La soledad del que mira la pantalla y no entiende el relato
El padre apoya el celular sobre la mesa, al lado del plato de fideos. La pantalla muestra un gráfico que sube en diagonal, una flecha roja que atraviesa los años. No dice nada, pero su silencio es una acusación. La madre hojea una revista de decoración, una de esas que muestran cocinas imposibles, islas centrales de mármol donde nunca se cocinó una milanesa. El hijo adolescente se ríe solo, con los auriculares puestos, viendo un video de un tipo que explica por qué la deuda es un invento. Tres personas en diez metros cuadrados, tres relatos distintos de un mismo país que se desmorona.
La clase media argentina aprendió a vivir en la contradicción. Habla de mérito mientras renueva un plan social. Defiende la educación pública y manda a los hijos a un colegio privado que estrangula el presupuesto. Se queja del Estado y espera que el mismo Estado le resuelva la cloaca, la luz, la inseguridad. Esta esquizofrenia no es un capricho, es una estrategia de supervivencia. Cuando la realidad se parte en dos, vos te partís en cuatro.
El trabajo que ya no construye identidad
Antes, el trabajo te definía. Eras el empleado de banco, el maestro, el pequeño comerciante. La identidad venía con la chapa y el horario. Hoy, el trabajo es algo que se hace entre notificaciones, algo líquido que se filtra por los bordes de la pantalla. El empleado de comercio maneja un delivery por la noche. La profesora da clases por Zoom y vende velas aromáticas por Instagram. El mérito ya no es una escalera que subís con esfuerzo, es un laberinto donde corrés para quedarte en el mismo lugar.
La inflación le sacó el piso a ese esfuerzo. Te despertás con un sueldo y te acostás con otro que vale menos. La plata se evapora entre el recibo del súper y la factura de la tarjeta. La dignidad, esa palabra grande que se usaba en los discursos, ahora se mide en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedir prestado. Pero hasta eso se volvió un lujo. La deuda es el aire que respiramos, un clima permanente. No es una anécdota, es el paisaje.
Las redes sociales y el relato a la carta
En medio de este caos, aparecieron las redes sociales no como un escape, sino como un espejo roto. Cada uno elige los pedazos que quiere ver. El algoritmo no te muestra la realidad, te muestra tu realidad. Para el padre de la mesa, la crisis es culpa de la casta política que derrocha. Para la madre, es un problema mundial, algo que le pasa a todos. Para el hijo, es el fin del sistema, un colapso que hay que festejar con memes. La verdad dejó de ser un territorio común para convertirse en un producto de consumo. Elegís tu paquete de verdades como elegís una suscripción a Netflix.
Esta polarización no es solo política, es íntima. Rompe familias, envenena cenas, convierte el grupo de WhatsApp familiar en un campo de batalla. La soledad no es solo la de estar físicamente solo, es la de saber que ni en tu propia casa compartís el mismo relato. La memoria, esa que antes se construía alrededor de la mesa con anécdotas familiares, ahora es editada, filtrada, puesta en stories. El pasado también es un bien que se consume y se manipula.
La inteligencia artificial acecha en este panorama, no como un robot futurista, sino como una herramienta más que perfecciona la manipulación. Ya no solo consumís relatos hechos por otros, pronto los relatos se harán a tu medida, en tiempo real, confirmando cada uno de tus prejuicios. El poder ya no necesita ocultar la información, le basta con saturarte de versiones hasta que la verdad se vuelva irrelevante.
La familia como último bunker a la intemperie
En este contexto, la familia intenta ser el último refugio, pero está lleno de goteras. Se discute de plata, de inseguridad, de política. Se mira la tele en silencio. Se comparte el techo, pero no el miedo. La cultura del esfuerzo, esa moral que heredaron los abuelos, choca contra la pared de un presente donde el esfuerzo no garantiza nada. Los jóvenes miran ese discurso con una mezcla de pena y bronca. Para ellos, el mérito es un chiste que les contaron los que tuvieron la suerte de nacer en otra época.
El Estado es un fantasma que aparece en los impuestos y se esfuma cuando lo necesitás. La educación, otrora ascensor social, ahora parece una estación de trenes abandonada, con carteles desactualizados y vagones que no arrancan. La crisis ya no es un bache en el camino, es el camino. Un camino de tierra, con pozos, que se recorre de noche.
Al final del día, el padre apaga la tele. La madre guarda la revista. El hijo se encierra en su habitación. En el living queda el silencio y el rescoldo de tres mundos que se rozan sin encontrarse. No hay un gran relato que los una, solo la costumbre de compartir el mismo espacio mientras afuera, en la pantalla del celular, el país sigue dividiéndose en versiones. La identidad argentina, esa que se construyó con orgullo y golpes, hoy es la suma de todas las soledades que se sientan a la misma mesa, mirando para otro lado, tratando de entender qué carajo pasó.
