La deuda que no se ve en los balances
La última vez que fui al supermercado, el precio del paquete de fideos había subido tres veces en dos semanas. No es una novedad, claro. En la Argentina de 2025, la inflación se convirtió en una especie de ruido de fondo, como el zumbido de un transformador en la esquina: molesto, pero uno termina acostumbrándose. Lo que no termina de acostumbrarse es el bolsillo, ni la cabeza.
La clase media, esa categoría difusa que alguna vez significó algo, hoy se parece a un barco que hace agua por todos lados. No hay parche que alcance. El Estado promete, los medios repiten el relato de turno, y las redes sociales se llenan de consejos sobre cómo ahorrar, cómo invertir, cómo sobrevivir. Pero nadie explica cómo hacer para que la dignidad no se vaya en el primer apretón del mes.
El mérito que ya no pesa
Se habla mucho del mérito. Que si trabajás duro, que si estudiás, que si hacés los deberes, te va bien. Pero en la Argentina de hoy, el mérito se parece cada vez más a una promesa de la que nadie se hace cargo. Conozco gente que labura doce horas, que tiene dos trabajos, que no para. Y aún así, cuando llega el fin de mes, el número en el cajero automático es el mismo. O peor. La tecnología prometía liberarnos, pero la inteligencia artificial no resuelve la ecuación de llegar a fin de mes con los chicos comiendo carne y no solo fideos.
Hay una deuda que no se ve en los balances. Es la deuda de la confianza. La que dejaron los gobiernos que prometieron y no cumplieron, los medios que contaron una historia que no era, las redes sociales que nos hicieron creer que la vida de los demás era mejor. Esa deuda se paga todos los días, en silencio, cuando uno cierra la puerta de su casa y se queda solo con lo que tiene.
La polarización como refugio
En el medio de todo esto, la polarización se volvió un refugio. Dividir el mundo en dos bandos, elegir un relato y cerrar los ojos. Es más fácil que enfrentar la complejidad de un país donde todo es gris. La política, que alguna vez fue un espacio de discusión, se transformó en una trinchera. Y la familia, ese reducto donde antes se hablaba de todo, hoy se calla. No sea cosa que una opinión rompa el frágil equilibrio que sostiene la mesa del domingo.
La juventud, mientras tanto, mira todo desde la pantalla. No pide permiso, no espera promesas. Construye una identidad que no pasa por el Estado ni por la escuela, sino por el consumo y las redes. Pero la soledad también se cuela ahí. Porque no hay like que caliente la comida fría, ni filtro que tape el olor a humedad del departamento alquilado.
La memoria que duele
Hay una memoria que pesa. La de los momentos en que las cosas funcionaban, o al menos parecían funcionar. Pero esa memoria también es tramposa: uno recuerda lo bueno y se olvida de lo malo. El problema es que el presente no da tregua. La inseguridad, la educación que ya no asegura un futuro, el trabajo que se esfuma. Todo eso se acumula, como los billetes que pierden valor de un día para el otro.
Y sin embargo, la gente sigue. No porque sea heroica, sino porque no hay otra. La dignidad no es una palabra grande; es la decisión de no bajar los brazos aunque todo esté en contra. Esa dignidad se expresa en cosas chicas: en el padre que lleva a sus hijos al colegio aunque tenga que caminar seis cuadras porque el colectivo no pasa, en la madre que cocina con lo que hay, en el que se niega a caer en la trampa de la bronca fácil.
La verdad es que no hay una salida mágica. No hay algoritmo que resuelva la deuda que la Argentina tiene con su clase media. Y mientras tanto, el ruido sigue: la inflación, los medios, las promesas, la soledad. Pero en algún lugar, entre el supermercado y la casa, entre el trabajo y el sueño, la gente sigue buscando un modo de vivir que valga la pena. Aunque el precio suba cada día.
