Artículo y ensayo

La ropa que no se usa

Entre la inflación y las redes sociales, la clase media argentina descubre que el armario ya no guarda prendas sino promesas incumplidas, aspiraciones que se descosen con cada nuevo aumento.

La ropa que no se usa

La ropa que no se usa

Hay un ritual que se repite en las casas de la clase media argentina cada vez que la inflación da un nuevo salto. No es la cola en el banco ni la discusión por el precio del pan. Es abrir el placard y mirar la ropa que alguna vez significó algo. Un vestido comprado para una cena que nunca llegó. Un par de zapatos que esperan la entrevista laboral que se posterga. Una campera que costó tres cuotas y ahora está dos talles más chica, no porque uno haya engordado sino porque el cuerpo de la economía cambió de forma.

El placard es un mapa de la crisis. No miente. No pospone. Ahí está todo: el consumo impulsivo de los meses de ilusión, el crédito que se pagó con dolor, la dignidad de vestir bien que se volvió un lujo. La ropa que no se usa es el retrato de una clase que compra futuros que nunca llegan. Y que después mira las perchas como quien mira un álbum de fotos de un país que ya no existe.

La aspiradora de promesas

Las redes sociales, mientras tanto, venden otra cosa. En Instagram la ropa nunca envejece. Los outfits son perfectos, las promos de cuotas sin interés duran lo que un suspiro, y la culpa se disfraza de autoayuda: merecés esto, date el gusto, la vida es una sola. Pero la vida es también el resumen de la tarjeta. La cuenta corriente que no cierra. El efectivo que ya no alcanza ni para el bondi. La clase media argentina aprendió a vivir en esa contradicción: deslizar el plástico en cuotas y después esconder la bolsa en el fondo del armario para que nadie pregunte cuánto salió.

No es solo consumo. Es identidad. La ropa que uno elige dice quién es o quién quiere ser. Pero cuando el salario no alcanza y la inflación licúa los precios de referencia, el placard se convierte en un archivo de identidades fallidas. La camisa de la oficina que ya no existe. El jogging del home office que se alargó dos años. El vestido de fiesta que no se estrenó porque la fiesta era política y el país se fue al carajo.

El mérito de no comprar

Hay una moral del consumo que la clase media arrastra como una mochila. Comprar es un derecho, un logro, un gesto de libertad. No comprar, en cambio, es un fracaso. Pero la inflación convirtió el ahorro en castigo y la compra en trampa. Quien se resiste al crédito es un iluso que no entiende que el peso se derrite. Quien se endeuda es un imprudente que mañana no va a poder pagar. No hay salida. El mérito no está en comprar ni en abstenerse: está en sobrevivir al mes sin tener que vender algo.

Y sin embargo, el armario sigue ahí. Como un testigo mudo. La ropa que no se usa es la deuda emocional que la clase media acumula sin querer. Cada prenda es un préstamo que uno se hizo a sí mismo y que nunca pudo devolver. Una promesa de felicidad que caducó antes de abrir el envoltorio.

La soledad de la percha vacía

En los barrios donde la clase media todavía resiste, los fines de semana se arman ferias americanas. Ahí la ropa encuentra una segunda vida, pero también una segunda derrota. El que vende no se desprende de una prenda: se desprende de una historia. La remera del recital que ya no se escucha. El tapado de la abuela que ya no está. El jean de cuando uno pesaba menos, ganaba más, creía más. La feria es un ejercicio de memoria y de duelo. Y también de dignidad: vender algo es admitir que no se puede guardar todo.

Pero lo que más duele no es vender. Lo que más duele es abrir el placard y ver la percha vacía. El espacio que antes ocupaba una promesa. La clase media argentina se acostumbró a esa ausencia. A mirar el ropero y saber que no hay nada nuevo que ponerse, no porque falte ropa sino porque falta futuro.

El consumo como relato

Los políticos hablan de producción, de trabajo, de crecimiento. Pero nadie habla de la ropa que no se usa. Nadie menciona el placard como indicador económico. Sin embargo, es más preciso que cualquier índice: ahí se ve la inflación en colores y texturas. La ropa que no se usa es el PBI de la frustración. El termómetro de una clase que ya no sabe si comprar es un acto de esperanza o de desesperación.

Las redes sociales, claro, amplifican el ruido. El otro siempre tiene algo nuevo. El otro siempre puede. El otro no muestra la cuota que le queda. La comparación es la enfermedad y el remedio es el mismo: comprar para tapar el vacío, después esconder lo comprado para no sentir culpa. Es un círculo que no cierra. Como el mes. Como el año. Como el país.

La clase media argentina ya no sabe si la ropa que no se usa es un lujo o una condena. Lo único que sabe es que cada vez que abre el placard se encuentra con una versión de sí misma que ya no es. Y que no sabe si va a volver a ser.

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