Artículo y ensayo

La memoria que no entra en el celular

Entre la inflación que todo lo reduce y las redes que todo lo aplastan en el instante, la clase media argentina descubre que la memoria ya no es un refugio sino un lujo que se desvanece.

La memoria que no entra en el celular

La memoria que no entra en el celular

En la mesa de un bar de la avenida Santa Fe, un hombre de unos cincuenta años mira el teléfono como quien espera un telegrama. Tiene la cara cansada, los dedos manchados de diario. Al lado, la hija de quince ni siquiera levanta la vista de su pantalla. Él cuenta que antes, cuando se cortaba la luz, la familia se sentaba alrededor de un velador y hablaban. Ella dice que eso es aburrido. La discusión no llega a ningún lado, pero ahí está, como el olor a café quemado de las confiterías de siempre.

La memoria en la Argentina de hoy es un bien escaso, caro y cada vez más fragmentado. No me refiero a la de los discos rígidos o la nube, sino a esa otra, la que se construye en los patios de las casas, en las colas del banco, en los viajes en colectivo. Esa memoria se está pudriendo, como una fruta olvidada en la heladera.

La clase media, ese animal mitológico que los políticos invocan en cada campaña, sabe bien de qué hablo. La inflación no solo devora el salario, también se come los recuerdos. Porque cuando el presente es una angustia constante, el pasado se vuelve un lujo que pocos pueden permitirse. Y el futuro, directamente, no existe. Es un horizonte tapado por el humo de los aumentos y las promesas incumplidas.

En las redes sociales, la memoria es otra cosa. Es un producto, un insumo que se compra y se vende. Los influencers venden recuerdos de una vida que no tuvieron, los políticos venden la historia que les conviene, los medios venden el relato que mejor rating deja. La verdad, esa palabra gastada, se ha convertido en un espejismo. Cada uno tiene la suya, y discutirla es tan inútil como tratar de convencer a un hincha de Boca de que River juega mejor.

La polarización no ayuda. Todo se divide en bandos, y la memoria se vuelve un arma. Los peronistas recuerdan un país que ya no existe, los antiperonistas recuerdan otro que tampoco fue. La historia se cuenta desde la trinchera, y el resultado es un páramo de datos sueltos, sin contexto, sin matices. Los jóvenes, atrapados en el vértigo de las pantallas, consumen fragmentos de pasado como si fueran videos de TikTok: sin profundidad, sin dolor, sin olor a tierra mojada.

La educación, ese viejo caballo de batalla, también está en la mira. Las escuelas enseñan datos, fechas, nombres. Pero no enseñan a recordar. No enseñan a construir una memoria colectiva que sirva para algo más que para llenar un examen. La identidad se diluye en un mar de información que no informa, que solo entretiene. Y entretenerse es la nueva forma de olvidar.

El mérito, esa palabra que algunos esgrimen como un escudo, también se ha vuelto un relato. Se dice que el que quiere puede, que el esfuerzo siempre rinde. Pero en un país donde la inflación te come el sueldo antes de que llegue el fin de mes, donde la inseguridad te obliga a vivir encerrado, donde la deuda es una sombra que te sigue a todos lados, el mérito suena a burla. La clase media lo sabe, aunque no siempre lo diga. Prefiere callar, porque hablar duele y no cambia nada.

El precio de la soledad

La soledad es otro lujo. No la soledad elegida, la del que se sienta a leer un libro o a mirar la lluvia, sino esa otra, la que te agarra cuando te das cuenta de que nadie te entiende. En un país polarizado, donde todo es blanco o negro, la soledad del gris es un infierno silencioso. La clase media la conoce bien. Es la soledad del que paga las cuotas, del que arregla la canilla él mismo porque no le alcanza para el plomero, del que mira las noticias y siente que el mundo se desmorona pero no tiene a quién contárselo.

Las redes sociales, lejos de aliviar esa soledad, la profundizan. Te muestran la vida perfecta de los demás, y la tuya se vuelve una caricatura. El consumo se convierte en una carrera de obstáculos, donde el que más tiene es el que más vale. Y en esa carrera, la dignidad se pierde en el camino. Porque dignidad es también poder decir que no, poder elegir, poder recordar sin que te duela.

La inteligencia artificial y el vacío

La inteligencia artificial promete resolverlo todo. Nos va a escribir los textos, a organizar las agendas, a recordar los cumpleaños. Pero ¿qué pasa con la memoria que no se puede digitalizar? Esa que está en el olor del asado del domingo, en la voz de la abuela contando cómo llegó de Italia, en el ruido de la calle Corrientes un sábado a la noche. Esa memoria no cabe en un algoritmo. Y si no la cuidamos, se va a perder para siempre.

No es nostalgia barata. Es un problema real. Porque un país sin memoria es un país sin identidad. Y un país sin identidad es un barco a la deriva, que cualquier viento lo lleva para cualquier lado. La clase media argentina, esa que siempre se las ingenió para salir adelante, tiene hoy una tarea pendiente: recuperar el derecho a recordar. No como un acto de melancolía, sino como un acto de resistencia. Como un gesto de dignidad frente a un sistema que prefiere que olvidemos.

Mientras tanto, en el bar de Santa Fe, el hombre guarda el teléfono y le pide a la hija que apague el suyo. Ella pone los ojos en blanco, pero obedece. Se miran. No se dicen nada. Pero por un momento, el silencio no es incómodo. Es un espacio en blanco donde todavía cabe algo. Un recuerdo, quizás. O la posibilidad de empezar a construir uno nuevo.

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