Artículo y ensayo

Las preguntas que no contesta la inflación

Entre el ajuste que aprieta y las redes que venden certezas, la clase media argentina enfrenta preguntas que ningún índice económico puede responder.

Las preguntas que no contesta la inflación

Las preguntas que no contesta la inflación

La inflación no es solo números. Es la sensación de que el pan vale más cada semana, de que el sueldo no alcanza, de que el futuro se desdibuja. Pero hay algo peor: las preguntas que no tienen respuesta en ningún índice.

La clase media argentina aprendió a convivir con la crisis. A hacer malabares con el dinero, a calcular cuándo comprar, a no mirar los precios de las frutas. Pero hay un cansancio que no se mide en pesos. Es el que aparece cuando uno se sienta a comer con la familia y nadie sabe bien qué decir. La política es un campo minado, las redes sociales imponen sus propias verdades, el trabajo se volvió más precario y la educación, esa promesa de movilidad social, parece haberse roto.

El mérito y sus trampas

Se habla mucho del mérito. Que el que se esfuerza llega. Pero el mérito necesita condiciones: un buen trabajo, una educación que funcione, un Estado que no te deje solo cuando las cosas se complican. En la Argentina de 2024, esas condiciones no están. El mérito se convirtió en un discurso que sirve para justificar la desigualdad. El que tiene, porque se lo merece. El que no, porque no se esforzó lo suficiente. Es una trampa moral que evita preguntarse por qué hay tantos que se esfuerzan y no llegan.

La juventud lo sabe. Los que tienen veintipico viven entre el deseo de un futuro propio y la realidad de un mercado laboral que ofrece changas, monotributos y sueldos que no alcanzan para alquilar. Muchos se fueron. Otros se quedan, pero con la sensación de que el país les debe algo que nunca les va a dar. La identidad se define en esa tensión entre irse y quedarse, entre la nostalgia de un pasado que no vivieron y un futuro que no llega.

Las redes y la verdad

Las redes sociales prometieron conectar. Lo hicieron, pero a su manera. Hoy son el espacio donde se pelea la verdad. Cada uno tiene su relato, su canal de noticias, su influencer que le dice lo que quiere escuchar. La polarización no es solo política: es afectiva. Se pelea en los grupos de WhatsApp, en los comentarios de Instagram, en las cenas familiares. La grieta se metió en la mesa del comedor y nadie sabe cómo sacarla.

La soledad que genera esa dinámica es real. Porque uno puede tener miles de seguidores y sentirse solo. Puede opinar de todo y no ser escuchado. Las redes dan la ilusión de comunidad, pero a menudo son un espejo que devuelve la propia imagen. La identidad se construye ahí, entre likes y cancelaciones, entre la necesidad de pertenecer y el miedo a ser excluido.

La memoria que no se negocia

En medio de todo, la memoria sigue siendo un territorio en disputa. Hay quienes quieren cerrar el pasado y quienes defienden que no se puede construir nada sobre el olvido. La discusión sobre los derechos humanos, sobre los años setenta, sobre lo que pasó y lo que no, no es solo histórica. Es una pregunta sobre qué tipo de sociedad queremos ser. Y esa pregunta no se resuelve con un tuit.

La cultura también está en crisis. Los medios tradicionales perdieron el monopolio del relato, pero no apareció nada que lo reemplace con seriedad. La inteligencia artificial promete escribir notas, hacer resúmenes, generar contenidos. Pero la inteligencia artificial no tiene memoria, no tiene experiencia, no sabe lo que es esperar un colectivo que no llega o mirar el techo pensando en cómo pagar las cuentas. La tecnología puede ayudar, pero no reemplaza la conversación humana, el reparar algo entre dos, la dignidad de un trabajo bien hecho.

El Estado y la dignidad

El Estado está en el centro de la discusión. Unos dicen que es un estorbo, otros que es la única protección posible. La verdad es que el Estado es muchas cosas a la vez: es el que paga las jubilaciones, el que regula los precios, el que no llega a los barrios más pobres, el que a veces asfixia. La cuestión no es si debe existir, sino qué tipo de Estado queremos. Uno que garantice derechos o uno que los convierta en mercancía.

El consumo dejó de ser un consuelo. Antes comprar algo nuevo daba una alegría breve. Hoy es un cálculo. ¿Cómo justificar un gasto cuando todo es incierto? La dignidad se mide cada vez menos en lo que se tiene y más en lo que se puede mantener: el techo, la comida, la salud, la educación de los hijos. Eso que antes parecía básico hoy es un lujo.

No hay respuestas fáciles. La Argentina de la clase media es un país de preguntas incómodas, de certezas que se rompen, de una fatiga que no se ve pero se siente en el cuerpo. La inflación es solo el síntoma. Lo que duele de verdad es no saber quiénes somos ni hacia dónde vamos.

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