La clase media y el arte de sobrevivir al ruido
En la Argentina de 2025 la clase media mira el precio del pan y después mira el teléfono. En el medio está todo lo demás: la deuda que crece, el trabajo que ya no es lo que era, la familia que se reúne para discutir política y terminan peleando por un meme. La crisis no es solo económica. Es una crisis de relato. De cómo contar lo que pasa cuando ya nadie cree en los mismos hechos.
La inflación licuó los sueldos. Eso es un hecho. Pero después está lo que cada uno cuenta de ese hecho. Para algunos la culpa es del Estado. Para otros de los mercados. Para un tercer grupo, que crece en silencio, la culpa es de todos y de nadie. La clase media argentina vive en una neblina de explicaciones contradictorias. Y en esa neblina, lo único concreto es que el dinero alcanza menos y que la bronca se acumula.
Las redes sociales hicieron el resto. Ya no hay una verdad compartida. Hay muchas verdades, cada una con su algoritmo, su cámara de eco, su indignación a medida. La polarización no es solo política. Es existencial. Uno elige no solo a quién votar sino qué realidad consumir. Y en ese consumo la identidad se vuelve un producto más. Se compra y se vende como se compra y se vende un par de zapatillas. La pregunta ya no es quién soy sino qué imagen proyecto. Y esa imagen hay que mantenerla. Actualizarla. Defenderla de los comentarios.
El mérito y la sospecha
Hay una idea que vuelve siempre en las conversaciones de la clase media: el mérito. La noción de que si uno se esfuerza lo suficiente va a salir adelante. Pero en un país donde la inflación castiga al que ahorra y premia al que especula, el mérito se vuelve un chiste de mal gusto. Los jóvenes lo saben mejor que nadie. Estudian, se capacitan, aprenden a usar inteligencia artificial para no quedar afuera. Y sin embargo el primer trabajo suele ser un contrato precario, un sueldo que no alcanza, una promesa que se desvanece.
Entonces aparece la moral. Una moral que juzga al que no se esfuerza y también al que se esfuerza y no llega. Una moral que divide entre los que merecen y los que no. Pero en el medio está la vida real. La de la familia que se arregla con changas. La del padre que trabaja en dos empleos y no ve crecer a sus hijos. La de la madre que usa la inteligencia artificial para redactar un currículum porque no tiene tiempo ni energía para hacerlo sola. La tecnología promete alivio pero a veces solo agrega una capa más de presión. Hay que estar actualizado. Hay que estar en línea. Hay que tener presencia digital. La soledad de la clase media no es la del que está solo: es la del que está solo mientras mira una pantalla.
La memoria que incomoda
La crisis también es de memoria. La Argentina tiene una relación extraña con su pasado. Lo usa para justificar el presente. Para culpar a los anteriores. Para construir relatos que cierren aunque no sean del todo ciertos. La clase media recuerda una época dorada que quizás nunca existió. O recuerda una catástrofe que no fue tan grave. La memoria se vuelve un campo de batalla. Y en ese campo la verdad es la primera baja.
Los medios, que alguna vez tuvieron la función de ordenar el ruido, hoy forman parte del ruido mismo. Cada canal, cada diario, cada influencer construye su propia versión. Y la clase media elige a cuál prestarle atención según su afinidad política, su nivel de desconfianza, su necesidad de confirmar lo que ya cree. La manipulación no es un accidente. Es el negocio. Y en ese negocio la dignidad se negocia a cuotas.
La inseguridad también cambió de forma. Ya no es solo el miedo a salir a la calle. Es el miedo a que te estafen en una transferencia. A que te hackeen la cuenta. A que publiquen un video tuyo sin permiso. A que la inteligencia artificial genere una imagen falsa de tu vida. La inseguridad se volvió digital. Y la clase media, que siempre pensó que el peligro estaba afuera, descubre que el peligro también está adentro. En el bolsillo. En la aplicación que usamos para pagar las cuentas.
El consumo como bandera
Frente a tanta incertidumbre, el consumo sigue siendo un refugio. Un modo de decir acá estoy, todavía existo. La clase media compra. Compra ropa, tecnología, experiencias. Compra cursos, suscripciones, membresías. Compra identidad. Pero el consumo también cansa. Porque cada compra es un recordatorio de que el dinero no alcanza. De que hay que endeudarse. De que el deseo siempre corre más rápido que el ingreso.
La educación, que alguna vez fue el ascensor social de la Argentina, hoy es un campo minado. La escuela pública sobrevive como puede. La escuela privada se encarece. Los padres eligen entre pagar la cuota o llegar a fin de mes. Y los chicos crecen en esa tensión. Saben que el futuro no está garantizado. Que el mérito no alcanza. Que la inteligencia artificial va a cambiar las reglas del juego antes de que ellos terminen de aprender las viejas.
En ese escenario la familia se redefine. Ya no es el núcleo estable de otras épocas. Es un grupo de personas que negocia tiempo, dinero, afecto y pantallas. La cena familiar a veces es un silencio interrumpido por notificaciones. La discusión sobre el trabajo se mezcla con el debate sobre un video de TikTok. La moral se vuelve líquida. Lo que está bien hoy mañana puede estar mal. Y la clase media se aferra a lo único que le queda: la capacidad de adaptarse. De cambiar de relato. De sobrevivir al ruido.
