La soledad del que ya no cree
La clase media argentina aprendió a vivir con la inflación como se aprende a convivir con un ruido de fondo. Ajusta el presupuesto, cambia de marca, posterga el viaje, deja de lado el libro que ya no puede pagar. Pero hay una crisis que no se mide en pesos ni en dólares, y que quizás sea más profunda que la del bolsillo: la pérdida de la confianza en casi todo.
No es una novedad que la Argentina sea un país donde la palabra de un funcionario vale menos que un vuelto. Pero hoy la desconfianza se instaló también en los vínculos más chicos. El vecino que antes te prestaba el taladro ahora te mira con recelo. El grupo de WhatsApp de padres del colegio parece una trinchera. La familia se reúne menos, y cuando lo hace, evita ciertos temas: política, claro, pero también el precio del alquiler, el futuro de los chicos, el mérito de haber llegado hasta acá.
Las redes sociales hicieron lo suyo. Venden comunidad pero entregan fragmentos. Cada uno arma su propio relato, su verdad a medida, y después se sorprende de que el otro no entienda nada. La polarización no es solo política: es una forma de mirar el mundo que convierte cualquier diferencia en una grieta. Y la grieta no deja pasar la luz.
En ese contexto, la inteligencia artificial llega como una promesa de orden. Una máquina que no se queja, que no tiene opinión, que responde siempre igual. Pero también es un espejo incómodo: si la máquina puede escribir un texto, responder un mensaje, hasta consolar a un amigo, ¿qué queda de lo humano? La pregunta no es técnica, es moral.
El trabajo, ese viejo organizador de la vida, también se desdibuja. Ya no alcanza con estudiar, con esforzarse, con llegar temprano. El mérito parece un concepto de otra época, un lujo que la clase media ya no puede darse. Los jóvenes lo saben: muchos de ellos ya no creen que el esfuerzo tenga recompensa. No es pereza: es lucidez. Vieron a sus padres jubilarse con un haber mínimo, a sus tíos echarse del trabajo después de veinte años, a sus hermanos mayores con títulos colgados en la pared y un contrato precario.
Y sin embargo, la dignidad no desapareció. Se refugió en gestos chicos: la madre que cocina para toda la familia aunque no sobre nada, el padre que lleva a los chicos al club aunque no pueda pagar la cuota, el jubilado que sigue votando aunque ya no crea en nadie. La dignidad es eso que no se mide en la encuesta ni aparece en los tweets.
El Estado, mientras tanto, parece un personaje de otra película. Unos dicen que es un monstruo que todo lo devora. Otros, que es una promesa incumplida. Pero en el medio, la clase media lo vive como una presencia ausente: pide documentos, cobra impuestos, demora trámites, y cuando uno más lo necesita, no está.
La educación, ese viejo ascensor social, está en terapia intensiva. Los padres hacen malabares para pagar un colegio privado que ya no es lo que era, y los que mandan a sus hijos a la escuela pública se preguntan si alcanza con la buena voluntad de los docentes. La tecnología promete salvar todo: una plataforma, un curso online, una app que enseña idiomas. Pero la pantalla no reemplaza la mirada del otro, el gesto, la pausa.
La memoria también está en disputa. No solo la memoria histórica, la de los grandes relatos, sino la memoria cotidiana: el sabor de una comida que ya no se hace, el nombre de la calle que le cambiaron, la foto del abuelo que se fue borrando con el tiempo. En un país donde todo se recicla, incluso los recuerdos pierden su lugar.
Y en medio de todo eso, la soledad. No la soledad del que vive solo, sino la de aquel que está rodeado de gente y sin embargo siente que no tiene con quién hablar de verdad. Las redes sociales llenan el vacío de contactos, pero no de vínculos. Los grupos de WhatsApp son ruido, no conversación. La soledad se volvió un negocio: venden cursos para aprender a estar solo, aplicaciones para encontrar amigos, libros sobre cómo soportarse a uno mismo.
Quizás el problema no sea la inflación ni la deuda ni los políticos. Quizás el problema sea que dejamos de creer que las cosas pueden ser de otra manera. Y sin esa creencia, cualquier crisis se vuelve eterna.
Pero la clase media argentina tiene una costumbre que la salva: resistir. Sabe hacerlo desde hace décadas. Sabe esperar, sabe arreglarse, sabe reírse de sus propias desgracias. No es optimismo, es supervivencia. Y mientras haya un mate compartido en una vereda, una charla en la puerta del colegio, un asado que se estira con ensalada, quizás todavía haya lugar para la confianza.
