre la inflación que todo lo desordena y la inteligencia artificial que promete respuestas, la clase media argentina descubre que la verdadera pelea no es por el bolsillo sino por quién cuenta la historia.

La máquina de la identidad

La máquina de la identidad

La señora del kiosco de la esquina me dijo el otro día que ya no sabe quién es. No lo dijo con drama ni con pose de intelectual de café. Lo dijo mientras me daba el vuelto, con el ruido de la tele de fondo y un cartel de "se vende" que cuelga desde hace tres meses. Dijo que antes sabía quién era porque su madre también tenía un kiosco y su abuela también. Ahora su hijo estudia programación y pasa el día mirando tutoriales en YouTube. Ella no entiende bien qué hace él ni él entiende bien qué hace ella. La familia sigue siendo el mismo conjunto de personas pero el relato ya no funciona.

Eso es la Argentina de hoy. Un país donde la inflación no solo desordena los precios sino también las identidades. Donde la clase media se despierta cada mañana con la sensación de que las reglas del juego cambiaron mientras dormía. Y no es paranoia. Es observación concreta. El Estado promete una cosa, el mercado impone otra, las redes sociales fabrican una tercera y la realidad termina siendo un collage que nadie firmó.

La inteligencia artificial llegó como un mesías tecnológico que iba a resolver todo. Y resolvió algo, claro. Pero también trajo preguntas que nadie quiere hacerse. ¿Qué pasa con el mérito cuando una máquina puede escribir mejor que un periodista y dibujar mejor que un ilustrador? ¿Qué pasa con la educación cuando los pibes aprenden más de un algoritmo que de un maestro? ¿Qué pasa con la memoria cuando todo se guarda en la nube y nadie recuerda nada?

El consumo como brújula

En un país donde la política cambia de rumbo cada cuatro años y los gobiernos prometen lo que no pueden cumplir, el consumo se convirtió en la única brújula confiable. La clase media ya no se define por su trabajo ni por su ideología. Se define por lo que puede comprar. Por la cuota del auto, el plan de la prepaga, el crédito del electrodoméstico. La dignidad se mide en cuotas fijas y la moral se negocia en el supermercado.

Pero hasta esa brújula se descompuso. La inflación rompió el pacto tácito de que el esfuerzo tenía un premio medible. Ahora el mérito no alcanza. Podés laburar catorce horas por día y no llegar a fin de mes. Podés estudiar dos carreras y terminar manejando un remís. Podés hacer todo bien y perder igual. Eso genera una fatiga que no es solo económica. Es existencial.

Las redes y el ruido de la verdad

Las redes sociales vinieron a llenar ese vacío. Prometieron comunidad y entregaron polarización. Prometieron información y entregaron manipulación. Prometieron conexión y entregaron soledad. La clase media se refugió en los grupos de WhatsApp y las burbujas de Facebook. Allí encontró una verdad a medida. Una verdad que no incomoda, que no discute, que no obliga a pensar.

El problema es que cuando todos tienen su propia verdad, la realidad se vuelve líquida. Y la política, que siempre supo leer el humor social, se adaptó rápido. Ya no se gobierna con datos. Se gobierna con relatos. Se gobierna con sensaciones. Se gobierna con el miedo a perder lo poco que queda. La grieta no es política. Es moral. Es la diferencia entre los que creen que el Estado es la solución y los que creen que el Estado es el problema. Pero en el medio está la clase media, que no cree en nada de eso. Solo cree en sobrevivir.

La juventud sin brújula

Los pibes crecen en este paisaje. Ven a sus viejos laburar como bestias y no llegar. Ven que el mérito no garantiza nada. Ven que la educación formal pierde valor frente a un tutorial de YouTube. Entonces hacen lo que cualquier ser humano haría: se adaptan. Aprenden a navegar el caos. Aceptan que la identidad es un recurso maleable. Cambian de trabajo como cambian de app. Se mudan de país como se mudan de zapatillas.

No es que no tengan valores. Es que los valores que les vendieron no sirvieron. La cultura del esfuerzo se derrumbó cuando el esfuerzo dejó de pagar. La moral del trabajo se desvaneció cuando el trabajo dejó de ser estable. La familia como institución se reconfiguró cuando la economía obligó a todos a salir a la calle. Nada es lo que era. Y eso da miedo. Pero también da libertad.

La clase media argentina está en el medio de una transformación que no eligió. No votó por la inflación, ni por la polarización, ni por la inteligencia artificial. Pero acá está. Pagando cuentas. Cuidando a los viejos. Mandando mensajes de WhatsApp. Viendo series para no pensar. Comiendo facturas con mate para no llorar.

Y en el medio de todo eso, tratando de recordar quién es. Porque la identidad no es lo que uno tiene. Es lo que uno cuenta. Y cuando el relato se rompe, la única salida es construir uno nuevo. Con los pedazos del viejo. Con las herramientas del presente. Con la esperanza de que mañana, aunque el precio del pan haya subido otra vez, todavía valga la pena seguir contando la historia.

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