La grieta de los que miran
La clase media argentina tiene un problema con la verdad. No con la verdad abstracta de los filósofos sino con esa más doméstica que aparece todos los días en el precio del pan, en el saldo de la tarjeta, en la charla con el vecino que ya no sabe si cree lo que lee en el celular. La verdad se ha vuelto cara, como todo.
Uno puede comprar cualquier cosa en cuotas. Un televisor 8K, un viaje a Brasil, un curso de coaching ontológico. Pero la verdad no entra en el plan Ahora 12. La verdad se paga al contado y duele. Por eso la gente prefiere el relato. El relato es más barato, viene con música de fondo y se puede compartir en las redes sin que nadie pida comprobante.
En las últimas décadas, el país construyó una maquinaria de ficción colectiva que funciona como un aire acondicionado en verano: todos saben que no enfría del todo pero nadie quiere apagarlo porque el calor de afuera es peor. Esa maquinaria tiene nombres: medios, discursos políticos, series de Netflix, influencers, memes. Cada uno aporta su capa de pintura sobre la realidad y al final lo que se ve no es el muro sino la pintura. Y la pintura se descascara cada vez más rápido.
La inflación no es solo un número que mide el Indec. La inflación es un estado de ánimo. Es la sensación de que todo lo que uno tiene vale menos al día siguiente. Incluyendo las palabras. Las promesas de los políticos, los consejos de los gurúes financieros, los análisis de los periodistas: todo se devalúa a la misma velocidad que el peso. La clase media mira su sueldo, mira el precio del alquiler, mira el resumen de la tarjeta y hace cuentas. Pero las cuentas no cierran nunca. Entonces se refugia en el relato. En la idea de que si no cierran es porque alguien las hizo mal adrede.
Ahí aparece la polarización. No como un fenómeno político sino como una técnica de supervivencia emocional. Si el que está en el poder es un corrupto, entonces mi fracaso no es mío. Si el que viene es un salvador, entonces mi esperanza no es ridícula. La grieta no es una división entre dos Argentinas irreconciliables. La grieta es un espejo roto donde cada uno elige el pedazo que le devuelve la imagen que quiere ver.
Las redes sociales alimentan ese mecanismo con precisión quirúrgica. El algoritmo no busca la verdad. Busca lo que engancha. Y lo que engancha es la indignación, el miedo, la burla, la confirmación de lo que ya creemos. Uno entra a Twitter o TikTok a buscar información y termina consumiendo furia. La furia es adictiva porque da sentido. En un país donde nada funciona, tener un enemigo claro es un consuelo.
Pero la clase media no es ingenua. Sabe que el enemigo que le venden en la pantalla no es el que le aumenta el alquiler. Sabe que el relato del mérito, ese que dice que el que quiere puede, es un cuento chino. Lo sabe porque trabaja doce horas, porque estudió, porque hizo todos los cursos que pudo, porque se levantó temprano durante años y aún así no llega a fin de mes. El mérito no alcanza cuando el piso se mueve. Y el piso se mueve porque la economía argentina es un simulacro donde las reglas cambian cada seis meses.
Ahí entra la educación. Antes era el ascensor social. Ahora es un gasto más. Los padres mandan a los hijos al colegio privado porque el público se cayó a pedazos, pero saben que el título no garantiza nada. Saben que sus hijos van a competir con inteligencia artificial, con jóvenes que aprenden solos en YouTube, con un mercado laboral que exige flexibilidad total y paga salarios de supervivencia. La educación ya no forma ciudadanos. Forma consumidores de certificados.
Y la familia, mientras tanto, resiste como puede. La familia argentina es una institución que se reinventa todo el tiempo. Ya no es la de los manuales de la escuela primaria. Ahora hay familias ensambladas, monoparentales, con dos madres o dos padres, con abuelos que crían nietos mientras los hijos trabajan. La familia es el último colchón contra la caída. Es donde se comparte el Wi-Fi, la cuenta de Netflix, el paquete de fideos. Es también donde se reproducen las tensiones. Donde se discute por política, por plata, por quién dejó las luces prendidas. La familia es un microclima de la Argentina: todos se quieren pero todos se deben algo.
La soledad, en cambio, es el lujo que pocos pueden pagar. Vivir solo en una ciudad como Buenos Aires es un acto de heroísmo económico. La mayoría convive con otros no por elección sino por necesidad. Y esa convivencia forzada genera ruido. No el ruido de la calle sino el ruido de las expectativas incumplidas, de los silencios incómodos, de las conversaciones que nunca se terminan de tener.
En ese contexto, la inteligencia artificial llega como un nuevo espejismo. Promete resolver todo: el trabajo, la educación, la soledad. Pero la inteligencia artificial no entiende de inflación, no sabe lo que es pagar un alquiler en pesos, no tiene memoria de los muertos de la dictadura. La inteligencia artificial es una herramienta, no una solución. Pero la Argentina tiene una larga tradición de confundir herramientas con soluciones. Se compra una computadora y se cree que el problema de la educación está resuelto. Se instala un chatbot y se cree que la atención al cliente ya funciona. Se usa un filtro de Instagram y se cree que la identidad está completa.
La identidad, justamente, es otro de los frentes abiertos. Ser argentino de clase media en 2025 es una contradicción permanente. Uno se siente parte de un país que no termina de ser, que promete pero no cumple, que tiene recursos pero no los distribuye, que habla de igualdad pero premia la viveza. Ser de clase media es estar en el medio de todo: entre el pobre que pide en la esquina y el rico que vive en un country, entre el Estado que no funciona y el mercado que devora, entre la memoria de lo que fuimos y la incertidumbre de lo que seremos.
Al final, lo que queda es la dignidad. Una palabra vieja, casi fuera de moda, que la clase media argentina repite como un mantra cuando ya no le queda nada más. Dignidad es no pedir limosna. Dignidad es pagar las cuotas aunque haya que comer arroz toda la semana. Dignidad es no quebrarse del todo, aunque por dentro todo esté cascado. La dignidad es lo último que se pierde, dicen. Pero en la Argentina, la dignidad también tiene precio. Y cada vez es más caro mantenerla.
Mientras tanto, la vida sigue. La gente se levanta, toma mate, mira el celular, sale a trabajar, vuelve, cena, ve una serie, se duerme. Y al otro día otra vez. En esa rutina, la crisis no es un titular. Es el ruido de fondo que no se apaga nunca. La clase media argentina aprendió a vivir con ese ruido. Lo que no aprendió todavía es a distinguir cuándo el ruido es real y cuándo es solo el eco de una grieta que alguien amplifica para que no miremos lo que hay del otro lado.
