La verdad que no se negocia
La primera vez que mentí en serio fue en la secundaria. Dije que había leído un libro entero cuando apenas había hojeado la contratapa. El profesor me creyó, o fingió creerme, y yo aprendí que la verdad es un lujo que a veces no nos podemos dar. Treinta años después, la Argentina entera parece haber hecho el mismo aprendizaje, pero al revés: ahora mentir es el lujo, y la verdad, esa cosa incómoda que nadie quiere cargar, se ha vuelto un artículo de lujo que pocos pueden pagar.
Vivimos en un país donde la inflación no solo devora el salario, sino también los relatos. Cada semana, un nuevo número, una nueva promesa, una nueva explicación que intenta tapar el agujero anterior. La clase media, esa categoría difusa que alguna vez fue sinónimo de estabilidad, hoy se sostiene con deudas, créditos y una fe inquebrantable en que mañana va a ser mejor, aunque todos los datos digan lo contrario. Y en ese vaivén, la verdad se ha vuelto un lujo que no nos podemos permitir.
La fábrica de consuelo
Los medios, las redes, los políticos, los influencers, todos fabrican versiones. No digo que mientan siempre, pero sí que seleccionan, recortan, amplifican. La verdad ya no es un hecho, es un relato. Y como todo relato, tiene un precio. La pregunta es quién lo paga.
En las redes sociales, la verdad se fragmenta en mil pedazos. Cada uno elige el suyo. Hay una verdad para los que creen en el mérito, otra para los que creen en el Estado, otra para los que creen en el mercado. Y todas coexisten sin tocarse, como burbujas de jabón en el aire. La polarización no es solo política, es epistemológica. Ya no discutimos sobre qué hacer, sino sobre qué es real. Y eso, para una sociedad, es más peligroso que cualquier crisis económica.
La juventud, mientras tanto, crece en ese ecosistema. Para ellos, la verdad es líquida, flexible, moldeable. No es que no les importe, es que han aprendido que la verdad es un recurso escaso, como el trabajo, como la vivienda, como la dignidad. Y como todo recurso escaso, se negocia, se compra, se vende. La educación, ese viejo templo de la verdad, se ha convertido en una fábrica de consuelo. Ya no se enseña a dudar, sino a creer. A creer en uno mismo, en el esfuerzo, en el futuro. Pero sin herramientas para distinguir lo real de lo falso, esa fe es solo un placebo.
El precio de la transparencia
La tecnología prometió transparencia. Pero la transparencia, como la verdad, tiene un costo. Cada dato que compartimos, cada cliqueo, cada like, alimenta una máquina que nos devuelve una versión editada de nosotros mismos. La identidad ya no es lo que somos, sino lo que mostramos. Y lo que mostramos es una verdad recortada, maquillada, optimizada para el consumo ajeno.
En la familia, esa vieja institución de la verdad vivida, también hay grietas. Los padres intentan transmitir valores en un mundo donde los valores cambian cada semana. La moral ya no es un piso firme, sino una tabla que flota en el agua. Cada uno se agarra como puede. Y en medio de todo, la soledad crece. Porque si no hay verdad compartida, no hay comunidad. Si no hay comunidad, no hay cuidado. Si no hay cuidado, solo queda el ruido.
La inseguridad, por ejemplo, no es solo física. Es también moral. No saber en quién confiar, no saber qué creer, no saber si lo que ves es real o es un montaje. Esa inseguridad profunda es la que nos carcome. Y no hay policía que la detenga.
La dignidad de lo cierto
En algún momento, la clase media argentina va a tener que elegir. No entre una verdad y otra, sino entre la verdad y el consuelo. Porque el consuelo es más barato, más rápido, más fácil de tragar. Pero la verdad, aunque duela, tiene una virtud que el consuelo no tiene: permite construir algo sólido. No importa si duele, si incomoda, si rompe los esquemas. La verdad es el único material que resiste el paso del tiempo.
No estoy diciendo que volvamos a una verdad absoluta, de manual o de catecismo. Pero sí que recuperemos el coraje de decir lo que vemos, aunque sea feo. Que dejemos de comprar relatos prefabricados. Que nos animemos a la incomodidad de lo real. Porque al final, la única verdad que vale la pena es la que no se negocia.
Y esa, justamente, es la que estamos perdiendo.
