La memoria que no se negocia
En un país donde el precio del pan cambia cada semana y el dólar se mueve como un pez nervioso, hay algo que la clase media cuida con un celo que asombra: la memoria. No la memoria histórica de los manuales ni la que discuten los políticos en los estudios de televisión. Hablo de esa memoria íntima, la que guarda el olor de la casa de la abuela, el sabor del mate compartido en una tarde de verano, la foto del primer sueldo. Esa que nadie puede tocar.
Pero algo está pasando. La polarización, esa palabra que se usa en todos los noticieros, no es solo un problema de los que gritan en Twitter. Se metió en las mesas familiares, en los grupos de WhatsApp del trabajo, en las charlas con los amigos del barrio. Ya no se discute si el gobierno anterior fue mejor o peor. Se discute si lo que uno recuerda es verdad. Y ahí duele.
Un amigo me contó que dejó de ver a su hermano menor porque no se ponían de acuerdo sobre lo que pasó en el 2001. El hermano decía que todo fue un caos provocado por los políticos. Mi amigo recordaba la cola en el banco, el frío, la plata que no alcanzaba. No había manera de encontrarse. La discusión no era política. Era sobre la experiencia. Sobre lo que cada uno había vivido. Y la experiencia, cuando la discuten, se vuelve un campo de batalla.
Las redes sociales tienen buena parte de la culpa. No porque sean malas en sí mismas. Sino porque construyen un relato que se parece más a una serie de Netflix que a la vida real. Todo tiene un protagonista, un villano, un final feliz o trágico. Pero la vida real no tiene guion. La vida real es desordenada. Y la memoria, esa que se construye con los pequeños gestos, no entra en los trending topics.
La inflación también juega su papel. Cuando el dinero no alcanza, uno empieza a preguntarse si vale la pena recordar. Si no será mejor olvidar, arrancar de nuevo, aceptar que el pasado no sirve para nada. Pero la clase media argentina tiene una obstinación rara. Sabe que el presente es difícil, que el futuro es incierto, pero no suelta lo que fue. Porque en esa memoria está la dignidad. La prueba de que existió algo más que la crisis.
El Estado, por su parte, parece haberse olvidado de que la memoria también se construye con políticas públicas. Con escuelas que enseñen a pensar, no a repetir. Con hospitales que no obliguen a elegir entre la salud y el bolsillo. Con una justicia que no sea un chiste. Pero el Estado está ocupado en otras cosas. En el relato, en la disputa chica, en el día a día que no deja ver el horizonte.
Y la juventud, esa que creció con el teléfono en la mano, mira todo con una mezcla de ironía y cansancio. Para ellos, la memoria es un archivo digital que se borra con un clic. Pero también sienten el vacío. Saben que no basta con postear una foto antigua para recuperar lo que se perdió. La identidad se juega en otro lado. En el trabajo que no llega, en el alquiler que sube, en la soledad de una ciudad que no para.
La inteligencia artificial promete ordenar el caos. Pero la memoria no se ordena con algoritmos. La memoria es humana. Es imperfecta. Es selectiva. Y eso, justamente, la hace valiosa. No hay mérito en recordar todo. El mérito está en elegir qué vale la pena guardar.
Quizás por eso, en medio de tanta crisis, la clase media sigue aferrada a sus recuerdos. No por nostalgia barata. Sino porque sabe que sin memoria, no hay identidad. Y sin identidad, no hay futuro. O peor: el futuro lo escriben otros.
La verdad es que la memoria no se negocia. No se vende ni se cambia por un plan de ahorro. Es lo único que queda cuando todo lo demás se desmorona. Y en un país que parece siempre al borde del precipicio, eso no es poco.
