La soledad del que arregla solo
En el barrio de siempre, un sábado a la mañana, los ruidos son otros. Ya no se escucha tanto el ladrido del perro o la cancha de fútbol de fondo. Lo que se oye es el taladro. El martillo. El golpe seco contra una pared que alguien quiere arreglar porque el gasista no viene, porque el plomero cobra un ojo de la cara, porque el electricista pide una seña que no se puede pagar. La clase media argentina aprendió a hacer todo sola. No por vocación. Por necesidad.
Arreglar es, en este país, una forma de resistencia. Pero también una forma de soledad. Porque cuando uno pasa la tarde entera tratando de que el termotanque vuelva a encenderse, no hay nadie que filme ese esfuerzo. No hay like que valga. No hay relato que lo contenga. Es el trabajo invisible del que no puede pagar el precio del mercado, pero tampoco quiere pedir ayuda. Porque pedir ayuda, en la Argentina de la inflación y las redes sociales, es admitir que no se puede solo. Y eso, para una clase media criada en el mito del mérito, es una derrota.
El mérito, claro, es un concepto que cambió de manos. Antes se asociaba al esfuerzo, al estudio, a la constancia. Ahora, en las pantallas de los celulares, el mérito se mide en seguidores, en aprobación, en la capacidad de vender una vida que no se tiene. La gente muestra la casa recién pintada, el viaje al sur, la cena en el restaurante caro. Pero nadie muestra el domingo entero empapelando la cocina porque el presupuesto no daba para contratar a nadie. Nadie muestra la deuda que se acumula para sostener la ficción.
La deuda, en la Argentina contemporánea, no es solo un número en un papel. Es una forma de identidad. Se debe al banco, al amigo, al familiar. Se debe el tiempo que no se tuvo y la paciencia que se gastó. La deuda es ese silencio que se instala en la mesa cuando se habla de plata. Y la clase media, esa clase que durante décadas creyó que la dignidad se medía en la capacidad de no deber, descubre que la deuda es inevitable. Que el Estado no llega. Que la inflación se come el sueldo antes de que llegue. Que la única certeza es que mañana va a ser un poco más caro que hoy.
Los medios, mientras tanto, alimentan la máquina. La polarización política se vende como entretenimiento. La verdad se ha convertido en un insumo más, como la harina o el aceite. Se compra y se vende según la conveniencia del momento. Hay relatos para cada ocasión, para cada enojo, para cada frustración. La gente consume noticias como consume contenido en redes sociales: rápido, en fragmentos, sin contexto. Y la memoria, esa facultad que alguna vez sirvió para aprender de los errores, se atrofia en el vértigo del presente perpetuo.
Los jóvenes, esos que nacieron con un teléfono en la mano, heredan un mundo que no promete nada. La educación, que alguna vez fue el ascensor social de la clase media, ahora es un campo de batalla. Las escuelas no alcanzan, las universidades públicas se desbordan, los títulos valen menos. Y la inteligencia artificial, ese monstruo tecnológico que prometía liberarnos del trabajo, amenaza con dejarnos sin trabajo también. El mérito, entonces, se vuelve una farsa. Porque de qué sirve esforzarse si el sistema no premia el esfuerzo sino la conexión, la herencia, la suerte de haber nacido en el lugar correcto.
La inseguridad, por su parte, no es solo la de la calle. Es la inseguridad de no saber si el mes que viene se va a poder pagar el alquiler. La inseguridad de no saber si el cuerpo va a aguantar otro año de laburo mal pago. La inseguridad de no saber quién es uno cuando el espejo ya no devuelve la imagen que se esperaba. La identidad, en la Argentina de la crisis permanente, es un lujo que pocos pueden darse. La mayoría se conforma con sobrevivir y, si sobra algo de energía, con arreglar lo que se rompe.
Arreglar, entonces, es un verbo que define a esta época. Se arregla el auto, la casa, la relación. Se arregla la vida con parches, con remiendos, con la esperanza de que aguante un poco más. Pero arreglar solo, sin ayuda, sin que nadie lo vea, sin que nadie lo reconozca, es una condena. Porque el esfuerzo invisible no construye comunidad. No genera vínculos. No teje redes. Y la clase media, esa clase que siempre creyó que la dignidad estaba en la autonomía, descubre que la autonomía es, al final, una forma de soledad.
En una sociedad que premia el show y castiga el silencio, arreglar las cosas en soledad es un acto de resistencia que no tiene espectadores. No hay un video viral que lo muestre. No hay un tuit que lo celebre. No hay un relato mediático que lo convierta en gesta. Es, simplemente, lo que se hace. Como se hace el café cada mañana. Como se paga la cuenta a fin de mes. Como se sigue adelante cuando todo invita a frenar.
Pero la pregunta incómoda queda flotando en el aire del taller improvisado, entre las herramientas desparramadas y el polvo de la pared recién perforada: ¿vale la pena todo este esfuerzo si no hay nadie que lo vea? La respuesta, como la inflación, como la deuda, como la memoria, es incierta. Lo único seguro es que mañana, otro sábado a la mañana, el taladro va a sonar de nuevo. Y el que arregla solo va a seguir arreglando. Sin testigos. Sin aplausos. Sin otra certeza que la del ruido.
