Artículo y ensayo

La verdad como artículo de lujo

Entre la inflación que todo lo distorsiona y las redes sociales que fabrican realidades paralelas, la clase media argentina descubre que la honestidad se ha vuelto un bien escaso, casi inalcanzable.

La verdad como artículo de lujo

La verdad como artículo de lujo

En la Argentina de estos días la verdad no cotiza en bolsa, pero cada vez cuesta más conseguirla. No es que antes fuera barata, claro. Pero ahora la honestidad parece un lujo que pocos pueden pagar. Y no me refiero solo a la política, ese territorio donde la mentira es una herramienta más del oficio. Hablo de la vida cotidiana, de ese gesto que todos repetimos sin preguntarnos demasiado: elegir qué creer, a quién creerle, si creerle a alguien.

La clase media argentina está atrapada en un círculo donde la información entra por todos lados y la certeza se escurre por las fisuras. En la mesa familiar ya no se discute solo el precio del pan. Se discute qué pasó realmente en el último corte de ruta, si el dato del INDEC es confiable, si el periodista de turno dijo la verdad o dijo lo que le conviene al oficialismo. Y en esa discusión, a veces sin decirlo, se juega algo más que una opinión: se juega la identidad de cada uno. Porque en esta época creer algo es casi lo mismo que ser algo.

Las redes sociales aceleraron ese proceso. Antes la mentira viajaba a caballo, decía Borges. Hoy viaja en trending topic. Se instala, se replica, se naturaliza. Y cuando uno intenta desmentirla, ya es tarde: la falsedad ya hizo su trabajo, ya sembró la duda, ya dividió aguas. La polarización política no es solo un fenómeno de dirigentes y militantes. Es el reflejo de una sociedad que perdió la capacidad de acordar sobre los hechos más básicos. Si no hay verdad compartida, no hay diálogo posible. Solo monólogos que se cruzan sin encontrarse.

Mientras tanto la inflación sigue su curso, licuando sueldos y también paciencias. El mérito se volvió un discurso vacío en un país donde el esfuerzo no garantiza nada. La educación pública resiste como puede, pero cada vez más familias pagan tutorías privadas para que sus hijos no se queden atrás. La inseguridad no es solo un problema de estadísticas: es una sensación que se mete en la piel de cualquiera que vuelve tarde a su casa. Y en ese combo de incertidumbres, la mentira aparece como un refugio. Mentir para no sufrir. Mentir para no preocupar a los hijos. Mentir para sostener una imagen que la realidad no confirma.

La familia, ese núcleo que antes parecía sólido, se resquebraja en silencio. No solo por la economía, sino por el agotamiento de tener que fingir que todo está bien. La moral se negocia en cuotas. La dignidad se mide en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedir prestado. Y la memoria se vuelve selectiva: recordamos lo que nos conviene, olvidamos lo que duele. Así es difícil construir algo durable.

La tecnología prometía conectarnos. Y en parte lo hizo. Pero también nos encerró en burbujas donde solo escuchamos ecos de nuestras propias convicciones. La inteligencia artificial avanza, genera textos, imágenes, noticias falsas que parecen reales. Y la pregunta incómoda es si estamos preparados para distinguir lo verdadero de lo verosímil. Porque la verdad ya no es solo un problema de fuentes: es un problema de deseo. Queremos creer lo que nos confirma, lo que nos da razón, lo que nos alivia.

En ese contexto, el Estado aparece como un árbitro desdibujado. A veces interviene, a veces mira para otro lado. Los medios tradicionales perdieron credibilidad, pero las redes no la ganaron del todo. Queda un vacío, un espacio donde la confianza se negocia a pulso entre personas que ya no saben a quién recurrir. La soledad del que busca información confiable es real. Y es una soledad que comparten el que mira televisión, el que scrollea Instagram y el que escucha la radio mientras maneja.

Argentina es un país de relatos. Lo fue siempre. Pero ahora los relatos compiten en un mercado feroz donde el más agresivo gana. La verdad no tiene marketing. No tiene presupuesto. No tiene influencers que la defiendan. Entonces muchas veces se queda atrás, silenciosa, mientras la mentira avanza acompañada de likes, compartidos y trending topics.

Recuperar la honestidad no es un problema de buenas intenciones. Es un problema de costos. ¿Cuánto está dispuesto a pagar alguien por saber la verdad? ¿Cuánto por decirla? En una economía donde todo tiene precio, la sinceridad se convirtió en un artículo de lujo. Y como todo lujo, no está al alcance de todos. Pero quizás, en esa lucha diaria por mantener un mínimo de coherencia, la clase media argentina está ejerciendo una forma de resistencia silenciosa. No la resistencia épica de los grandes acontecimientos. Sino la resistencia de todos los días: la de pagar las cuentas, la de criar hijos, la de no rendirse ante la tentación de creer cualquier cosa.

Porque al final, la verdad no es solo un concepto abstracto. Es un gesto concreto. Es mirar a los ojos. Es no prometer lo que no se puede cumplir. Es admitir que no se sabe. Y en un mundo donde todos fingen saberlo todo, admitir la propia ignorancia puede ser el acto más honesto que nos queda.

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