La máquina de olvidar
Hay una imagen que se repite en las cenas de familia, en las charlas de café, en los mensajes de grupo. Alguien dice: ¿te acordás de aquella vez? Y sigue un silencio. Nadie se acuerda. No es que la memoria falle. Es que no hay tiempo para guardar nada.
La clase media argentina vive sumergida en un presente que se come todo. La inflación no solo licúa el salario, licúa la experiencia. Lo que pasó hace tres meses parece de otra vida. Lo que pasó la semana pasada, de otro país. El relato público, ese que arman los medios y los políticos, se reescribe cada lunes. Las promesas de campaña, los planes económicos, las denuncias cruzadas: todo entra en un mismo pozo de olvido instantáneo.
Las redes sociales tienen buena parte de la culpa. No porque sean malas en sí mismas, sino porque imponen un ritmo que no da respiro. Cada noticia dura lo que tarda en aparecer la siguiente. La indignación se mide en likes. La solidaridad, en historias de veinticuatro horas. La identidad misma se vuelve un perfil que se actualiza a cada rato. Ser es mostrarse. Y mostrarse es consumir.
El consumo, ese viejo motor de la clase media, se ha vuelto una forma de olvido. Compramos para tapar el vacío, para calmar la ansiedad, para demostrar que todavía existimos. Pero el objeto comprado pierde su brillo en cuestión de días. Enseguida hay que comprar otro. La novedad es el único valor que no se devalúa.
Mientras tanto, la polarización política avanza como una grieta que no se cierra. Cada bando construye su propia verdad, su propio relato, su propio archivo de agravios. No hay posibilidad de acuerdo porque no hay un piso común de hechos compartidos. La memoria colectiva se fragmenta. Cada grupo recuerda lo que le conviene y olvida lo que no. La verdad se vuelve una cuestión de fe, no de evidencia.
Los jóvenes, claro, son los que mejor entienden este nuevo estado de cosas. Crecieron con el celular en la mano, con la inmediatez como horizonte. No esperan nada a largo plazo. No prometen nada. Saben que el mérito no alcanza, que el trabajo no garantiza nada, que el futuro es un lujo que no todos pueden pagar. Su dignidad no está en el progreso, sino en la supervivencia. En aguantar un día más sin quebrarse.
Pero no solo ellos. La clase media en su conjunto ha aprendido a vivir en la incertidumbre. Ya no planifica. Ya no ahorra. Ya no cree en las instituciones. El Estado aparece como un problema, no como una solución. La educación pública, que fue un orgullo nacional, se desmorona. La inseguridad crece. La soledad se multiplica en los edificios de departamentos, en los barrios cerrados, en las plazas vacías.
Y sin embargo, hay gestos que resisten. Una madre que enseña a su hija a cocinar la receta de la abuela. Un padre que explica cómo se arregla una canilla. Un grupo de amigos que se junta a mirar un partido. Son pequeñas islas de memoria en un mar de olvido. No cambian el mundo, pero mantienen vivo algo que la máquina no puede borrar del todo.
La pregunta es cuánto tiempo más van a durar. Porque la presión es enorme. La inflación no da tregua. Las redes no se apagan. La política no ofrece más que eslóganes. El olvido se ha vuelto una industria. Y la clase media, esa clase que siempre se creyó el centro del país, descubre que su lugar ya no es el centro. Es apenas un borde. Un borde que se desdibuja.
No hay moraleja. No hay salida heroica. Solo la constatación de que, en la Argentina de hoy, recordar es un acto de resistencia. Y quizás, lo único que nos queda.
